La Rioja

Los cubanos no beben mojitos

Jennifer posa en Marianao, mientras por su lado pasa un grupo de escolares. :: Luis ángel gómez
Jennifer posa en Marianao, mientras por su lado pasa un grupo de escolares. :: Luis ángel gómez
  • La vida lumpen en La Habana descubre otro aspecto de la isla caribeña, la del sexo y el alcohol sólo para los turistas

Los cubanos se refieren a los policías llevándose dos dedos al hombro y dándose un par de golpecitos en el lugar donde se encontrarían unos hipotéticos galones. Es algo que aprendes pronto en Marianao, el 'reparto' que crece al lado de la 114, la carretera que une La Habana con el aeropuerto. Es un barrio complicado, de casas bajas, en el que se oye cantar a los gallos en los precarios corrales y las miradas escrutadoras cruzan de lado a lado de la calle como misiles. Desde la muerte de Fidel, Marianao vive en «tensión». En esta parte de la ciudad la prohibición no se limita a la música y el alcohol. De noche, los 'pinchos' (dos dedos al hombro) están prohibiendo incluso que los jóvenes se paren en la esquina a charlar. También se comenta que la Policía se llevó a una mujer el pasado fin de semana, después de que su marido, el día que se anunció la muerte de Fidel, le mandase desde Estados Unidos un mensaje telefónico inadecuado.

Otra cosa que aprendes pronto en Marianao es que la principal fuente de ingresos del barrio es «la lucha». Los cubanos llaman así a buscarse la vida, a veces de un modo legal y a veces «por la izquierda». Estos días para muchos está resultando aún más complicado. Yusniel, un jinetero, explica que el periodo de luto les está hundiendo el negocio, y que eso hace a su vez que el dinero circule aún menos por el barrio. «Las cosas están muy difíciles», asegura Yusniel, que en cierto modo organiza su queja de un modo frío y empresarial: «El turismo genera el 95% de la riqueza del país y los turistas quieren beber ron y acostarse con un cubano». Las penas por prostitución pueden ser en Cuba de hasta cuatro años de cárcel. En Marianao se habla de personas con tan mala suerte que fueron detenidas el primer día que salieron a la calle a buscar clientes.

Pero, como suele pasar, hay quien tiene incluso más problemas. A los transexuales en el barrio no sólo los persigue la Policía, sino que los vecinos les están «tirando puñaladas» y «dando candela». Jennifer tiene 39 años y lleva 21 «vistiéndose de mujer». Asegura que Cuba es una sociedad enormemente machista en la que la violencia contra los homosexuales está al orden del día. También explica que el trabajo de Mariola Castro, la hija de Raúl Castro, está logrando avances en términos de igualdad. En Cuba se celebra hoy un día contra la homofobia y los grupos de apoyo en los que trabaja Jennifer reciben ayuda y asesoramiento del Centro Nacional de Educación Sexual de Cuba que dirige Mariola Castro. «El problema es que es ella y pocos más contra un país completo»

Cuando un transexual es detenido, los «grupos de ayuda mutua» acuden a ofrecerle apoyo y asesoramiento legal. Jennifer asegura que esas detenciones pueden ser del todo arbitrarias. Es una queja que se repite en Marianao: «Los policías hacen lo que quieren. Son gente del oriente, muy primaria. El habanero no quiere ser policía». En cuanto oscurece, Jennifer se apresura a regresar de La Habana a su barrio, «como si fuese un vampiro», por temor a que la policía la encuentre caminando de noche por la capital vestida de mujer.

Las detenciones vienen acompañadas de un acta de advertencia, cuya repetición puede originar un «expediente delictivo» y desembocar en los famosos cuatro años de prisión. Es fácil imaginar que la vida de un transexual en una cárcel cubana resulta difícilmente imaginable. Una amiga de Jennifer intentó ahorcarse en prisión y, aunque la descolgaron a tiempo, enloqueció. Ahora deambula por el barrio «con unas tetas así y la barba crecida».

Preguntarle a Jennifer qué ocurriría si la Policía la detuviese acompañada de un turista es obtener una respuesta inmediata: «Ustedes pueden hacer lo que quieran aquí. Nosotros no». Es una de las evidencias que antes te llaman la atención en Cuba. Estos días de luto un turista puede tomarse una montaña de mojitos en casi cualquier hotel, mientras que si un cubano es sorprendido en una tienda de barrio vendiendo alcohol se arriesga a tener serios problemas, puede al parecer que incluso a perder el negocio. En Marianao la referencia al mojito causa una inmediata explosión irónica: «Ustedes no saben que la mayoría de los cubanos no tiene ni idea de lo que es un mojito».

Es tan solo una contradicción más en un país que parece instalado en las contradicciones. Cerca de donde Jennifer posa para el fotógrafo, hay un garaje donde un anciano diminuto reconstruye un camioncito con paciencia artesanal. Cuando nos enseña alguna foto del estado original del vehículo, resulta evidente que está transformando una cafetera oxidada en una antigüedad de exposición. Una pieza la sacó de una moto, un hierro lo encontró tirado por ahí...

El hombre nos cuenta que tiene una hija en España y también que él se lo «debe todo» a Fidel. Tiene setenta años y se considera un hijo de la Revolución, a la que le agradece el libre acceso a la educación y a la sanidad. «Está siendo muy duro, pero hay que seguir para adelante», nos dice. Es la clase de afirmación que al menos siempre puede respaldarse en plan abstracto: «Hombre, claro, la vida, ya se sabe».