«No tener ninguna tarea es terrible»

«No tener ninguna  tarea es terrible»

Maestro de historiadores, recuerda que se aficionó a su disciplina gracias a las novelas. A punto de cumplir 95 años, prepara un libro sobre la Revolución francesa

CÉSAR COCA

Año 1941. Los alemanes se han instalado ya en toda Francia. Algunos oficiales y soldados que están en Hendaya son autorizados a cruzar la frontera y se acercan a San Sebastián en sus 'mercedes'. Uno de ellos, descapotable, está aparcado junto al mercado de la Brecha y los militares lo están llenando con naranjas que arrojan desde un puesto. La escena parece sacada de un filme surrealista pero es real. Miguel Artola, que el próximo día 12 cumplirá 95 años, estaba allí y lo recuerda con ese detalle que la memoria solo concede a las imágenes destinadas a marcar un tiempo o una vida. Sentado en el vestíbulo de un hotel, con el fondo de la música de un piano, el historiador donostiarra cuenta también cómo en aquellos días los militares alemanes y los españoles se saludaban al cruzarse en la calle sin saber si quien tenían enfrente era capitán o general. El sistema de galones para determinar la graduación era distinto en ambos ejércitos y eso producía confusiones que en otras circunstancias habrían resultado cómicas. Artola, maestro de historiadores, es una de las pocas figuras indiscutibles que aún quedan en el mundo intelectual español, tan baqueteado por unos y por otros con intereses espurios, y la conversación con él es una lección de Historia. Y sobre todo, de vida.

- ¿Cómo es su jornada habitual?

- Estoy tratando de hacer músculo para escribir un libro sobre la Revolución francesa. Al margen de eso, voy a la Academia de Historia bastantes viernes, a los plenos, y expongo una vez al año lo que estoy haciendo...

- ¿Y aficiones? Ahora tendrá más tiempo.

- Son limitadas. Me gustaba nadar pero ahora me conformo con flotar un poco (se ríe). Nunca he tenido oído para la música pero siempre he sido buen lector de todo, de hecho me interesé por la Historia gracias a las novelas. Mi hija suele decir que le hice leer todas las novelas católicas inglesas de la época. Había algunos autores divertidos entre mis lecturas de los años juveniles, como Chesterton, y otros que eran más interesantes, como Huxley o D.H. Lawrence.

- El hecho de vivir en San Sebastián ayudaría a encontrar libros en los años en que se formó su vocación.

- Era una ventaja, pero hablamos de un tiempo posterior. Recuerdo mi primer viaje a Francia y era una época en la que se necesitaba pasaporte y un permiso de salida además del visado.

- ¿Cómo era la vida en San Sebastián?

- Al estallar la Guerra Civil, nos echamos todos a la calle, donde tanto habíamos jugado de niños. Los requetés lo primero que hicieron fue cortar el agua, y solo quedaban unas reservas muy cortas. Se estableció una limitación y solo se podía coger agua en algunas fuentes de la calle. Íbamos con calderos y con ellos llenábamos la bañera. Pasaban cosas increíbles: las tiendas de ultramarinos se quedaron sin nada en una semana. Como los milicianos habían empezado a entrar a coger cosas, los tenderos retiraban la mercancía de la vista.

- ¿Hubo verdadera escasez?

- Algunas cosas, como el pan, faltaron enseguida. El 'pan de Viena' desapareció y olvidaron cómo se hacía, hasta hoy. Había otros fenómenos curiosos: las mujeres mayores estaban preocupadas cuando tenían que coger el tranvía. Lo detenían levantando el puño en vez de estirar el brazo, como se había hecho siempre.

- Llegó a Madrid tras la guerra. ¿Cómo encontró la ciudad, castigada durante tanto tiempo?

- Prácticamente no conocía Madrid. Era un niño delicado, con problemas de pecho, que era algo que daba pavor a las madres. Por eso me traían en invierno a la casa de mi abuela para no estar en San Sebastián, donde llovía mucho. Recuerdo que vivía en la parte norte del barrio de Salamanca y que iba a una biblioteca municipal que había cerca.

- Luego regresó a Madrid a estudiar.

- Sí, y entonces ya viví en pensiones. Alguien me descubrió el Ateneo y me hice socio. Aún tengo el carné con el número 121. El Ateneo tenía una gran biblioteca que estaba abierta de nueve de la mañana a dos de la madrugada. Para mí aquello era una maravilla.

- ¿Cómo era el ambiente en la calle en esos años? ¿Se notaba la tristeza de tantos?

- ¿Tristeza? A esa edad no hay ambientes tristes. Para los jóvenes no había habido derrota alguna.

Carrera académica

La conversación discurre en un hotel junto a la plaza de Gregorio Marañón. A menos de 50 metros de este lugar vivía el médico, científico y pensador que da nombre al lugar y que tuvo un papel relevante en el lanzamiento de la carrera investigadora de Artola. Tras acabar sus estudios e instalado en Madrid, vivía de dar algunas clases particulares. Hizo una tesis doctoral de Historia contemporánea, sobre los afrancesados, y cuando la tenía ya avanzada fue a ver a Marañón porque leyó en una entrevista que él trabajaba sobre algo parecido. De aquella reunión, a la que se presentó sin cita, salió un ofrecimiento de ayuda y un contacto con José María de Areilza para que le ayudara a gestionar la publicación de la tesis. «Él intermedió para que hicieran un libro fabuloso, con una calidad tal como no he vuelto a tener otro».

- Desde ahí, el camino hacia la cátedra en la Universidad de Salamanca fue relativamente rápido.

- Sí, previamente me habían encargado la publicación de la 'Revista de Indias'... Antes de optar por la cátedra de Salamanca ya me había presentado a otra en la que competía con un presidente de la Diputación de Zaragoza. Algunos decían que había «un vasco feroz como opositor». Junto a la de Salamanca salió otra en Madrid pero todos sabían que era para un catedrático de Sevilla, así que preparé la otra y la gané.

- ¿Cómo le fue allí?

- Cuando llegamos ya teníamos dos hijos. Los otros dos nacieron allí. Aparte de las relaciones académicas, llevábamos una vida social intensa, mucho más que en Madrid. Íbamos al cine y cenábamos fuera con amigos muchos días.

- ¿Y el ambiente cultural? Muchas veces ha hablado de ello con admiración.

- Recuerdo que compraba cada mañana 'Le Monde' camino de la Facultad. Luego había un claustro increíble porque la rama de Filología, que era la más importante en la Facultad de Letras, era la mejor del país. Estaba por allí Lázaro Carreter, había muchos investigadores franceses. Una vez, los jesuitas hicieron un sermón contra una profesora de Francés por haber recomendado leer un relato de Voltaire. Pedimos al rector, que era del Opus, que protestara ante la Compañía.

- Cuentan testigos de aquello que sus alumnas estaban muy impresionadas ante su presencia.

- Hacía los exámenes de manera oral y el decano optó por darme el aula magna para ello. Había quien se levantaba sin decir ni pío, sí... (se ríe).

Un recuerdo doloroso

En aquellos años finales de la década de los sesenta, Artola se embarcó en una curiosa aventura. Otro profesor de la Facultad, José Ángel García de Cortázar, propuso a sus alumnos un estudio sobre castillos del valle del Duero. Dos chicas y un chico se apuntaron al mismo, y Miguel Artola se sumó también. Se subían los cinco en el 4-L del catedrático y hacían rutas, de Medinaceli al sur de León, recorriendo carreteras infames y caminos sin asfaltar y durmiendo en pensiones para ver construcciones defensivas. Años después, repitieron García de Cortázar y Artola, ya solos, ampliando el radio de acción hasta Gerona y el Maestrazgo. Pero para entonces, el veterano historiador ya era catedrático de la Autónoma de Madrid.

- Estaba muy a gusto, pero cuando tuvo la oportunidad de volver a la capital lo hizo.

- Y me costó muchísimo, se lo aseguro. Supongo que a la familia le gustó. Fue cuando se creó la Autónoma. El rector tenía que contratar a los catedráticos para poner en marcha el primer curso, y lo que hizo fue coger el escalafón y llamar a los más antiguos por si querían venir.

- Esa fase casi fundacional coincidió con el final del franquismo. ¿Sucedió algo especial?

- No lo recuerdo. Había que hacerlo todo, partir de cero para poner en marcha el curso. Yo era partidario de que cada profesor hiciese su propio programa. Solo les pedía que lo terminaran, porque la tradición era, y sigue siendo, quedarse en la mitad.

- Y en Madrid, ya superada la Transición, aceptó el cargo de director del Instituto de España.

- Una tarde me llamó el ministro Maravall para proponérmelo y le dije que sí. En los ocho años que estuve descubrí que aquello no era nada. Hubo temporadas en las que solo había una secretaria y un portero. Antes de llegar yo, se había dado de la circunstancia de que por falta de presupuesto los directivos del Instituto se habían visto obligados a pagar de su bolsillo el sueldo de los empleados.

- ¿Qué hizo en esos años?

- Organicé algunos ciclos de conferencias, traje a profesores... Solo reuní a un público numeroso cuando invité a un profesor de Física español que estaba en EE UU. También decidí enviar algunos académicos españoles a universidades americanas.

- ¿Recuerda la mañana del 14 de febrero de 1996?

- Estaba ya jubilado pero seguía yendo a la Autónoma porque como emérito tenía algunas clases. Pero ese día estaba en casa. Cuando me enteré del asesinato de Francisco Tomás y Valiente, allí, en su despacho de la Universidad, me quedé helado. Nos conocíamos desde Salamanca... y hacía pocos años que había vuelto a la Universidad al terminar su presidencia en el Tribunal Constitucional. Pensé que lo iban a trasladar al Anatómico Forense de la Complutense y me fui para allí, pero no lo llevaron. Cuando sucede algo así, no sabes qué hacer ni qué decir.

- ¿Y qué dijo a sus alumnos el día de su última clase?

- Nada especial porque iba a seguir como emérito.

- ¿Qué espera de la vida, con qué afán se levanta cada mañana?

- No he esperado nunca nada especial. Hacer mis cosas, en cada momento lo que toque. Sé que algo tengo que hacer. Lo que no puede suceder es que te levantes y te digas 'y ahora qué hago'. Hay que llenar el tiempo, emplearlo en algo. No tener ninguna tarea es terrible. Por eso he pensado en ese libro sobre la Revolución francesa del que le hablaba al principio. No es solo un libro; es una apuesta por la vida.

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