El castigo no esperó el informe sobre la masacre de Duma

Con El-Asad. Cientos de ciudadanos sirios salen a la calle para demostrar apoyo al régimen. /  AFP
Con El-Asad. Cientos de ciudadanos sirios salen a la calle para demostrar apoyo al régimen. / AFP

Los sirios partidarios de El-Asad respiran aliviados después de una semana mirando al cielo y salen a jalear al régimen en las calles de Damasco

M. AYESTARAN JERUSALÉN.

Un año después, Siria despertó de nuevo después de un ataque de Estados Unidos. Entonces fueron 59 Tomahawks los que lanzó Donald Trump contra la base aérea de Al-Shayrat, en la provincia de Homs, tras una denuncia de ataque con armas químicas en Jan Sheijún, en el norte del país. La madrugada de ayer se dispararon 103 misiles contra «objetivos vinculados al programa de armas químicas», según el Pentágono, en Damasco y Homs. El ministerio de Defensa de Rusia se vanaglorió de que los sistemas antiaéreos sirios, en realidad rusos, lograron interceptar 71 de ellos. Ni hace un año ni ahora la acción de Trump parece que vaya a cambiar la marcha de una guerra en la que el Ejército de Bashar el-Asad y sus fuerzas aliadas pueden ya proclamarse vencedores desde el punto de vista militar.

Este último ataque se produjo pocas horas antes de que comenzara el trabajo de los investigadores de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ), quienes, pese a la lluvia de Tomahawks, emitieron un comunicado para reafirmar su intención de desplazarse a Duma en cuanto se les garanticen las medidas necesarias de seguridad para «determinar los hechos sobre las denuncias de uso de sustancias químicas tóxicas». Podía pensarse que la presencia de los técnicos en suelo sirio, cuando menos, ralentizaría la decisión de bombardear, pero Trump no necesitó esperar al informe de este organismo internacional sobre la masacre denunciada por la oposición el fin de semana pasado, porque la resolución de atacar ya estaba tomada. No había vuelta atrás.

Las explosiones comenzaron a las cuatro de la mañana (hora local de Siria, tres de la mañana en España), duraron casi una hora y Elías Amal las siguió entre su balcón y la televisión, donde sintonizó la cadena CNN. «Desde que Trump lanzó su amenaza vivíamos mirando al cielo y esperando el ataque cada noche. Al final llegó, pero ha sido cosmético, una acción estúpida que no altera la marcha de la guerra y que sólo le puede servir a Trump para llevarse unos millones de Arabia Saudí, que seguro que paga por esto», reflexiona al otro lado del teléfono Amal, empresario y representante del Ministerio de Reconciliación Nacional sirio, encargado de mediar en los acuerdos entre grupos armados y Gobierno.

«Una chapuza mala y barata»

Cuando terminaron las explosiones se subió al coche y condujo por Damasco, donde la situación era de «total normalidad», asegura, y algunos grupos de ciudadanos no tardaron en salir a lugares como la Plaza de los Omeyas para mostrar su apoyo al Ejército y maldecir a Donald Trump. «No ha sido una sorpresa, pero mientras que hace un año en Jan Sheijún el montaje del ataque químico fue muy profesional, esta vez en Duma fue una chapuza mala y barata, pero para ellos resulta suficiente para lanzar sus misiles», señala Amal.

El lugar atacado en Damasco fue el Centro de Investigaciones Científicas situado en el barrio de Barzeh, que quedó reducido a escombros, según las imágenes difundidas por los medios sirios. Los otros dos objetivos se situaron en Homs y como consecuencia de los ataques al menos tres personas resultaron heridas, según la agencia oficial Sana.

Manifestaciones similares a la de Damasco se registraron en otras partes del país, como Alepo, Latakia, Sueida, Tartús, Hama y Homs, y fueron retransmitidas en directo por la televisión siria. La popularidad del presidente ha aumentado en estas zonas por las recientes victorias del Ejército, la última en Guta Oriental, antiguamente el principal bastión opositor de las afueras de Damasco. Este triunfo se presenta como el mayor del régimen después de la toma de Alepo.

Después de la agitación provocada por la confirmación del esperado ataque, los sirios volvieron a sus puestos de trabajo, el tráfico colapsó las calles de Damasco y «el ambiente es de total normalidad, sin histerismo, sin miedo a explosiones porque después de siete años ya estamos acostumbrados a este tipo de situaciones. La vida sigue», reflexiona Maher al Mounes, periodista damasceno que cubre la guerra desde el primer día y piensa que el nuevo frente que se abre es el del Yarmouk, donde el Ejército y sus fuerzas aliadas tratarán de acabar con el último foco en poder del grupo yihadista Estado Islámico al sur de la capital. La vida sigue y la guerra también.

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