La Rioja

ESTRATEGIA Y CONSECUENCIAS DE LOS ATENTADOS YIHADISTAS

Existe una estrategia en la ola de atentados yihadistas contra Occidente? Es muy improbable, porque eso requiere algún tipo de control central. La mayoría de los atentados parecen haberlos cometido gentes que ya residían en el territorio atacado y, tras radicalizarse, pasan a la acción por iniciativa propia. Por supuesto, esta espontaneidad es mucho más peligrosa que cualquier organización, que puede ser infiltrada y desmantelada por las autoridades. Siempre han existido comunidades marginales o marginadas, pero lo normal es que se desvíen hacia la delincuencia, el gamberrismo o, en el mejor de los casos, al radicalismo político no violento. Ahora sin embargo existe una organización que los incita a lanzar ataques homicidas de forma aleatoria.

No hay que perder de vista la verdadera naturaleza del Estado Islámico (EI): bajo la retórica islamista, es un instrumento de poder de las comunidades árabes suníes en Siria e Irak. El radicalismo wahabí es sencillamente una buena justificación para aplastar sin piedad a todas las demás comunidades de la región. El dogmatismo fanático sirve para legitimar una tiranía absoluta. Aunque los terroristas gritaban «Esto es por Alá», en realidad deberían haber gritado «Esto es para que Los Nuestros gobiernen en Oriente Medio».

Lo que el EI desea y necesita de las comunidades árabes suníes en Occidente es carne de cañón. La consigna de cometer atentados en Europa es en parte una represalia contra la intervención internacional, pero también el resultado de las dificultades crecientes que encuentran los voluntarios para llegar a Siria o Irak.

Los terroristas islamistas pertenecen a un colectivo muy específico: para empezar son suníes inclinados hacia el wahabismo o el salafismo radical de la escuela hambalí, aunque con frecuencia sus padres pertenezcan a otras ramas del sunismo. Los chiíes y otras sectas o subgrupos están completamente al margen del yihadismo, incluso cuando viven en condiciones que podrían favorecer la radicalización. En segundo lugar, la mayoría son árabes. Los chechenos que pusieron una bomba en el maratón de Boston son algo poco habitual. Por último, se trata de jóvenes de familias inmigrantes pero ya de segunda o tercera generación, desorientados culturalmente o en situación económica precaria, o ambas cosas a la vez. Los árabes suníes de clase media o alta, con una situación económica, familiar o personal estable, no cometen atentados.

Se supone que los ataques tienen que intimidar a Occidente para que deje de intervenir en Oriente Medio y permita que facciones fanáticas como los talibanes o el EI tomen el poder. Eso es muy improbable, porque no hablamos de pequeños tenderos extorsionados por la mafia, sino de Estados poderosos con medios de sobra para devolver el golpe. En cuanto a las poblaciones, la reacción más probable no es la de atemorizarse y exigir la retirada a sus gobiernos, sino la de aguantar los golpes y seguir con sus vidas, o montar en cólera y exigir represalias masivas.

¿Pueden los atentados de Mánchester y este último de Londres afectar a las elecciones británicas? Es improbable. Los problemas domésticos o las consecuencias del 'Brexit' tienen siempre prioridad. El crecimiento de partidos de ultraderecha depende más del miedo a la emigración masiva, por pacífica que sea, que a cualquier ola de atentados.

En cualquier caso, es imperativa la erradicación del EI, Al-Qaida o cualquier otra facción yihadista, lo que implica necesariamente tomar medias muy serias contra Arabia Saudí, porque la ideología y el dinero vienen de allí.

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