La Rioja

Tailandia y la emoción de apostar en las carreras de caballos

Varios aficionados esperan a una carrera de caballos.
Varios aficionados esperan a una carrera de caballos. / Lillian SUWANRUMPHA (AFP)
  • Las únicas apuestas legales en el país son las de los hipódromos

Las carreras de caballos son una de las pocas disciplinas que permiten apostar legalmente en Tailandia, de ahí la popularidad y expectación que generan y el gran número de seguidores que arrastran. Las autoridades tailandesas, por su parte, libran una lucha continua contra el juego en un país donde los principios de moralidad -y en muchas ocasiones, las propias leyes- se rigen por lo que dicta su religión principal, el budismo, seguida por el 90 % de la población. En este escenario, sin embargo, las apuestas en el hipódromo son legales, gracias a la tradición de la que gozan y al 'padrinazgo' de la familia real.

No ocurre los mismo con los casinos subterráneos o incluso con los clubes de cartas, desmantelados periódicamente por la Policía o el Ejército, al mando del país desde el golpe de estado de mayo de 2014. "Vengo cada semana, me encantan los caballos", explica Chumpon Aunaeksri, de 66 años, mientras observa el trote de los purasangre en un hipódromo de Bangkok (capital del país), levantado entre rascacielos.

Alrededor de él, decenas de seguidores, principalmente hombres de edad avanzada, esperan la próxima carrera mientras comen cacahuetes, beben cerveza y fuman. El ambiente es mundano y simple, alejado del glamour de otros hipódromos internacionales.

Antiguo jockey, Chumpon ha visto cómo su suerte en las apuestas cambiaba con el paso de los años. Ha llegado a perder 100.000 bahts (más de 2.600 euros) en una tarde de domingo. Últimamente, dice, la fortuna no esta de su lado pero "al menos todo es legal aquí", se justifica. Pese a que el juego -a excepción hecha de los caballos y la lotería nacional- no es legal, un estudio de la universidad de Chulalongkorn, en Bangkok, arrojó en 2015 que un tercio de la población de Tailandia apuesta dinero en combates de boxeo, partidos de fútbol, peleas de gallos o juego de dados.

La equitación llegó a Tailandia hace un siglo, una medida impulsada por el rey Chulalongkorn, monarca anglófilo que supo modernizar el país al tiempo que mantenía a raya el empuje colonial, a diferencia de lo que ocurrió en otros países de la región. Poco a poco se empezaron a construir hipódromos en las afueras de Bangkok al tiempo que multitud de cuadras y caballerizas se instalaban a lo largo de las fronteras pobres y rurales del noreste de Tailandia, donde los jóvenes de aspecto más frágil eran reclutados como jockeys.

De un tiempo a esta parte, sin embargo, el fútbol, de moda en el país, le ha robado seguidores e influencia a las carreras de caballos, aunque los dos hipódromos de Bangkok venden todavía alrededor de 6.000 entradas por cada día de carreras, lo que supone alrededor de 40 millones de baths (más de un millón de euros). Cifras que, en cualquier caso, eran tres veces superiores antes de la crisis económica de 1997.

Pese a todo, muchos actores del sector creen que la apertura internacional del país puede salvar a este deporte, teniendo en cuenta que Tailandia, pese a su tradición y la gran raza de equinos con la que cuenta, no acoge ningún competición que no sea local.

Para la apertura definitiva, sin embargo, todavía quedan algunos obstáculos que salvar. La lucha antidopaje es débil o prácticamente inexistente: los entrenadores son libres de administrar a sus caballos los medicamentos que consideren oportuno y los test de reconocimiento no se practican sobre los animales que hayan quedado en primera o segunda posición en una carrera. "Esto es el salvaje oeste", explica en ése sentido Helena Gabrielsson, una sueca que entrenó a varios caballos ganadores desde que su marido tailandés pusiera marcha en 2011 una caballeriza.

Por su parte Namsak Thepnarong, el mejor jockey del país, apunta que muchos de sus homólogos hacen simplemente lo que les mandan los propietarios de los caballos. "Los corredores obedecen órdenes del propietario del animal. Son ellos los que deciden todo", asegura.