La Rioja

CONTRA QUÉ VOTAN

Los ingleses. Qué se puede esperar. Si al final la mayoría son como los que vienen a Salou a potarnos la playa: incultos, torpes, nostálgicos de un imperio con maharajás, engañados entre pinta y pinta por una panda de politiquillos mentirosos.

Los colombianos. Ay, los colombianos. Qué se puede esperar. Unos incultos también, dispuestos a tragarse, mientras mascan hojas de coca, que las FARC se iban a comer a sus niños. Les engañaron, claro.

Y los americanos. Esos jodidos americanos (del norte, se entiende). Qué se puede esperar. Si de toda la vida de Dios se sabe que un tipo de Arkansas no puede distinguir entre Europa y Taiwan. Racistas también, claro. Del KKK. Y machistas a saco. Viene Trump y les engaña como a chinos.

Podemos seguir así todo lo que queramos, en fin. Porque explicaciones como ésas hay muchas, basadas todas en lo mismo: el desprecio. Desprecio total a un electorado que, a la hora de meter su papeleta, ha optado por la opción más descabellada.

La cosa es que ese electorado esta ahí. Y es un electorado que, de una a otra punta del globo, tiene dos características coincidentes: es mayoritario, y está asustado.

Este mundo se está dejando atrás a mucha gente. A gente que comparte por todo el planeta una insidiosa sensación de que antes (ese «antes» que tanto abarca) se vivía mejor. De que igual no era necesario trabajar doce horas al día para ganar mil euros, verbigracia. Y cuando esa gente dejada atrás se enfada no tiene por qué dirigir su mirada hacia quien tiene más; no, normalmente se va a cabrear con quien es más débil. El negro, el mexicano, el polaco. Ésos que, cuando todo iba bien, no estaban.

No pensemos que Trump es una enfermedad. No, sólo es un síntoma. Olvidémonos de por qué le ha votado la gente: pensemos mejor en contra qué está votando.