La Rioja

Nueva Jersey revive la conmoción

El impacto destrozó 
los primeros vagones 
del convoy y parte de 
la terminal de Hoboken 
y causó decenas de 
heridos. :: P. B. / afp
El impacto destrozó los primeros vagones del convoy y parte de la terminal de Hoboken y causó decenas de heridos. :: P. B. / afp
  • El accidente de un tren deja un muerto y más de cien heridos once días después de los ataques con bombas

Es la ruta de los obreros de cuello blanco, esos que viven a las afueras y van a trabajar cada mañana a Wall Street por la orilla oeste del Hudson, hasta la idílica estación de Hoboken. Al pasar Secaucus, el tren se ralentiza, los pasajeros se alinean en la cabecera y se disponen a salir con paso firme en busca del suburbano que les conecta con Manhattan. Es la última parada. Solo que ayer, a las 8:45 horas, el tren 1614, con más de 200 personas a bordo, no perdió velocidad. Entró con toda la fuerza que llevaba en la centenaria estación, saltó por encima de la barricada de acero pensada para detenerlo y se empotró contra el muro de la sala de espera, recién rehabilitada tras las inundaciones del huracán Sandy. El balance provisional, un muerto y 108 heridos, algunos en estado crítico.

Matt Johnson se estaba fumando un cigarro antes de subirse al metro. Oyó un chirrido ensordecedor que se le agarró en el estómago, «como si estuvieran arañando una pared de hierro» y luego un gran impacto que sonó como una explosión, pero lo que más le impresionó fue los segundos de silencio sepulcral que siguieron al ruido de cristales desplomándose sobre el tren.

Entonces fue cuando la gente reaccionó. Gritos de pánico, todo el mundo corría despavorido, saltando por encima de los tornos, empujándose unos a otros. Alguien le agarró por la chaqueta y le obligó a correr con la masa. Una mujer tropezó y cayó al suelo delante de él. «¡Ayúdeme por favor, es mi abuela!», le suplicó la joven que la acompañaba. Con la señora a cuestas salió a la calle y todavía, casi una hora más tarde, cuando le entrevistaban las cámaras, le temblaban las manos, fumando compulsivamente y atusándose el pelo bajo el gorro para contener el tembleque.

Muchos creyeron que era una bomba y temieron que hubiera otra a punto de explotar. Las imágenes de los atentados de Chelsea, ocurridos hace menos de dos semanas, estaban frescas en las mentes de todos. Algunos no pararon de correr hasta llegar al río. Sólo los que estaban dentro del tren no tuvieron dudas. Los que se dieron cuenta de que entraba a demasiada velocidad en la estación pudieron agarrarse, pero el resto de los pasajeros que esperaban junto a la escalerilla de salida cayeron amontonados unos encima de otros. Los que seguían sentados tocaron el techo con la cabeza. Los asientos se doblaron sobre ellos y pronto se encontraron en un charco de agua, asfixiados por el peso de los demás.

El tren se llevó por delante las columnas y el techo colapsó. Las cañerías se abrieron y los cables quedaron colgando entre los escombros. La hermosa vidriera 'tiffani' se hizo añicos sobre ellos y, todavía, cuando pasaron esos escalofriantes segundos de silencio, mientras todo el mundo en la estación corría despavorido, los pasajeros heridos en el tren tomaron una pausa para ayudarse. «¿Está usted bien?», se preguntaban unos a otros. Algunos sangraban profusamente, pero aún no se habían dado cuenta. Muchos salieron por su pie, y luego descubrieron que tienen lesiones en la espalda que les impiden caminar. «Fue la descarga de adrenalina la que nos hizo seguir adelante», explicó Mike Scelzo. Con la mejilla amoratada y una herida en la nalga, el hombre no podía dejar de congratularse por la suerte de haber salido vivo de semejante accidente. La única víctima mortal que se conocía ayer murió por los escombros que cayeron sobre ella. Ni siquiera iba en el tren, se encontraba de pie en el andén.

El nuevo Wall Street

Todas las miradas apuntaban hacia el conductor, cuyo nombre no se ha hecho público. Ni siquiera se conoce su estado. Las autoridades no quieren que se le convierta en chivo expiatorio, pero los expertos no encontraban excusa. «No nos precipitemos en sacar conclusiones, vamos a esperar a los hechos», pidió el gobernador del estado, Chris Christie. «Lo que sabemos es que esto ha sido una tragedia extraordinaria y que el tren entró en la estación a mucha más velocidad de la debida. Ahora tenemos que averiguar por qué».

En la última década y media Hoboken casi ha doblado su población. Fue testigo directo de la caída de las Torres Gemelas y recibió en ferris y barcazas a los supervivientes polvorientos en estado de shock. Luego, la tierra de Frank Sinatra se convirtió en el nuevo Wall Street, cuando las empresas financieras cambiaron la desolada Zona Cero por los nuevos rascacielos de Jersey City, mucho más baratos y con vistas a esa hoguera de las vanidades que aún humeaba.

Por la estación de Hoboken pasan a diario casi 45.000 personas, entre las líneas de Nueva Jersey Transit por las que viajaba el tren 1614 y las del metro que conecta la ciudad costera con Manhattan, llamado Path Train. Una nueva pesadilla para el tráfico en la ciudad de los rascacielos y el subconsciente colectivo.