La Rioja

El lastre ruso amenaza con hundir a Trump

  • Robert Mueller, un exdirector del FBI, es el fiscal especial para investigar la relación de la campaña presidencial del millonario con Moscú

La ignorancia es atrevida. Ayer Donald Trump amaneció presumiendo en Twitter de haber designado un fiscal especial para investigar las relaciones entre su campaña y Rusia, «¡algo que nunca hubo con Obama pese a todas las ilegalidades de la campaña de Clinton!». Las supuestas ilegalidades de Clinton de las que hablaba no se referían a su campaña -aunque la investigación concluyera durante la misma- sino a su tiempo como secretaria de Estado y el uso que hizo entonces de un servidor privado para enviar correos electrónicos. Una ofensa de la que la exoneró la investigación del FBI y que en cualquier caso resulta mucho menos grave que la de conspirar con un gobierno extranjero para interferir en las elecciones.

Además, a Robert Mueller no lo ha designado el presidente, sino el fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, que dice haber dado a la Casa Blanca media hora de aviso, sin contar siquiera con la autorización del fiscal general, Jeff Sessions, que se había inhibido públicamente de cualquier decisión por haber sido parte de la campaña. Trump reaccionó a la noticia con «increíble calma y mesura», dijeron fuentes de 'The Washington Post'. Sin duda aún no entendía las consecuencias. Más tarde comprendió que «es malo para el país», dijo a CNN.

La designación de este respetado exdirector del FBI, de 72 años, es buena noticia para quienes piden que se depuren responsabilidades por las posibles conexiones ilícitas entre la campaña de Trump y el Gobierno ruso. Según publicó ayer Reuters, solo en los últimos siete meses de la campaña se produjeron al menos 18 contactos sin reportar entre asesores de la campaña de Trump y Moscú. Seis de ellos fueron con el embajador ruso en Washington, Serguéi Kisliak, al que Trump invitó la semana pasada al Despacho Oval junto al ministro de Asuntos Exteriores Serguéi Lavrov y un fotógrafo de la agencia Tass.

Son malas noticias «para el público», observó el senador Lindsey Graham, «porque ahora esto es una investigación criminal». Como consecuencia, los testigos no querrán decir nada que pueda incriminarlos en las audiencias del Congreso y el propio fiscal especial solo informará de los cargos que se puedan presentar, si es que los hay, dejando en la oscuridad los detalles de lo que haya descubierto.

Los legisladores republicanos se habían resistido a la designación de un fiscal especial -el primero en catorce años y el 17º desde el 'Watergate'- conscientes de las consecuencias, pero ayer agradecieron la calma temporal que trae a la crispación en torno a los desmanes del presidente, desatados con el despido del director del FBI, James Comey, que estaba al frente de la investigación de la 'trama rusa'.

No son buenas noticias tampoco para el presidente ni para sus asociados. Lo previsible es que ahora se vean enredados en la investigación durante años. La consigna en Washington es armarse de abogados. En la Casa Blanca, pulir el curriculum para buscar nuevos horizontes, más allá del sofocante ambiente que reina en el equipo de Trump. La verdadera 'caza de brujas' que denunciaba ayer el presidente en Twitter se lleva a cabo entre sus filas, donde se busca con lupa a quienes filtran información a la prensa.

La última recayó ayer en las páginas de 'The New York Times'. El rotativo reveló que Michael Flynn, cuyos contactos con el embajador ruso precipitaron su despido a los 24 días de ser nombrado Consejero de Seguridad Nacional, había informado al Equipo de Transición de Trump de que estaba bajo investigación del FBI por haber cobrado más de medio millón de dólares del Gobierno turco para representar sus intereses. Eso no cambió la decisión del presidente de convertirlo en su mano derecha.

La noticia ha dejado también por mentiroso o incompetente al vicepresidente, Mike Pence, que estaba a cargo de la transición y que niega haber oído hablar del contrato de Flynn con Turquía. Pence, el hombre que sucedería a Trump si triunfase un 'impeachment', prefiere quedar de irrelevante que de mentiroso. Sus correligionarios le piden desesperadamente que tome el control del timón en la Casa Blanca e inculque disciplina al presidente antes de que el barco se vaya a la deriva, con todos a bordo.

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