La Rioja

Mártires más vivos que nunca

Una viuda de un mártir posa ante un mural de Jomeini y Jamenei en el cementerio Behesht-e Zhara, a las afueras de Teherán.
Una viuda de un mártir posa ante un mural de Jomeini y Jamenei en el cementerio Behesht-e Zhara, a las afueras de Teherán. / SERGIO GARCÍA
  • 28 años después de acabada la guerra contra Irak, las calles y bazares iraníes recuerdan al millón de víctimas, objeto aún de adoración

La joven envuelta en un chador se estruja las manos con devoción, mientras recita suras del Corán y se mece acuclillada junto a la tumba. Uno no puede evitar echar cuentas al primer vistazo y hay algo que no cuadra: no aparenta más de 25 años, pero la guerra acabó hace casi 30 y el joven apuesto que la mira desde la lápida, el mentón enmarcado en una barba guerrillera, parece tener su misma edad. Cuando vuelve la cabeza lo hace con una tímida sonrisa que nos da pie a preguntarle si el objeto de sus desvelos era su padre, un tío; quizá un hermano del que le separasen veinte años. O el mejor amigo de este. «Es mi héroe», contesta con naturalidad, recogiéndose el faldón que la cubre hasta los tobillos aunque estemos a 40 grados a la sombra. Limpia el mármol con delicadeza, casi con arrobo. Parecen dos amantes a los que separasen océanos de tiempo. Es sábado y la joven ha acudido a Behesht-e Zhara, el Cementerio de los Mártires de Teherán, en compañía de una amiga. Bebe té de un termo, y come tomates asados y dulces caseros. Como quien va de picnic. Es una lástima, explica en un inglés rudimentario, que no haya ido la víspera, cuando miles de personas visitan a sus difuntos en un festival que combina rezos, lloros y un indisimulado orgullo. Son las familias de los mártires, como se llama en Irán al millón de combatientes que dejaron su vida en una de las guerras más crueles que se recuerdan, la que enfrentó al país de los ayatolás con Irak cuando Sadam Hussein invadió Irán en 1980.

La necrópolis, de más de 400 hectáreas y cuyo nombre se traduce como 'El Paraíso de las Flores', está situada a unos 25 kilómetros al sur de Teherán, junto a la autopista que conduce al aeropuerto internacional y muy próxima al santuario del imán Jomeini, un proyecto mastodóntico sobre el que todavía planean las grúas. Hasta donde alcanza la vista, jardines de piedra y tejavanas de uralita y aluminio entre filas de enebros y encinas. Una imagen que se repite por todo el país: desde Qom hasta Kerman, desde Isfahan al estrecho de Ormuz. Cada urna asemeja un pequeño altar con fotos de los combatientes mostrando ufanos armas semiautómaticas o posando junto al caza con el que fueron derribados. También retratos de Jomeini , pequeños coranes envueltos en encajes y banderas iraníes.

Palabras de Mahoma

Al fondo despunta la cúpula de una mezquita, enfrente la reproducción a escala de una patrullera hundida en el Golfo Pérsico; por todas partes mujeres enlutadas que rezan por un marido, uno o varios hijos, un hermano... Se mire donde se mire, la sucesión de lápidas parece no tener fin. Y entonces vienen a la memoria las palabras del profeta Mahoma, que hablan de las bellísimas vírgenes de que disfrutarán los creyentes después de su muerte. No hay huríes para tanto mártir, pienso en medio de esa desolación.

Lo cierto es que un vistazo al Irán de hoy permite descubrir el efecto aglutinador que la guerra contra Irak tuvo en la población. Saddam Hussein invadió su frontera oeste con la excusa del conflicto que ambas naciones mantenían por la región de Shatt al-Arab. Los persas se enfrentaban a su mayor desafío apenas año y medio después del exilio del Sha y la llegada de Jomeini, en plena colvulsión política agravada por la crisis del rehenes tras el asalto de la Embajada de Estados Unidos.

En medio del aislamiento internacional, los mismos iraquíes que luego se volverían contra América machacaron con el respaldo militar de Washington los pozos de extracción de petróleo, refinerías y oleoductos, por no hablar de los ataques indiscriminados a la población civil y el bombardeo de las ciudades. Irán lo tenía todo en contra: sólo los chinos les vendían armas y, más tarde, los soviéticos -estos, a los dos bandos-. Quizá porque el destino es un bufón parte de la ayuda le llegó tambien de su principal enemigo, que ideó una trama, el 'Irangate', de venta clandestina de armas con el propósito de financiar la Contra nicaragüense. Sea como fuere, los campos de batalla se llenaron de cadáveres durante ocho años, abonando la leyenda de los combatientes que ha llegado hasta nuestros días.

De entre todos ellos destacan los 'basiji', una milicia de voluntarios en la que tenían cabida niños de entre 12 y 15 años que se lanzaban por pistas sembradas de minas para despejar el terreno a las tropas sin otro arma que una llave de plástico. Jomeini compró medio millón a Taiwán, con las que, les aseguraba, entrarían al paraíso. Cualquiera podría decir que fueron lanzados en brazos de sus enemigos, sin equipación ni adiestramiento. Sacrificados. El sentir general allí es otro. No hay rastro de vergüenza, sino de orgullo patriótico. Los voluntarios que sobrevivieron son, de hecho, el núcleo duro sobre el que se levantó Ahmadineyad, esa parte de la población que sostiene clérigos y frena las reformas. La caverna.

No es de extrañar la veneración que estos mártires tienen entre la población chií y su influencia en la vida política que aún hoy tienen esa legión de viudas, huérfanos y mutilados, destinatarios de subvenciones millonarias que son apenas un parche en una economía especialmente maltratada. Nadie sabe cuántos murieron exactamente -se especula con que pudieron ser un millón, frente a 250.000 iraquíes-, pero su recuerdo está tan fresco como el primer día. El empleo de armas químicas como el gas mostaza, prohibidas por todas las convenciones, los asaltos heroicos y a la desesperada de trincheras excavadas en las montañas y el desierto, a bayoneta calada, con piedras y a puñetazos, forman parte del imaginario popular y son todavía fuente de inspiración. Así se desprende de los omnipresentes carteles que salpican las calles, carreteras y zocos del país con los rostros de los muertos; que cada comunidad de propietarios muestra con orgullo en las fachadas de sus casas, entre bandadas de palomas que echan a volar y retratos de Jomeini y Jamenei, los padres espirituales del país.

Los mártires y el odio cerval que inspira EE UU son una argamasa de extraordinaria eficacia -como ya se ha demostrado, por ejemplo, en Cuba- para unir a un país. El 'Gran Satán' no sólo es el artífice de su aislamiento o el freno (mérito a medias con Israel) de su programa nuclear, sino que está detrás de episodios como el derribo de un vuelo comercial con 290 personas a bordo -66 de ellos niños- por parte de un buque de la Armada que protegía a los petroleros en el golfo Pérsico y que le confundió con un caza. Los tribunales internacionales obligaron a indemnizar a las familias de las víctimas con 132 millones de dólares, pero el Gobierno norteamericano se negó a pedir perdón. Son heridas como esa las que aún escuecen, el combustible que mejor incendia los corazones en el país del petróleo.