La Rioja
Los embajadores en el Vaticano reciben al Papa a su llegada ayer a la Capilla Sixtina.
Los embajadores en el Vaticano reciben al Papa a su llegada ayer a la Capilla Sixtina. / REUTERS

El Papa pide a los líderes religiosos que desautoricen la «locura homicida»

  • Francisco alaba la generosidad de algunos países y afea la indiferencia de otros en el drama de la inmigración

La Santa Sede marca las prioridades de su agenda exterior cada comienzo de año tras las fiestas navideñas con el discurso que el Papa dedica a los miembros del cuerpo diplomático. Aunque es el país más pequeño del mundo por extensión, el Vaticano tiene un peso significativo en las relaciones internacionales por la inigualable red con que cuenta la Iglesia católica gracias a su presencia en todos los rincones del planeta. En la alocución que dedicó ayer a los representantes de los 182 Estados con los que la Santa Sede mantiene relaciones diplomáticas, el papa Francisco planteó cuáles son sus mayores preocupaciones: la violencia de matriz religiosa, la falta de acogida a los inmigrantes y refugiados, la crisis de identidad que sufre Europa y la situación de los millones de personas atrapadas en «conflictos insensatos», entre los que recordó en particular el que sufre Siria.

Jorge Mario Bergoglio hizo una nueva condena del terrorismo fundamentalista, aunque cuidándose bien de que sus palabras no pudieran ser vistas como una crítica dirigida al islam en particular. Recordó primero que fue en el Viejo Continente donde comenzaron los asesinatos por razones religiosas entre cristianos, para lamentar después la «locura homicida» de quienes usan «el nombre de Dios para sembrar muerte, intentando afirmar una voluntad de dominio y de poder». Para tratar de combatirlo pidió a los líderes islámicos, aunque sin citarles directamente, que se desmarquen del discurso del radicalismo.

«Hago un llamamiento a todas las autoridades religiosas para que unidos reafirmen con fuerza que nunca se puede matar en nombre de Dios», dijo, invitándoles a continuación a que dejen claro que los valores que proponen las distintas fes «no admiten una contraposición entre el temor de Dios y el amor por el prójimo».

En su análisis de las causas de este problema subrayó igualmente la responsabilidad de los políticos: a ellos les corresponde tanto garantizar «el derecho a la libertad religiosa» y reconocer «la aportación positiva y constructiva que ésta comporta para la edificación de la sociedad civil», como evitar que se den «las condiciones favorables para la propagación de los fundamentalismos».

Al hablar de la inmigración, afeó que algunos países se muestren «indiferentes» mientras que otros llevan a cabo su compromiso humanitario en medio de «esfuerzos considerables y graves dificultades». Aplaudió en particular la posición generosa de Italia, Alemania, Grecia y Suecia y recordó que es posible mantener un enfoque «prudente» frente a los inmigrantes que no caiga en la «clausura» de las fronteras y les proporcione una «vida digna» sin tener que provocar daños «al bien común de sus ciudadanos». Este mensaje parecía ir destinado a Europa, que atraviesa «un momento decisivo de su historia, en el que está llamada a redescubrir su propia identidad». Francisco consideró que la actualización del sueño europeo vendrá con un «nuevo humanismo basado en la capacidad de integrar, de dialogar y de generar».

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