La Rioja

El iceberg marroquí

Simpatizantes del movimiento Hirak se manifiestan en demanda de mejoras sociales. :: FADEL SENNA / afp
Simpatizantes del movimiento Hirak se manifiestan en demanda de mejoras sociales. :: FADEL SENNA / afp
  • La convulsión en el Rif muestra la doble realidad de un país aparente y otro oculto, dominado por una compleja relación de fuerzas

Las temperaturas al otro lado del Mediterráneo son tan elevadas como las peninsulares, ampliamente superiores a los 30º en ciudades como Tánger o Marrakech, pero ni siquiera esta primavera tórrida parece afectar a una situación política congelada. La convulsión social que experimenta el Rif, la región septentrional de Marruecos tradicionalmente relegada, contrasta con la atmósfera de relativo conformismo que dibuja el documento presentado ayer en Madrid por la Fundación Alternativas. El texto, elaborado por Thierry Desrues, miembro del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, aborda el rol del Partido Justicia y Desarrollo (PJD), la principal formación parlamentaria, y analiza la escena pública del país magrebí, dominada por una compleja relación de fuerzas de dimensiones prácticamente desconocidas.

El iceberg marroquí parece configurado por un Estado de Derecho visible con comicios regulares y una parte sumergida en la que se disputan el poder actores de muy diverso origen y magnitud, un conflicto que lastra el desarrollo y dibuja numerosas incógnitas. Pero el estudio también aporta algunas certezas. Así, la irrupción del confesional PJD en 1996 y su conversión, en menos de 15 años, en el principal actor de la vida política nacional, evidencia la existencia de una demanda social islamizadora acorde con tendencias regionales.

En cualquier caso, la excepción del país vecino radica en su peculiar sistema político, con una corona dotada de grandes prerrogativas, que, desde la independencia nacional en 1956 y hasta la actualidad, ha guiado la gestión el territorio con la sumisión de los partidos tradicionales, el Istiqlal y la Unión Socialista de Fuerzas Populares.

Ahora bien, la realidad es más compleja y la relación de poderes dentro de la sociedad permanece en inquietantes tinieblas, aunque el documento proporciona valiosas pistas. Así, advierte que la 'primavera árabe' en versión local estuvo dirigida por el partido Justicia y Espiritualidad, el movimiento islamista tradicional y prohibido, de cuyo calado popular no existe una estadística concluyente, aunque se adivina muy importante. La rápida desarticulación de la protesta parece ligada a su decisión, basada en una promesa de reforma constitucional, llevada a cabo en 2011, la plausible victoria del PJD y la esperanza de que este grupo pusiera en el centro del debate público la necesidad de un Estado sometido a la fe.

Esa pretensión no se ha cumplido y la situación, descrita como «de cohabitación asimétrica», sufre un anquilosamiento que no presagia soluciones a corto plazo. El partido mayoritario, ganador de las dos últimas elecciones, carece de la mayoría suficiente y ha recurrido a coaliciones en las que, curiosamente, detenta carteras menores, mientras el Majzén, el aparato administrativo afín, retiene el Ministerio del Interior y el control sobre las fuerzas armadas.

Más que un poder político

Además, la corona mantiene su relevancia a través de los grupos tradicionales y otros nuevos, pero también empeñados en sostener el status quo, como el Partido Autenticidad y Modernidad, considerado el brazo político de una monarquía que, además, mantiene todo un gobierno en la sombra formado por consejeros nombrados por el rey.

Las consecuencias son nefastas. La inestabilidad se ha convertido en toda una seña de identidad nacional y la estrategia del partido gobernante ha sido la de rentabilizar esta presión fomentado una imagen victimista de cara a la opinión pública. Su progresión, en cualquier caso resulta meteórica. Legalizado en 1996, tras diez años de conversaciones con el régimen, se ha convertido en un partido de clases urbanas y formadas, y dirige las grandes poblaciones como Rabat, la capital política, y Casablanca, la económica. No se trata tan sólo de una entidad política. Detrás de sus siglas se halla todo un conglomerado de organizaciones sindicales, empresariales, de asistencia pública o formación religiosa, que le proporciona un gran relieve dentro de la sociedad.

Pero lo más desasosegante es aquello que se ignora. El texto de Desrues advierte que la escena política resulta prácticamente ajena a la realidad social. En virtud de sus cálculos, más de dos tercios de la población adulta no ejercen el derecho al voto y todas las razones de ese absentismo son importantes y reveladoras tanto de la desconexión como de la atmósfera que vive el país. La falta de representación de las minorías bereber y tuareg y de los islamistas radicales, el descontento, el analfabetismo y la falta de medios en zonas aisladas alejan a los potenciales votantes de las urnas.

La reciente explosión en el Rif ha venido precedida por otras suscitadas por la carestía, la falta de empleo o la corrupción de los cargos públicos, que no han generado cambios trascendentales en un panorama poco permeable a la renovación, a pesar de los retos planteados.

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