La Rioja

La notas de Comey acercan el 'impeachment'

Miembros de la Cámara de Representantes explican sus gestiones para la investigación en el Congreso del 'affaire' ruso. :: C. S. / afp
Miembros de la Cámara de Representantes explican sus gestiones para la investigación en el Congreso del 'affaire' ruso. :: C. S. / afp
  • Varios comités del Congreso piden al exdirector del FBI la prueba escrita de que Trump le presionó

James Comey era un abogado y fiscal que llevaba casi 15 años en diferentes puestos de gobierno en Washington. Donald Trump, un multimillonario acostumbrado a despachar con tiburones inmobiliarios que nunca había tenido un cargo público. Si hubiera prestado atención a la política antes de zambullirse en ella hubiera sabido que el director del FBI no pasaría por alto su petición de que «dejase correr» el caso de su consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, sin dejar constancia administrativa para protegerse. Su historia lo prueba.

En la CIA, lo que no se escribe no existe. En el FBI, todo se escribe para que exista. Esa costumbre salvó a Comey en 2004, cuando los memorándums del entonces director del FBI, Robert Mueller, probaron que ambos corrieron a la unidad de cuidados intensivos para impedir que el abogado de la Casa Blanca Alberto Gonzales convenciera al convaleciente fiscal general, John Ashcrof, de que autorizase el programa de espionaje masivo. Dos años después, cuando Gonzales se convirtió en fiscal general, se encargó de expresarle por escrito su desacuerdo sobre las tácticas de interrogatorio que consideraba tortura y contárselo, también por 'e-mail', a sus adjuntos. Quienes le conocen no tenían la menor duda de que esa costumbre casi religiosa volvería a dar frutos con Trump. En su ignorancia fue el presidente quien puso sobre la pista a la prensa al hablar de las conversaciones que había tenido con el director del FBI en términos nada creíbles.

El primero en encontrar esos memorándums el martes a través de sus fuentes fue 'The New York Times', aunque varios medios lo han confirmado después. «¡Ningún otro presidente ha sido tratado tan injustamente!», se quejó ayer Trump, «especialmente por parte de los medios de comunicación».

Gracias a la aparición de las notas que Comey escribió sobre sus conversaciones con el presidente, ahora reclamadas legalmente por varios comités del Congreso, millones de estadounidenses vuelven a soñar con el 'impeachment' (enjuciamiento parlamentario) de Trump. Será solo un sueño mientras los republicanos sigan teniendo el control de las cámaras, pero ciertamente los cargos de obstrucción a la Justicia tienen ahora más fuerza que nunca. El 14 de febrero, después de una reunión sobre terrorismo en el Despacho Oval, el presidente le pidió al director del FBI que se quedara, tras despedir al resto de los participantes, incluyendo a su vicepresidente, Mike Pence, y al fiscal general, Jeff Sessions.

«Mike Flynn es un buen tipo, espero que puedas dejar correr lo suyo», le exhortó. Comey sólo coincidió con él en que el exgeneral al que investigaba por mentir sobre sus relaciones con Rusia «es un buen tipo», escribió. El propio Trump le había despedido la víspera, 17 días después de que la fiscal general en funciones, Sally Yates, le informase de las inconsistencias de sus declaraciones, que a Trump solo le preocuparon cuando las vio publicadas en 'The Washington Post'.

El rotativo que destruyó a Nixon con las filtraciones del 'Watergate' ha encontrado otro filón informativo con Trump, gracias al constante flujo de filtraciones que sale de la Casa Blanca, la más porosa de la historia. El mandatario llegó a pedirle a Comey, siempre según lo que se ha filtrado de sus notas, que buscase la manera de encarcelar a los periodistas que publicasen información clasificada, ajeno al sacrosanto derecho a la libertad de expresión que garantiza la Primera Enmienda de la Constitución.

«Que no haya cintas»

En los meses siguientes Comey pisó el acelerador de las investigaciones que llevaba a cabo su departamento, de las que al principio pedía actualizaciones semanales y al final, todos los días. El presidente debió de oler que se estrechaba el círculo y lo despidió fulminantemente la semana pasada, «con la cosa esa de Rusia y Trump» en mente, confesó sin reparos a a la NBC. Todavía al día siguiente lanzó a Comey una amenaza muy pública: «Más vale que no haya 'cintas' de nuestras conversaciones que se filtren a la prensa», tuiteó.

Comey sueña con que las haya. Diversas fuentes del FBI han lamentado no tener mejor manera de corroborar la versión de Comey que las notas que escribió de sus encuentros con el presidente, pero si la Casa Blanca las hubiera grabado todos creen que avalarían al exdirector del FBI.

Los jueces dan carácter legal a las anotaciones que toma en el momento un agente del Gobierno, pero para probar un cargo de obstrucción a la Justicia sería necesario demostrar también la intención y, con todo, acabaría siendo un juicio político en el Congreso. Algo que no parece tan quimérico si empiezan a quebrar los legisladores republicanos bajo la presión de la opinión pública. «Esta película ya la hemos visto antes, tiene el tamaño y la escala del 'Watergate' y no es buena para el país», admitió el senador republicano John McCain. Hasta el Dow Jones, que vive en perpetua euforia desde la elección de Trump, dadas sus promesas de desregular la banca, cayó ayer cerca de 400 puntos.

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