La Rioja

La torre se convirtió en una tea infernal

  • La Policía informa de doce muertos en el incendio de un rascacielos londinense, pero «la cifra aumentará»

El número de muertos en el incendio de una torre de veinticuatro plantas en el centro de Londres seguirá aumentando. Los bomberos habían llegado en la tarde de ayer a la última planta, tras sortear en la veintiuno el grave problema que planteaba una tubería de gas. Inspeccionaron los apartamentos para evaluar el riesgo de más incendios y la seguridad del edificio. Pero no buscaban cadáveres.

La Policía dice que la cifra de doce muertos seguirá subiendo y que no espera encontrar ya a ningún superviviente. Hay 78 heridos, 18 en estado crítico. Los vecinos creen que el número final de víctimas mortales se contará en decenas y que nadie pudo quedar vivo en las tres últimas plantas. Hay que sumar los que se arrojaron al vacío y los que gritaban pidiendo socorro mientras el fuego llegaba a su ventana.

«Un incendio de escala y velocidad de difusión sin precedentes», decía el jefe de los bomberos, Steve Apter. El comandante del primer grupo que llegó a la Grenfell Tower, poco antes de las dos de la mañana de ayer, hora española, llamó inmediatamente a la base pidiendo refuerzos. Sus hombres rescataron a 65 personas en el edificio en llamas.

El rascacielos contaba con 120 apartamentos. La Policía pidió que familiares y amigos de los desaparecidos llamen al teléfono ofrecido y que llamen también los que antes lo hicieron si su allegado ha reaparecido, para que sea borrado de la lista. Esa era la fuente del cálculo de las víctimas en un edificio en el que los bomberos seguían trabajando anoche. Luego comenzará la localización de restos carbonizados.

Era una madrugada calurosa de Ramadán. Los testimonios de vecinos dicen que el hecho de que el incendio ocurriera en el tiempo del ayuno musulmán evitó más víctimas, porque los vecinos que practican el rito islámico estaban despiertos y pudieron alertar del fuego. Las alarmas no avisaron de lo que estaba ocurriendo. Un cartel decía en el ascensor que, en caso de incendio, los vecinos cerrasen la puerta, la sellasen con toallas húmedas y permanecieran en sus casas.

La torre del Grenfell es un edificio municipal de viviendas sociales que administra una empresa independiente. El Ayuntamiento del distrito de Kensington y Chelsea habría alojado allí a refugiados sirios, iraquíes y argelinos. A los que se suman ingleses, irlandeses, caribeños, peruanos. Se movilizaron en la noche infernal para ayudarse y hablaban ayer con afecto mutuo sobre lo que estaban viviendo.

Carmen André, nacida en Galicia, llegó al barrio desde Madrid hace veintidós años tras el cierre del colegio privado en el que trabajaba. Tenía un fuerte resfriado e intentó dormir, pero no pudo por el ruido constante de los helicópteros y se levantó a las seis. «Abrí la ventana y vi lo que ocurría en el edificio vecino. Era horroroso». Salió para echar una mano.

Acudió a media mañana a uno de los centros de almacenamiento de víveres y ropas para los supervivientes. Su hijo se había unido a sus amigos para ver si faltaba alguien de su cuadrilla. Ella estaba con su marido, Santiago Soto, que había visitado alguna vez la torre porque la Asociación de Vivienda, a la que pertenecen, tenía allí su sede. Es topógrafo, tiene experiencia de construcción y la torre no le inspiraba confianza. «Hoy no falta de nada -decía Carmen-. Pero mañana y pasado, a cocinar tortillas y espaguetis».

Pobres y ricos

En la cercana iglesia de San Clemente, sentadas en torno a un árbol del patio, esperan mujeres musulmanas. Una aglomeración de gente que busca a amigos o familiares, de curiosos y periodistas en torno a un club de rugby que abrió sus puertas para acoger a los huidos de la torre. El chef del pub de la esquina y su amigo, ambos caribeños, lo tenían claro. Era el gas, quizá por culpa de unas reparaciones en la calle de al lado. Creen que el fuego se extendió tan rápido por el revestimiento de plástico y espuma recientemente instalado.

Era la única de las tres torres del barrio que había sido reformada y embellecida. Las otras van a derribarse y también la parte más fea en torno a los rascacielos. El incendio no ocurrió en el fin del mundo, sino en el borde de Notting Hill, un enclave lujoso y bello, que ha inspirado célebres comedias románticas. A unos doscientos metros de la torre vivía David Cameron con su familia antes de ser primer ministro.

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