«¿Ataque químico? ¿Qué ataque químico?»

Imagen de destrucción en Duma, ciudad siria que las tropas de Damasco arrebataron al Ejército del Islam. :: m. ayestaran/
Imagen de destrucción en Duma, ciudad siria que las tropas de Damasco arrebataron al Ejército del Islam. :: m. ayestaran

Los habitantes de la localidad siria de Duma intentan ahuyentar los fantasmas del uso de armas prohibidas

MIKEL AYESTARAN

duma. «¿Ataque químico? ¿Qué ataque químico?», responden en el puesto de control de acceso a Duma. La ciudad más importante de Guta Oriental, el cinturón rural que rodea Damasco, volvió a manos del Gobierno hace un mes, justo el mismo día en el que grupos opositores denunciaron un ataque con armas químicas que habría dejado unos 40 muertos y decenas de heridos. Las imágenes tomadas en un hospital, en las que se veía a decenas de niños con problemas respiratorios, y las de una familia muerta en el sótano de su casa empujaron a Donald Trump a ordenar una operación de castigo contra el régimen, sin tiempo a esperar a una investigación que, según el Ministerio de Defensa ruso, ya habrían terminado los expertos de la Organización para la Prohibición de Armas Químicas (OPAQ). Tampoco los primeros vecinos cuestionados tienen respuesta sobre lo ocurrido. Nadie sabe nada.

Las dudas sobre el lugar del ataque denunciado por organizaciones como el equipo de rescate de los Cascos Blancos se disipan al llegar a la rotonda de los Mártires. «Avanza hasta el siguiente puesto de control y es allí mismo, en una casa que está a la derecha», comenta un joven soldado que se protege del sol con una visera del Real Madrid. Varios camiones del Ejército están detenidos en el punto indicado y algunos vecinos tratan de recuperar entre los escombros de sus casas algo que sea aún utilizable.

No hay señales que prohíban el paso, ni lugares acordonados. La destrucción es importante en esta zona de Duma, pero no total, como ocurre en otros barrios en los que situó sus centros de mando el Ejército del Islam, el grupo apadrinado por Arabia Saudí que pactó su rendición y cuyos hombres viajaron al norte de la provincia de Alepo con sus familias. «Hoy no están los inspectores, pero ayer sí pasaron. Puedes acercarte, pero sin hacer fotos», apunta el oficial al mando. Accedo, pero justo después de preguntar si soy ruso y, sobre todo, de hablar con su general, cambia de opinión y me dice que la visita no es posible.

Los médicos que auxiliaron a las víctimas aseguran que «no olieron nada raro» y les sorprende el revuelo

A muy pocos metros se encuentra el hospital al que fueron derivadas las víctimas, el centro que se hizo famoso a nivel mundial por el vídeo con los pequeños a quienes los sanitaros metían bajo mangueras de agua. Lo primero que llama la atención es que el acceso es la boca de un túnel enorme que tiene dos bajadas, una para ambulancias y otra para peatones. «Debido a los constantes bombardeos de aviación y artillería todos los hospitales resultaron dañados en Duma y la gobernación decidió hacer este centro subterráneo», explica el doctor Assem, responsable médico provisional ya que la mayoría de sus colegas viajaron al norte en la evacuación del Ejército del Islam. Antes de la guerra aquí vivían casi 200.000 personas, hoy no queda ni la mitad.

Los ingenieros del grupo armado diseñaron una red de túneles para unir dos plantas subterráneas, que antes se empleaban como salón de actos y de bodas, en dos edificios anejos del Ministerio de Agricultura. La sala de emergencias que aparecía en las imágenes del vídeo está ahora tranquila y en las camillas se atienden heridas menores. El doctor Assem no estaba en el hospital ese día porque «los bombardeos eran tan duros que toda la familia nos quedamos dos días sepultados en el sótano de nuestra casa».

Ahogados «por el polvo»

Cuando pudo llegar al centro lo que le transmitieron sus colegas «es que entraron muchos pacientes, sobre todo niños, con síntomas de hipoxia (falta de oxígeno) y disnea (ahogamiento), pero creemos que debido al polvo y no por uso de armas químicas. No recibimos ningún muerto y tampoco mis compañeros olieron nada extraño ni tuvieron que limpiarse de forma especial después. Para nosotros fue una sorpresa el revuelo que se montó», apunta el responsable del hospital.

Llegar de una sala a otra es un ejercicio laberíntico, pero los túneles son consistentes, forrados de chapa y con arcos de acero, y hay iluminación. En la sala de emergencias acaba de entrar un niño que se ha clavado un objeto metálico en el pie. Grita de dolor. «Ver esto así de tranquilo es nuevo para nosotros, antes siempre estaba lleno de civiles heridos en los bombardeos», apunta el doctor Suleimán, un joven estudiante de Medicina que ya en su primer curso trabaja en el centro debido a la necesidad de personal. El sí estaba el día del supuesto ataque, pero no quiere hablar de lo ocurrido «por miedo a posibles venganzas».

La rendición del Ejército del Islam ha puesto final a siete años de cerco y poco a poco llega material que antes escaseaba. «Hacíamos vendas con camisetas de algodón, no había analgésicos, la esterilización era complicada... han sido años durísimos, pero hemos sobrevivido y yo pienso quedarme en Duma», apunta el doctor Assem sin perder la sonrisa. En este tiempo han recibido apoyo puntual de la ONU y otras organizaciones internacionales como Médicos Sin Fronteras, pero en todo momento «nuestra máxima ha sido la neutralidad».

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