La Rioja

Fillon desafía a Juppé y Sarkozy

Nicolas Sarkozy, líder de Los Republicanos, saluda a sus seguidores. :: PASCAL GUYOT / afp
Nicolas Sarkozy, líder de Los Republicanos, saluda a sus seguidores. :: PASCAL GUYOT / afp
  • Los debates televisivos le aúpan como el tercero en discordia en las primarias de la derecha francesa

François Fillon desafía a Alain Juppé y Nicolas Sarkozy. Es el tercero en discordia en las primarias presidenciales de la derecha francesa. Aupado por los debates televisivos de la campaña, se ha colado en el duelo anunciado entre los dos favoritos. La elección de un candidato conservador al Elíseo es cosa de tres. De la terna saldrá el rival llamado a disputar a la ultraderechista Marine Le Pen la jefatura del Estado la próxima primavera ante la presumible ausencia de una izquierda en ruinas.

El electorado conservador elegirá mañana en las urnas a los dos finalistas en la primera vuelta de las primarias. El domingo siguiente, día 27, se conocerá el nombre del aspirante con más papeletas para relevar al socialista François Hollande en la presidencia de Francia.

La experiencia en el ejercicio del poder se ha impuesto entre los siete contendientes en las primeras primarias del centro-derecha francés. Sarkozy, de 61 años, ya ocupó la jefatura del Estado entre 2007 y 2012. Fillon, de 62, fue su primer ministro durante todo el mandato. Juppé, de 71, ha sido jefe del Gobierno y titular de Exteriores, entre otros cargos. La autoridad moral y el liderazgo de los tres quedó de manifiesto una vez más la noche del jueves en el tercer y último debate televisado antes de someterse al veredicto de las urnas.

Los mejor parados en las encuestas fueron Fillon y Juppé mientras Sarkozy perdió fuelle en un ejercicio que le rebaja a discutir con quienes fueron sus subordinados. Un sondeo de la cadena BFMTV certificó a Fillon como el más convincente (33%) por delante de Juppé (32%) y Sarkozy (18%). Juppé (30%) acaparó más convencidos en el estudio encargado por el semanario 'Le Point', seguido por Fillon (25%) y Sarkozy (13%).

En ambas encuestas Fillon encabezó los favores de los electores y simpatizantes de derechas que se declaran seguros de ir a votar con el 39% y el 38%, respectivamente. Como premio añadido obtuvo ayer el apoyo del expresidente Valéry Giscard d'Estaing por ser «serio y honesto».

El trío favorito se distinguió en el debate sobre política internacional. Para Sarkozy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca representa una «oportunidad fantástica» para el regreso de Francia y Europa a la escena internacional. Fillon preconizó una relación transatlántica mucho más equilibrada y recordó que no había sido el nuevo presidente de Estados Unidos el que había «sembrado el caos en Oriente Próximo invadiendo Irak».

Juppé barrió para casa al preguntarse si Trump «¿hará después de la elección lo que había anunciado?». «Es una cuestión que deberíamos hacernos también en Francia», añadió con sibilina perfidia hacia sus dos competidores. Las discrepancias afloraron en la cuestión siria. «Bashar el-Asad no representará jamás, o entonces ya no somos humanistas, el futuro de Siria», objetó Sarkozy. Más contemporizador con el tirano de Damasco se mostró Fillon, ya que «en caso de caída del régimen los cristianos de Oriente tendrán que elegir entre la maleta o el ataúd».

El heraldo de la derecha provinciana y católica enfatizó que la prioridad es combatir la «amenaza mundial» del autoproclamado Estado Islámico y reclamó una «coalición con los rusos». Juppé se opuso al despliegue de tropas francesas en tierra, pues «no nos corresponde a nosotros hacerlo sino a los países de la región».

Monólogos

El debate, más bien una sucesión de monólogos a siete, ofreció escasas fricciones entre los tres presidenciables. Sarkozy reprochó a Juppé «no comprender la ira que suscita la cuestión migratoria» y a Fillon minusvalorar «el hastío de la clase media con los impuestos» ya que propone una subida del IVA.

Juppé insistió en que «no es creíble» la supresión de 500.000 funcionarios en cinco años propuesta por Fillon cuando él plantea eliminar de 200.000 a 300.000 puestos. El tercer hombre replicó que la clave reside en que los empleados públicos trabajen 39 horas al igual que el sector privado una vez derogada la semana laboral de 35 horas, una herencia socialista con la que todos ellos quieren acabar.