La Rioja

La tormenta perfecta en Turquía

Policías turcos detienen a un maestro en una manifestación por los despidos de docentes en la ciudad de Diyarbakir. :: ilyas akengin / afp
Policías turcos detienen a un maestro en una manifestación por los despidos de docentes en la ciudad de Diyarbakir. :: ilyas akengin / afp
  • Dos meses después del fallido golpe, el Gobierno de Erdogan mantiene su furia represora en un clima de bonanza interna e internacional

El Ejército turco no se pegó involuntariamente un tiro en el pie el 15 de julio, cuando pretendió hacerse con el poder mediante un golpe de Estado. Dos meses después, algunas lecturas de cariz melodramático aseguran que, en realidad, decidió inmolarse y atrajo hasta su pira funeraria al resto de sectores contrarios al Gobierno, desde la cofradía Hizmet del proscrito Fetulá Gulén a los colectivos prokurdos o de la izquierda radical. También hay quien sostiene que aquella noche, en las plácidas aguas del Bósforo, se formó la tormenta perfecta, un fenómeno que, en sólo sesenta días, ha arrasado con la oposición política al presidente Recep Tayyip Erdogan sin resistencia interna o rechazo exterior.

El régimen de Ankara disfruta hoy del favor popular, con el respaldo del 68% de la ciudadanía, 22 puntos más que antes del 'putsch'. Esta exultante mayoría encuentra eco entre los más devotos, pero también se nutre de los nacionalistas, los sectores rurales y los marginados por el milagro económico turco. Además, el apoyo traspasa fronteras. Su máximo dirigente ha sido recibido por Barack Obama en los prolegómenos de la reciente reunión en China del G-20, grupo del que forma parte como miembro permanente. Los aliados occidentales, antes críticos con ciertas malas prácticas en la esfera pública turca, acuden al país para mostrar su beneplácito, como en los tiempos gloriosos del Imperio otomano, cuando embajadores y gobernadores de provincias cruzaban la Sublime Puerta para rendir pleitesía al sultán.

Occidente rinde la cerviz ante Erdogan, el teórico salvador del Estado de Derecho. A lo largo de esta semana, la Administración local ha recibido la visita de Jens Stoltenberg, el secretario general de la OTAN, que ha llegado a afirmar que la fallida asonada supuso una amenaza para toda la Alianza, y de Federica Mogherini, la responsable de Asuntos Exteriores de la Unión Europea. Entre una larga de sucesión de lugares comunes sobre la democracia, la jefa de la diplomacia continental aludió, durante su declaración ante los medios, a la condición de organización terrorista del Partido de los Trabajadores del Kurdistán, la otra bestia negra del Gobierno.

Al parecer, las buenas intenciones satisfacen a las cancillerías atlánticas. Tras permanecer en un aparente rol secundario durante el desarrollo del más reciente conflicto en Oriente Medio y soportar incluso acusaciones de connivencia, las fuerzas armadas turcas han asumido un papel protagonista en la lucha con el Estado Islámico. A finales de agosto, sus tanques invadieron el norte de Siria en colaboración con los guerrilleros del Ejército Sirio Libre. La operación pretendía despojar a los radicales de una salida al exterior y precipitar el aislamiento y decadencia de su califato.

Urnas y autoritarismo

Pero la desconfianza hacia la estrategia turca cunde entre los sectores que encuentran en la figura de Erdogan la sombra de un caudillismo que amalgama el crédito otorgado en las urnas con el creciente autoritarismo del Ejecutivo. Aquellos que recelan de esta deriva interpretan la publicitada acción militar como un recurso para impedir el avance de las tropas kurdas en el norte e, incluso, hostigarlas en su propio territorio, a pesar de ser el principal baluarte contra los yihadistas. También alegan que los dirigentes de Ankara, acérrimos defensores de la laicidad política, apoyan a grupos extremistas como Fatah al-Sham, el antiguo Frente al-Nusra, que, curiosamente, se desligó de Al-Qaida sólo días después de que se produjera el fallido golpe y comenzaran a desplegarse los cambios.

Los más críticos con el régimen van más allá. El partido de los liberales alemanes se ha suma a los defensores de las teorías de la conspiración cuando alega que el golpe del 15 de julio, como el incendio del Reichtag en 1933, ha servido de excusa propiciatoria para desencadenar el pandemónium vengador, la acumulación de poder e, incluso, la reorganización de toda una sociedad.

Las contundentes cifras compensan la escasez de certezas políticas en la Turquía postgolpista. Los 100.000 afectados por las purgas y los 23.000 arrestados son aducidos como prueba contundente de ese proceso que desborda la investigación de una mera intentona militar. Las múltiples actuaciones de la Administración y los cuerpos de seguridad, dilatadas en el tiempo, evidencian filtraciones en esa tesis que apunta a la organización de Gulén como instigadora del golpe y la convierte en objetivo único de sus pesquisas.

La represión se extiende más allá de militancias, confesiones e ideologías, comienza antes de la intentona y alcanza el momento presente sin decelerar su ímpetu.