La Rioja

EL ADAGIO CUBANO DE FIDEL

Un joven camina junto a una valla con diferentes imágenes del fallecido Fidel Castro. :: Rolando Pujol / efe
Un joven camina junto a una valla con diferentes imágenes del fallecido Fidel Castro. :: Rolando Pujol / efe

La revolución cubana y la figura de Fidel Castro siempre han suscitado interés y nunca indiferencia, y de ahí que sigan provocando pasiones, tanto a favor como en contra. Una revolución comienza por el poder de una idea, y eso es lo que entusiasmó a muchos cubanos cuando se produjo el triunfo revolucionario de 1959; y termina cuando la permanencia en el poder se convierte en la idea, siendo esto lo que apasiona a otros muchos. La revolución fue una de las consecuencias de la crisis de la democracia liberal y de la falta de mejoras y ahora, 57 años después, tanto la reforma económica como el control político del proceso son los grandes desafíos que tienen planteados los sucesores de Castro. Con independencia del fallecimiento del líder supremo, es muy evidente que la transición política en Cuba comenzó hace unos años. Fidel fue sustituido oficialmente por su hermano Raúl en la presidencia del Consejo de Estado y del Consejo de Ministros y en las jefaturas del Estado y de las Fuerzas Armadas en febrero de 2008 y, posteriormente, en abril de 2011, con 84 años, le transfirió también la Primera Secretaría del Partido Comunista.

Recordemos que este proceso se inició el 31 de julio de 2006. Este momento fue el punto de inflexión de quien salvó la vida de milagro tras el asalto al cuartel de Moncada el 26 de julio de 1953; de quien se refugió en Sierra Maestra con unos pocos hombres a principios de 1957 para iniciar una revolución que en aquellos momentos encarnaban el M-26-7 de Frank País y el Directorio de José Antonio Echevarría; de quien se convirtió en el jefe indiscutible de la insurrección contra la dictadura de Batista con su estrategia de la lucha armada por el restablecimiento de la democracia, según sus palabras; de quien entró triunfante a La Habana el 8 de enero de 1959, tras encabezar durante una semana una gran marcha desde Santiago de Cuba a la capital, inspirada en la de Mussolini sobre Roma; de quien visitó Estados Unidos invitado por el Press Club ganándose a los norteamericanos con su famoso «pan con libertad, libertad sin terror, ni dictadura de izquierda ni de derecha, humanismo revolucionario»; de quien se reunió con Sartre, Pablo Neruda y Nicolás Guillén en 1960; de quien inició, ese mismo año, las nacionalizaciones; de quién se enemistó con EE UU y estrechó lazos con la URSS; de quien se declaró marxista-leninista en 1961; de quien autorizó la instalación de la base de misiles que puso al mundo al borde de la guerra nuclear en 1962; de quien desmanteló el Ministerio de Industria y facilitó la salida del Che Guevara hacia África primero y Bolivia, donde moriría en 1967, después; de quien convirtió a Cuba en un teórico exportador de la revolución que tenía en 1982 unos 70.000 soldados, asesores militares y cooperantes en 23 países, sobre todo en Angola; de quien fue presidente de los Países No Alineados en 1975; de quien permitió el monopolio agrícola de la caña de azúcar olvidándose del arroz, el café y la ganadería; de quien contempló el desmoronamiento de la URSS y padeció sus consecuencias; de quien negoció con la Venezuela de Hugo Chávez mejorando la economía del país; de quien dirigió con mano de hierro un país que sufrió el bloqueo de Estados Unidos hasta que el pasado 17 de diciembre Obama anunciara el fin del mismo tras 54 años; de quien justificó con dicho bloqueo el fracaso de la política económica obviando que los programas sociales habían sido subvencionados por los subsidios extranjeros (primero soviéticos y después venezolanos), etc.

El traspaso de funciones a su hermano Raúl fue una realidad en su momento y lo es en la actualidad. El esquema de liderazgo desde entonces ha sido un híbrido entre la concentración de poder en manos de su hermano, un esquema colectivo de dirección del país y unos amagos de retorno de Fidel a la cúspide del Ejecutivo cubano. El proceso de transición no ha sido especialmente turbulento en estos años. Probablemente lo hubiese sido si la misma se hubiera desarrollado cuando la desaparición de la Unión Soviética colapsó la economía cubana. Entre 1991 y 1995 el país caribeño sufrió un verdadero cataclismo material y político que generó un deterioro dramático de la situación social de los cubanos y una mayor posibilidad de que el exilio de Miami y los sectores duros de Washington intervinieran en la isla.

La continuidad del régimen revolucionario ha estado asegurada con Raúl Castro a pesar de los avances y retrocesos de las reformas en la última década, de las insatisfacciones de amplios sectores de la población, del crecimiento y la complejidad de la sociedad cubana y de la crisis de legitimación sufrida por la élite política y el proyecto revolucionario después de la desaparición de la URSS.

Los actores que se reparten los papeles en Cuba son, por una parte, un poder que no es visible, integrado por la elite militar y burocrática, y, por otra, la disidencia interna, que apuesta por un cambio gradual y pactado. Pero también hay que contar con los actores externos, y los más influyentes son EE UU, Venezuela y la UE. Washington desearía una Cuba diseñada en la memoria histórica del exilio de Miami, aunque siga temiendo que el hundimiento precipitado del castrismo provoque una avalancha inmigratoria; la Venezuela de Nicolás Maduro, continuadora de la de Hugo Chávez, tenía como objetivo mantener el castrismo aunque en estos momentos bastante tiene con sobrevivir; y la UE, empezando por España, donde Cuba es una cuestión doméstica, ansía una transición gradual a la democracia.

La Cuba de hoy, más allá de la figura de Fidel y de su hermano Raúl, no parece acercarse hacia el abismo. La revolución fue ambiciosa en su búsqueda de impacto e influencia internacional, pero tuvo que constreñirse en sus propias fronteras debido a la estrategia de Estados Unidos.

En la actualidad el legado revolucionario es más simbólico que real y se ha convertido en un actor moderado y moderador en el continente americano dominado por el pragmatismo más que por el dogmatismo.