La Rioja

Batalla final contra el califato en Mosul

  • EEUU trata de aunar las posturas porque desea que la ofensiva se desarrolle antes de sus elecciones presidenciales del 8 de noviembre

  • La capital yihadista en Irak está cercada, pero diferencias entre los aliados dificultan la operación

Jerusalén. El califato en Irak parece tener las horas contadas y el cerco sobre Mosul es cada vez más estrecho. El plan para expulsar al grupo yihadista Estado Islámico (EI o Daesh) de su capital y última gran ciudad que controla en suelo iraquí está preparado, pero las diferencias internas entre las fuerzas que quieren tomar parte en la operación y el futuro control de la plaza tras la hipotética caída del Daesh son ahora los grandes obstáculos.

Los gobiernos de Bagdad y de la región autónoma kurda (KRG) han acordado que sólo sean las fuerzas especiales del Ejército, la Policía y milicianos voluntarios de la propia ciudad quienes puedan entrar en el casco urbano durante y tras la batalla, según anunció el portavoz militar, general Yahya Rasoul. Sin embargo, será necesaria una estrategia postcalifato detallada antes de dar luz verde a un asalto en el que el papel de las milicias chiíes, básicas en las victorias en Tikrit, Faluya o Ramadi, los otros feudos del EI conquistados en el último año, «aún no ha sido concretado», en palabras de Rasoul.

El Ejército turco, presente sin el permiso del Gobierno iraquí y encargado de entrenar a una milicia local suní, el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), las unidades yazidíes o los grupos armados de cristianos asirios completan el puzle de las fuerzas implicadas que Estados Unidos trata de encajar desde su posición de líder de la alianza. Y, según los preparativos que se perciben en torno a Mosul en los últimos días, todo apunta a que Washington desearía que el encaje funcione antes de las elecciones estadounidenses del 8 de noviembre.

Dos años bajo el Daesh

Mosul cayó en manos de los seguidores del califato en junio de 2014, en el marco de una ofensiva yihadista en todo Irak, que sorprendió a unas fuerzas de seguridad. Las tropas oficiales abandonaron sus posiciones, dejando atrás todo su arsenal y mostraron el fracaso de la creación exprés de nuevas unidades por parte de Estados Unidos tras disolver el antiguo Ejército de Irak en 2003. El avance yihadista fue entonces tan rápido como está siendo ahora el descalabro del califato, tanto en Irak como en Siria, donde sólo conservan Raqqa.

Con el Daesh en plena expansión y amenazando con llegar a Bagdad, el gran ayatolá Sistani emitió una fatua (edicto religioso) llamando a la yihad contra los seguidores del califa. Las palabras de este clérigo octogenario son órdenes directas para sus fieles y los camiones con voluntarios no tardaron en llegar desde el sur del país, primero a Bagdad y después a Samarra, donde las milicias de los partidos religiosos chiíes se encargaron de organizar la nueva situación. Un sistema de milicias creado y apoyado por Irán desde los tiempos de Sadam Husein -entonces en la clandestinidad- tras el descalabro de las fuerzas regulares ha sido la punta de lanza del Gobierno, aunque sus victorias estuvieron marcadas por las acusaciones de sectarismo y todo tipo de abusos contra la minoría suní.

La semana pasada, durante la celebración de la Ashura, Qais al-Jazali, líder de Asaib Ahl al-Haq (La Liga de los Justos), la milicia chií más fuerte en estos momentos, comparó al EI con las fuerzas que mataron al imán Husein en Kerbala hace más de 1.300 años y declaró que «la liberación de Mosul será la venganza del martirio de Husein, porque estos hombres del EI son los nietos de aquellos que lo mataron».

Ashura proviene de ashra, diez en árabe, y significa 'el décimo día', ya que se celebra en el día 10 del mes de Muharram, primero del calendario islámico, cuando millones de chiíes de todo el mundo recuerdan el martirio de Husein, nieto del Profeta y tercero de sus doce imanes. Su martirio -toda su familia murió junto a él menos las mujeres y niños, mientras su cadáver fue decapitado- agrandó el cisma en el mundo musulmán abierto tras la muerte de Mahoma y supuso la separación definitiva entre chiíes, seguidores de la familia del profeta, y suníes, que optaron por los califas.

Diversidad étnica

Mosul es la capital de Nínive, la provincia con mayor diversidad étnica y religiosa de Irak, y por eso el Gobierno de Bagdad quiere actuar con especial cuidado. Árabes, kurdos, turcómanos, musulmanes y cristianos conviven en una ciudad en la que se estima que queda un millón de habitantes y en la que el Daesh se atrinchera a la espera de un asalto final que ha sacado a la luz fuertes divisiones.

El choque entre Ankara y Bagdad ha sido el último en estallar y el presidente otomano, Recep Tayyip Erdogan, afirma que «nadie puede evitar que tomemos parte» debido a la fuerte presencia de turcómanos. Mientras, su primer ministro, Binali Yildirim, alerta del riesgo que puede acarrear «cambiar la estructura demográfica en Mosul porque será como echar más leña a la guerra sectaria». La ciudad, que surgió de una antigua división administrativa del Imperio Otomano y Ankara, teme su pérdida de influencia en caso de que las milicias chiíes y kurdas lideren su liberación.

El Parlamento de Turquía votó hace dos semanas a favor de extender un año la presencia de unos 2.000 soldados en Irak para «combatir a grupos terroristas» en referencia al EI y a las milicias kurdas como el PKK. La presencia de las tropas de Ankara se concentra en la base de Bashiqa, a unos quince kilómetros al este de Mosul, donde trabajan en la formación de paramilitares suníes y de peshmergas kurdos.

El primer ministro iraquí, Haider Al-Abadi, criticó esta decisión y elevó una queja al Consejo de Seguridad de la ONU por lo que considera una «aventura turca» en el norte de Irak que podría derivar en una «guerra regional». Las autoridades de Ankara, por contra, señalan que su despliegue militar se debe a una petición del Gobierno de la región autónoma del Kurdistán (KRG), encabezado por Masud Barzani, aliado de Erdogan. Sostienen que cuentan con la aprobación de la coalición internacional encabezada por EE UU, que, no obstante, lo desmiente.

David Romano, analista del canal kurdo Rudaw y profesor de Estudios de Oriente Próximo en la Universidad de Misuri, compara a los estados con niños y piensa que nos encontramos ante «la inminente fiesta de destrucción del califato. Todos los niños hacen sus planes sobre cómo recoger el mayor número de caramelos cuando reviente. Esos planes incluyen cómo frenar a los otros niños que quieren más territorio e influencia». Para Romano, Turquía es uno de los grandes problemas, ya que «sería el niño al que nadie ha invitado a esta fiesta», mientras que Irán es «el más inteligente de todos porque se limita a susurrar en los oídos de otros niños, decirles a los ingenuos americanos que son capaces de lograrlo y, cuando debe, ayuda a sus amigos más pequeños a que luchen contra otros, siempre de la forma más silenciosa posible».

Mientras sus rivales tratan de ponerse de acuerdo sobre el día después de una victoria que dan por segura, los yihadistas fortifican Mosul para resistir el mayor tiempo posible. «Están construyendo trincheras y túneles. Se han afeitado incluso para confundirse con la población y no paran de mover sus centros de mando», asegura Hoshiyar Zebari, exministro de Economía y Exteriores de Irak. La opacidad es la regla general en el califato, pero esta semana Reuters informó de un intentó de golpe por parte de un sector del EI que habría tratado de pactar la rendición de la ciudad ante el inminente asalto. La rebelión no triunfó y 58 milicianos fueron ejecutados.