La Rioja

Residentes de la avenida Elmora de Elizabeth contemplan el despliegue policial por la detención de Rahami.
Residentes de la avenida Elmora de Elizabeth contemplan el despliegue policial por la detención de Rahami. / J. SAMAD / AFP

El terrorista romántico

  • En el barrio hispano de Ahmad Rahami le recuerdan por el amor truncado con una dominicana a la que «su padre nunca aceptó»

elizabeth (nueva Jersey).

El domingo, mientras paseaba a su perro entre el cordón policial, Mike Schmidt se preguntaba escalofriado por qué el terrorista de Chelsea habría elegido su barrio para el mayor atentado que haya sufrido Nueva York desde el 11-S. «¿Será porque hay mucho gay?», especulaba. La Policía encontró una respuesta más simple: Es uno de los pocos sitios de Manhattan en el que se puede aparcar fácilmente un sábado por la noche, cuando cierran los negocios. Basta con salir del Holland Tunnel, seguir la Sexta Avenida y aparcar a la derecha.

Si la familia de Ahmad Rahami no hubiera tenido «como siete coches», según sus vecinos, el aprendiz de terrorista hubiera tenido que coger el autobús para ir a plantar bombas, y dado lo que pesan dos ollas a presión llenas de metralla no hubiera pasado de la estación de Port Authority, donde el daño humano y logístico habría sido mayúsculo. Ayer las calles aledañas a la arteria de la 23 Oeste, donde estalló la única de las diez bombas que construyó, con materiales comprados en e-Bay, ya habían reabierto y las cámaras se habían trasladado al hogar de la familia afgana en Elizabeth (New Jersey), donde se centra la investigación. La investigadores tratan de saber cómo pudo transformarse ese chico tan americano que bailaba rap en un yihadista que odiaba a los infieles.

Mario Valerio todavía se estremece al pensar que Rahami estuvo experimentando con explosivos en el patio trasero que linda con su peluquería. Ese mismo sábado, horas antes de que condujese hasta Manhattan para perpetrar el atentado, estuvo parado delante de él mientras le recortaba la perilla a dos amigos que le trajo al local. «Eran tipos de mirada dura, me pusieron nervioso», cuenta el peluquero. «Uno de ellos me trató mal y él intervino. Hablaron algo en su lengua, luego me dio una palmadita en el hombro y me dijo: 'No te preocupes, Mario, todo bien'». En retrospectiva, el peluquero dominicano aventura que «a lo mejor tenía ya las bombas en el coche, que aparcó ahí delante».

Eran las 3:30 de la tarde y explotarían cinco horas después, al caer el sol. La hermana de Mario está convencida de que esos dos hombres «tan antipáticos» son los culpables, «se veían líderes, ojalá los cojan pronto». A los únicos que buscan es a dos jóvenes que encontraron la maleta con la segunda bomba y la desactivaron sin querer al dejar la olla presión sobre la acera para llevarse la moderna bolsa de deporte con ruedas. Héroes por accidente. Durante varios días los agentes han paseado su foto por los negocios aledaños en busca de alguien que los reconozca. Los hombres más afortunados del mundo, a los que pudo haberles estallado la bomba, han preferido ignorar el llamado cívico. Tienen miedo a meterse en problemas, como Cristo, el dominicano que compartió el piso de arriba durante dos años con Rahami, cuando su padre le echó de casa.

«¡Pero no tengas miedo!», le intenta convencer Valeria Genao por teléfono, para que hable con esta periodista. «Tú sólo vas a decir la verdad». La verdad es que a todos los que le conocieron, Ahmad Rahami les da pena. «Yo no quiero que le haga daño a nadie, pero tampoco quiero que lo maten a él. Si tú le hubieras conocido lo entenderías. Todo esto pasó porque intentó complacer a su padre».

El patriarca se llama Mohammad, pero en la Avenida Elmora llaman 'Mojama' a todos los miembros de su saga, «porque ya tu sabes, esos nombres son un rompecabezas», explica Valeria con cara de circunstancias. «Era un buen chico, pero desde que volvió de Pakistán estaba muy cambiado. Ya no se ponía los vaqueros, sino que vestía de blanco, con barba y sandalias, como le gusta a su padre. Se estaba poniendo gordo como él».

En el barrio donde se instalaron los Rahami hace 15 años se habla español, se bailan cumbias y se ven telenovelas. Ahmad podía ser el protagonista de una de ellas. En el instituto se enamoró de una joven mitad dominicana, mitad puertorriqueña y la dejó embarazada. «Su padre nunca la aceptó, ni a ella ni a la niña, porque no era musulmana. Lo echó de casa. Fue cuando se mudó a vivir en el piso de arriba con Cristo».

El afgano que crió ocho hijos vendiendo pollo frito en un barrio hispano era «un hombre recto, muy duro con sus hijos y muy violento, aunque en televisión no lo parezca», aclaran los vecinos. Ahmad, de 28 años, era el mayor. Llegó a visitar Santo Domingo con la madre de su hija, antes de acabar cediendo a los deseos paternos, que lo llevó a Pakistán para que se casara con una buena musulmana. «Ahí parece que se reconciliaron», concluye Mario.

Ahmad intentó vivir su propia vida con su nueva esposa en un apartamento cercano, pero como no pudo pagar el alquiler acabó volviendo al hogar paterno. «Lo intentó todo, hasta buscó trabajo como conductor de Uber, pero acabó trabajando ahí con su padre».

A la nueva mujer no la conocen, «como todas van con la cara tapada no se las distingue».

En estos últimos años en los que triunfó el fundamentalismo paterno, sólo se mezclaban entre ellos. En Elizabeth, una ciudad de 130.000 habitantes situada a 30 kilómetros de Nueva York, apenas hay 77 nacidos en Afganistán, así que el círculo era muy cerrado. Al llegar la hora de la oración, sacaban la alfombra y allí mismo, en el restaurante del Primer Pollo Americano, se ponían a rezar, pero en alguna parte Ahmad seguía teniendo su corazoncito. Entre los vídeos de yihadistas y los ejemplares de la revista Inspira que publica Al-Qaida, el FBI ha encontrado vídeos de gatitos, canciones de amor y abrazos románticos. Todo un terrorista de telenovela.