La Rioja

Valonia reafirma su postura pero la UE y Canadá no tiran la toalla

El ministro presidente de Valonia, Paul Magnette, ayer a su llegada a una reunión con el primer ministro belga, Charles Michel. :: S. L. / efe
El ministro presidente de Valonia, Paul Magnette, ayer a su llegada a una reunión con el primer ministro belga, Charles Michel. :: S. L. / efe
  • Tusk y Trudeau desoyen al portavoz valón y mantienen la cumbre del jueves para firmar el acuerdo comercial en un alarde de optimismo

Y al final se están poniendo tan flamencos que el acuerdo de libre comercio entre la UE y Canadá (CETA) está a un paso de dormir el sueño de los justos por el veto de la región belga de Valonia, de apenas 3,5 millones de habitantes, que insiste en su negativa pese a la enorme presión que está recibiendo por parte de los 28 Estados miembros (incluido su propio Gobierno federal). Pero no. Dicen que no, que no aceptan ultimátums de nadie y que «necesitan su tiempo» para analizar el documento. Así que a los otros 500 millones de europeos y los 35 millones de canadienses no les queda más que resignarse porque sin el OK de los 28, no habrá CETA. «No estamos en condiciones de firmarlo», confesó a primer hora de la tarde el primer ministro belga, Charles Michel, favorable al pacto pero atado por el Parlamento regional valón (su plácet, como el de la Cámara flamenca, es necesario).

Decir que está difícil es ser un optimista, pero la UE no se da por vencida y a última hora de la tarde ayer, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, habló con el primer ministro canadiense, Justin Trudeau, y decidieron hacer un último esfuerzo para cerrar un acuerdo antes de la cumbre del jueves, el gran día fijado para la firma del CETA tras siete años de negociaciones. «Pensamos que la cumbre del jueves es posible. Animamos a todas las partes a encontrar una solución. Todavía hay tiempo», escribió Tusk en la red social Twitter. Fue un día de locos porque se suponía que ayer por la noche terminaba el ultimátum dado a la UE por Valonia.

Sin embargo, a mediodía, el portavoz jefe de la Comisión, Margaritis Schinas, negó cualquier órdago y pidió «paciencia» porque Bélgica «aún está en proceso de establecer su posición, según su procedimiento institucional y de acuerdo con su orden constitucional». «La Comisión ha trabajado sin fin para llevar las discusiones a un resultado positivo», dijo.

Intentan medir y mucho sus palabras para convencer a los líderes valones, que están más enconados que nunca. El presidente del Partido Socialista de la región, el ex primer ministro Elio Di Rupo, advirtió de que harían falta «semanas» para seguir negociando. Un argumento compartido por el también socialista y ministro-presidente de Valonia, Paul Magnette. Por su parte, el presidente del Parlamento valón, André Antoine, integrante del Partido Democrático Humanista (cdH), se mostró contrario al CETA y dijo que el objetivo es «devolver la democracia a estos grande tratados que afectan a lo cotidiano de los ciudadanos».

Su 'no', sin embargo, va mucho más allá del CETA. Se trata del enésimo conflicto político interno belga que esta vez puede salpicar al conjunto de la UE. Los valones, socialistas, quieren jugársela al Gobierno de centroderecha liderado por los liberales y apoyado en los independentistas flamencos. Aquí empieza y termina el entuerto. Porque las propias cifras de las instituciones valonas dicen que su actividad comercial con Canadá es casi inexistente. Sólo el 0,31 % de las exportaciones de las empresas valonas fueron a parar a este país, mientras que a la inversa, la proporción es del 0,09%.

Arbitraje como problema

Según el argumentario político defendido por los líderes valones, su 'no' es técnico y supone algo así como salvar al resto de Europa de los males de la globalización. Salvado el escollo de las exportaciones agrícolas, su principal problema son los tribunales de arbitraje para resolver disputas entre empresas extranjeras y los gobiernos nacionales.

Los diputados valones tampoco se fían del valor legal de la declaración adjunta y de que las empresas estadounidenses puedan usar filiales canadienses para aprovecharse del acuerdo.

El 'tictac' continúa y la gran perjudicada será Europa, cuya imagen ya está quedando en entredicho por la sensación de desgobierno que está trasladando al mundo.