La Rioja

«Mi hijo está muy mal, ¿vale?»

Momento en el que el sospechoso del intento de atentado en Nueva York, Ahmed Raham, es trasladado a un hospital tras ser arrestado.
Momento en el que el sospechoso del intento de atentado en Nueva York, Ahmed Raham, es trasladado a un hospital tras ser arrestado. / REUTERS
  • El padre de Ahmed Raham le denunció hace dos años por terrorismo, pero el FBI no halló indicios

Una nube de periodistas custodia día y noche la entrada de First American Chicken, donde hasta el domingo pasado Ahmed Rahami solía despachar hamburguesas cutres, pizzas de salami y pollo insípido, según los mismo amigos que todavía le agradecen haber recibido algún muslo gratis. Para llegar hasta su coche, su padre Mohammed Rahami necesita que un policía le abra camino entre las cámaras. Las preguntas que le lanzan parecen obvias y suenan cansinas. «Señor, ¿cree usted que su hijo es un terrorista?». Ayer, sin embargo, la persistencia de estos periodistas obtuvo recompensa. El hombre de la barba y las sandalias levantó dos dedos y soltó su propia bomba: «Dos años», subrayó agitando los dos dedos al aire. «Hace dos años que llamé al FBI para decirles que era un terrorista. Mi hijo está muy mal, ¿vale? Pero lo investigan durante casi dos meses y dicen que no es un terrorista. Vale, no es un terrorista. Ahora dicen que sí lo es. Pues yo digo: Vale».

Así de resignado sonó el afgano al que su hijo ha puesto en el ojo del huracán. En el breve trayecto que separa la puerta lateral de la tienda hasta el coche dio tiempo a sacarle poco más. Mohammad Rahami contó que «apuñaló a mi hijo y golpeó a mi mujer, por las buenas, así que lo mandé a la cárcel».

Gracias a eso y otros incidentes menores las huellas que el joven de 28 años dejó en la olla a presión sin explotar saltaron rápidamente en la base de datos policiales. No tardaron mucho en detenerlo. El propietario de un bar lo vio durmiendo en el vestíbulo de su local y lo reconoció al ver su foto en televisión. Cuando la policía se acercó a interrogarlo sacó una pistola y les disparó. Esos cinco disparos, que hirieron levemente a dos agentes, son los que le mantienen en prisión, acusado de intentar matar a cinco policías. El FBI dice tener muchas pruebas para acusarlo de haber fabricado diez bombas, de las que sólo dos estallaron, pero antes de presentar ese caso quiere entender cómo el chico sociable y americanizado que rapeaba con los amigos, trasteaba con coches de carreras y dejó embarazada a una chica de su instituto se transformó en el yihadista que el sábado quería «matar a los kuffar» (infieles).

Así aparece escrito de su puño y letra en una libreta ensangrentada que le encontraron tatuada al pecho por el impacto de una bala. Entre sangre coagulada los expertos han encontrado frases inconexas que pueden explicar por qué 29 personas resultaron heridas en el bombazo de la calle 23, el único que dejó víctimas.

Su padre puede ser ese eslabón perdido. Como sus amigos, Mohamed Rahami encontró a su hijo cambiado al llegar de Quetta (Pakistán), un núcleo de extremistas donde pasó un año y en el que encontró esposa. Antes de que pudiera traérsela se quedó embarazada. Las autoridades consulares no quisieron concederle el visado hasta que tuviera al bebé. Rahami presionó todas las teclas para abrirle camino a EE UU, incluyendo cartas a su congresista de Nueva Jersey. Ahora es EE UU quien la reclama. La mujer dejó el país camino de Afganistán un día antes de que las cámaras de seguridad captaran a Rahami paseando por Manhattan con la maleta que dejó en una acera frente a la terraza de un hotel. Dos vagabundos la abrieron y se encontraron sorprendidos con una olla a presión resplandeciente de la que salían cables. La policía cree que en el proceso la desactivaron accidentalmente. Los vagabundos no lo pensaron mucho. La dejaron en la acera y se llevaron la flamante maleta deportiva con ruedas que tanto les había llamado la atención. El móvil pegado a la olla con cinta aislante para detonar la bomba condujo hasta la tienda de Nueva Jersey donde lo compró Rahami.

Ni una palabra

La policía se había congratulado por haber capturado con vida al sospechoso, una mina de información, dijo satisfecho el nuevo comisionado de policía James O'Neill, al que el atentado le pilló en su segundo día en el cargo. Sin embargo, Rahami no dice ni palabra. Algunos políticos, como el senador Lindsey Graham, han sugerido que se le declare «combatiente enemigo» y se le envíe a Guantánamo para interrogarle a placer, pero el FBI tiene trabajo por hacer en casa. Para empezar, falta saber por qué no actuó cuando el padre le avisó. Al parecer lo consideraron «una disputa familiar».

Rahami empezó a viajar a Afganistán y Pakistán en 2011. Cada vez que entraba por el aeropuerto se le sometía a una revisión secundaria y a un interrogatorio del que siempre salía airoso, con el argumento de haber visitado a su familia. Los propios talibanes le desconocieron ayer en un comunicado. El Estado Islámico, que reclamó orgulloso al joven somalí que el sábado apuñaló a diez personas en St Cloud (Minnesota) permanece en silencio. Las notas de su cuaderno denotan que era más seguidor de Al-Qaida, con especial admiración hacia el clérigo estadounidense ejecutado por un dron de la CIA en Yemen Anwar Awlaki, los autores de los atentados de Boston y el de Fort Hood. Una ristra de ídolos yihadistas que no pagarán la fianza de más de cinco millones de dólares que le ha puesto el juez, mientras llegan cargos mayores.