La Rioja

HOMENAJE AL VIEJO CASCARRABIAS

Es fama que Helmut Kohl adoptaba personalidades distintas según las necesidades de su larga carrera y sus adversarios en las propias filas cristianodemócratas le acusaban de ser un dirigente sin escrúpulos disfrazado de estadista en procura de grandes frases y gestos de autoridad. Le combatieron a fondo y él replicó sin escrúpulos... pero ahora, con el anuncio de su muerte, el país se conduele sinceramente y se prepara para darle el adiós que merece.

Siempre fue tenido por un representante arquetípico de la clase media alemana y de la generación que debió hacer respirable el país tras el desastre nazi. En 1945, apenas concluida la contienda, tomó su decisión: afiliarse a la democracia cristiana, donde haría una gran carrera, en ciertos aspectos la más brillante de un político alemán si se considera solo el tiempo que ostentó la jefatura del Gobierno: 18 años como canciller, en un empate técnico con Bismarck, padre de la unificación a finales del XIX.

La carrera de Kohl alcanzaría un hito por estar al frente del Gobierno cuando se produjo la recuperación para la soberanía nacional del Este del país, que desde la derrota de Hitler en 1945 había entrado en la órbita soviética. El milagro sucedió, televisado al mundo entero, el 9 de noviembre de 1989 con el fin del Muro.

Cuando se obró el prodigio él ya había sido reelegido en cuatro ocasiones, lo que no debe inducir a creer que era el líder indiscutido que pastoreaba al país con destreza hacia la reunificación soñada. Al contrario, había hecho todo lo necesario en el crudo escenario de la política interna para, sencillamente, perpetuarse, lo que era, en cierto modo, su obligación. Dijo una vez que hasta el más modesto concejal debe defender su puesto y llegar a la Alcaldía. El ocupó la cancillería y canceló el largo periodo de predominio socialdemócrata que habían cubierto Willy Brandt y Helmut Schmidt.

Caluroso de temperamento y seguro de sí mismo y de estar siendo bien entendido por el alemán medio, Kohl fue reelegido cuatro veces y su mérito inmenso es el de haber intuido que el acceso al poder en Moscú de un tal Mijaíl Gorbachov y su (relativa) consolidación eran una oportunidad de oro. Su autorización para que los líderes comunistas de Alemania del Este negociaran la reunificación produjo el gran botín de Kohl, convertido desde entonces en un estadista que entraba en la historia grande de su país.

El público se lo agradeció lo justo y en octubre de 1998 dio una victoria aplastante a la oposición socialdemócrata. Kohl pareció sorprendido de que algunos compatriotas no lo idolatraran de por vida y llevó su retiro inicialmente muy mal. La salud y la edad harían el trabajo final. El primer homenaje de los muchos que merecidamente recibirá fue el de Jean-Claude Juncker: ordenó poner a media asta las banderas de la UE en su sede de Bruselas. Realmente, se lo ganó el viejo cascarrabias Helmut Kohl.

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