La Rioja

Bienvenidos a la tierra prometida

Raúl Castro y Barack Obama muestran su buena sintonía en un acto en el Palacio de la Revolución en La Habana, el pasado mes de marzo. :: Nicholas KAMM / afp
Raúl Castro y Barack Obama muestran su buena sintonía en un acto en el Palacio de la Revolución en La Habana, el pasado mes de marzo. :: Nicholas KAMM / afp
  • Trump liquidará el legado de Obama para hacer frente a un controvertido proyecto económico

Donald Trump venció de manera sorprendente a Hillary Clinton, a pesar de los sondeos y la lógica. Ahora tan sólo le hace falta superar a su más seria contrincante: la realidad. El infierno está empedrado de buenas intenciones pero, posiblemente, el limbo se halle alicatado con las más delirantes, las que aclamó una multitud enfebrecida en cualquier mitin electoral a pesar de que nunca fueron consideradas factibles. Las promesas del magnate se encuentran aún lejos de resultar viables, incluso con un respaldo legislativo históricamente abrumador.

El sistema estadounidense es presidencialista pero contempla el espacio suficiente para varias 'prima donnas'. El futuro del próximo gabinete, según el sistema de EE UU, estará condicionado por la titularidad de las secretarías de Seguridad Nacional, Estado y Defensa. Tanto la política interior como la exterior se encuentran condicionadas por las figuras que asumen estos relevantes cargos y su elección, probablemente, determinará el rumbo definitivo del hasta ahora errático programa del magnate.

La mayoría en ambas Cámaras tampoco alienta un feliz consenso en torno a sus radicales proclamas. Trump es un recién llegado a las filas conservadoras y su enorme ego parece reacio a asumir la disciplina de un partido que no acaba de digerirlo. Además, las dos grandes formaciones norteamericanas integran en su seno sensibilidades muy diferentes y no pueden considerarse cuerpos homogéneos a la manera europea. Llegados los tiempos de pasar a la acción, el control presupuestario que ejerce el Congreso se antoja un motivo de fricción para una política que, previsiblemente, incrementará aún más la deuda pública.

Trump tiene un plan y, superados esos escollos, intentará ponerlo en marcha. El presidente electo, en realidad, ha prometido un milagro, un compromiso con su pueblo que, curiosamente, se asemeja al programa 'New Deal' ejecutado hace ochenta años por su antecesor demócrata Franklin D. Roosevelt. Ese proyecto contempla grandes inversiones en infraestructuras, energía e industria armamentística para, supuestamente, revertir el proceso de declive fabril y destrucción de puestos de trabajo.

El presidente ha espoleado el nacionalismo, la esperanza en las propias fuerzas, al añejo espíritu de Jimmy Stewart que todo estadounidense, blanco y cristiano, guarda en su interior. Pero también ha apelado al egoísmo patrio. La nueva América será para los americanos, los que están ya, no para aquellos 'espaldas mojadas' que intentan atravesar la frontera o los 11 millones de irregulares que permanecen en el territorio. El flamante dirigente quiere levantar muros reales y legales para los inmigrantes y refugiados que llaman a sus puertas consulares e, incluso, para los puertorriqueños, abandonados en una grave recesión económica.

Pescando con Putin

Los recursos para afrontar este reto, cuando el propio dirigente ha criticado el dispendio de la Administración, requerirán imaginación y recortes, habida cuenta de que también ha incluido un notable alivio de la presión fiscal sobre las rentas más altas. Pero de la necesidad surge la virtud y argumentos razonables para desmantelar la obra de su predecesor, principalmente en el ámbito social. Tal y como ya ha manifestado, la primera víctima será el 'Obamacare', la ley que ampliaba la cobertura sanitaria con seguros médicos subsidiados y que ha resultado más costosa de lo esperado, y tras ella, puede cebarse con la reforma educativa y, por ejemplo, acabar con las ayudas federales a los estudiantes de enseñanza superior, otra aportación del periodo recién liquidado.

El acoso a ese legado puede ir más allá si su plan de autarquía energética y, sobre todo, la rentabilidad empresarial incentivan nuevas prospecciones en el Golfo de México y Alaska, quizá a costa de acosar el Refugio Nacional de la Fauna del Ártico, 50.000 kilómetros cuadrados de territorio virgen y la joya del planteamiento conservacionista del anterior mandatario. Los republicanos locales lo han solicitado aduciendo que la medida constriñe su desarrollo económico y los ecologistas tendrán otro banderín de enganche para una guerra que parece inevitable, sobre todo si Trump comienza a remolonear en torno al compromiso en la lucha contra el cambio climático.

No resultaría extraño que, próximamente, en todas las pantallas, el magnate apareciera pescando salmones con Putin en un remoto paraje siberiano. La victoria de este 'self made man' de gestos grandilocuentes es también la de su homólogo ruso, con quien guarda entrañables similitudes tácticas. Ambos pueden escenificar un beneficioso apaciguamiento de las tensiones a costa de sus aliados occidentales, los otros perdedores de las elecciones.

La política exterior también puede privilegiar el contacto con Reino Unido, precisa de apoyos ante las dificultades crecientes generadas por el 'brexit' o Turquía. La islamofobia del nuevo líder ha de rendirse, seguramente, ante los buenos oficios de Recep Tayyip Erdogan, otro dirigente con el que cabe suponer cierta complicidad. En este reequilibrio de fuerzas, las peores cartas parecen adjudicarse a Irán, a la que nunca se le han perdonado viejos agravios, y China, ese competidor que inunda mercados y arruina factorías.

El futuro se adivina convulso en el plano social. Las reducciones presupuestarias y el fin de las iniciativas dirigidas a los desfavorecidos sugieren un país que vira hacia políticas neoconservadoras, sancionadas por un Tribunal Supremo también favorable. El 15% de estadounidenses que permanecen ajenos al bienestar consumista de la primera potencia parecen condenados a la subsistencia. La tierra prometida de Trump no sabe de invitaciones para foráneos y tampoco aporta motivos consistentes para la esperanza de quienes sólo pueden contemplar los escaparates o, esporádicamente, los hacen añicos.