Hasta la vista

Hasta la vista

Ha quedado congelado para siempre, con la tierra a un kilómetro bajo sus pies y ese saludo marcial con el que se despide hasta un rato. O quién sabe. Es testigo el desierto de Nevada, al noroeste de Las Vegas (EE UU), donde se sitúa la base militar Nellis, que celebra su Exposición Aeroespacial anual. La cita reúne a dos millones de espectadores, muchos de ellos congelados también abajo con la boca abierta mirando a los cielos. Esperando ver cuánto tarda este hombre, miembro del equipo de paracaidistas Alas de Azul de las Fuerzas Aéreas, en tirar de la anilla. Admirados, paralizados... Como quedó Lindbergh, pionero en cruzar el Atlántico en un vuelo sin escalas, ante el primer salto en paracaídas que contemplaba en su vida (1953): «Lo vi ponerse su arnés y su casco, subir a la cabina y, minutos después, un punto negro cae del ala a 600 metros sobre nuestro campo. Casi en el mismo instante, una racha de tiempo detrás de él floreció en la delicada y temblorosa muselina de un paracaídas: unos metros de telaraña agarrada al aire, y suspendida debajo, con hilos invisibles, una vida humana y un hombre que, con puntadas, tela y cordón, se había hecho a sí mismo un dios del cielo por esos inmortales momentos».

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos