La Rioja

La fiscalía acusa a Trump de corrupción

Donald Trump sonríe durante una reunión de su gobierno. :: efe
Donald Trump sonríe durante una reunión de su gobierno. :: efe
  • Le culpa de violar con sus negocios la cláusula constitucional que le impide recibir dinero de gobiernos o empresas del extranjero

Desde la ventana del fiscal general de Washington DC se ve el flamante hotel Trump International que inauguró Donald Trump poco antes de ganar las elecciones. Todos los días el fiscal Karl A. Racine veía por su ventana el desfile de limusinas que llegaban a la propiedad del presidente, convertida oficiosamente en la antesala del Despacho Oval. Un atajo para influir en las decisiones que se generan en la Casa Blanca. Era cuestión de tiempo que hiciera algo al respecto.

Ayer, junto a su colega de Maryland, presentó un demanda contra el presidente por violar «flagrantemente» la cláusula anticorrupción de la Constitución que le impide «explícitamente» aceptar dinero extranjero.

La conducta «sin precedentes» del presidente tiene escandalizados a los fiscales. «Nunca en la historia de este país hemos tenido un presidente con esta magnitud de negocios y enredos o un presidente que se niegue a distanciarse adecuadamente de ellos». A su estilo, antes de jurar el cargo Trump presentó ante las cámaras una mesa llena de sobres amarillos que nadie pudo escrutar. Según dijo, eran todos los documentos que había tenido que firmar para trasferir la gestión de sus negocios a sus hijos Eric y Donald Jr que, palabrita del niño Jesús, no le contarían nada al respecto. Con el tiempo a ellos también se les ha olvidado esta promesa y Eric Trump ha admitido en entrevista que informa periódicamente a su padre sobre la marcha de los negocios familiares.

La llamada cláusula Emolument que habría violado Trump se había utilizado hasta ahora para vigilar con celo los regalos que recibían los presidentes, convenientemente entregados al Gobierno y listado públicamente para que no pudieran parecer sobornos. Jimmy Carter tuvo que vender su granja de cacahuetes para evitar un presunto conflicto de intereses. Las ramificaciones de los negocios de Trump por todo el planeta abren una gama casi infinita de posibilidades para agasajarle y ganar sus favores. El fiscal general de Washington puso como ejemplo los «cientos de miles de dólares» que los saudíes se han gastado en el hotel que ve desde su ventana. Trump International, construido a todo lujo sobre la antigua oficina del Correos, es el lugar de elección de los gobiernos que visitan la Casa Blanca para alojarse, alquilar salones, celebrar conferencias o simplemente codearse en el bar con otros embajadores y miembros de su gobierno. Los periodistas no tienen acceso, la seguridad del hotel les expulsa cada vez que los descubre. En él se alojaron durante los festejos de su investidura todos los pesos pesados de su campaña.

El mandatario anunció entonces que los beneficios que obtuviera de gobiernos extranjeros serían donados al Departamento del Tesoro, pero nadie tiene constancia de que lo haya hecho. Una vez más, los anuncios de Trump son una cortina de humo que los fiscales del Distritito de Columbia y de Maryland están dispuestos a airear.

La primera consecuencia de su demanda, en caso de ser aceptada a trámite, es que el presidente tendrá que mostrar sus impuestos y los detalles de sus inversiones. Todo el mundo quiere saber, por ejemplo, quién le presta el dinero para sus inversiones inmobiliarias, ya que los bancos neoyorquinos dejaron de hacerlo después de que quebrase uno de sus casinos.

La Casa Blanca restó ayer importancia a la demanda que calificó de «políticas partidistas de dos fiscales demócratas». Serán los tribunales quienes digan si hay algo de cierto en ello.

Recibe nuestras newsletters en tu email

Apúntate