Shanghái, a tres duchas diarias

Shanghái, a tres duchas diarias

Ya había estado en China. Esta vez es diferente. «Me pregunto por qué a cuarenta grados de temperatura no consigo ver el Sol»

T uve que aterrizar en China para conseguir tumbarme por primera vez desde que empecé mi viaje. Tras horas y horas cambiando de postura una y otra vez en el claustrofóbico asiento del avión, desesperando a la pasajera de delante y viendo algunas de las películas para todos los públicos que Iberia ofrecía, lo he conseguido. Fue por poco tiempo. Había que investigar el campus de la universidad a la que hemos venido, la Universidad ShanDa, en Shanghái, China. No es mi primera vez. Hace tres veranos, cuando apenas tenía 15 años, recorrí gran parte del país: Pekín, Shanghái, Xianmen... Pero esta vez es diferente.

Esta vez no soy esa mochilera que se buscaba la vida rogando a los recepcionistas de las pensiones más baratas que me dejaran alojarme, que no tenía dinero. En China, en los barrios más pobres, al lado del cartel de prohibido perros, hay otro: prohibido turistas. En esta ocasión vengo como estudiante. Y, mirando el paisaje desde la ventanilla de una furgoneta, pienso. Pienso lo bonito que recordaba China, con sus lagos infinitos y sus laberintos de templos y jardines. Ahora sólo veo bloques y bloques de edificios, de 'hormigueros', mejor dicho, rodeados de un cielo compuesto de todo menos de aire. De las bocas de los fumadores no sale humo, sino transparencia.

«¡Mira abajo!». Vi un cristal y los 400 y pico metros que me separaban del suelo

¿No había más fumadores la vez anterior? Sí. Parece que poner multas por fumar resulta una terapia muy buena. Porque, claro, son los ciudadanos los que pagan por la contaminación, no aquellos que la producen. Me pregunto por qué a cuarenta grados de temperatura no consigo ver el Sol. Voy cogiendo el hilo. Prueba de chino en clase. He salido haciendo eses después de tanto carácter, pero creo que me ha salido bastante bien. Cada día me gusta más la universidad; el campus está repleto de árboles atravesados por un río, con nenúfares y flores que tapan la basura flotante del agua. Con este calor no me importaría bañarme, aunque temo que saldría del agua con un brazo más y quizá los síntomas de la rabia.

Chino para principiantes

Pero tendré que conformarme con pegarme unas tres duchas al día. Cuando estudié la lección trece del libro, la que va sobre una chica que llama al conserje porque se le ha roto el grifo, me preguntaba si alguna vez en mi vida me sería útil saber cómo se dice válvula en chino. Bueno, ha llegado el día. Gracias a Dios, ya nos lo han reparado. Así que se puede empezar el día con una buena duchita. ¡Qué más se puede pedir!

Después de una semana de clases, actividades y paseos nocturnos en bici, hemos ido de excursión al centro. En primer lugar, hemos visitado un templo compuesto por callejuelas estrechas de edificios antiguos con tejados meticulosamente decorados. Calles con figuras de leones en las entradas de cada tienda (para que protejan su interior) y miles y miles de 'souvenirs'.

Después hemos ido en metro a la parada más cercana a La Perla. Sí, el edifico ese altísimo con dos bolas gigantes. Sale en todas las postales de Shanghái. Tras horas de cola, subimos en un ascensor repleto de gente. Ya arriba, salimos a la pasarela que rodea la segunda bola del edificio. «¡Mira abajo!», me dijeron mis compañeros. Vi un cristal y los cuatrocientos y pico metros que me separaban del suelo. Sólo un cristal y Shanghái bajo mis pies. Es una sensación recomendable incluso para los que padecen de vértigo.

Lo que también me ha dejado alucinada son todas las luces que iluminan la ribera. No sé cómo tiene que ser recibir la factura de la luz de cualquiera de esos edificios: tan impactante como verlos. Tras coger un bus, un metro, otro metro y otro más, hemos llegado después al estadio olímpico. El Nido del Pájaro es una preciosidad, pero nada comparado con mi querido San Mamés (sede del Athletic), por supuesto. Pero es una verdadera obra arquitectónica. Volveremos a la zona. Todos tenemos los pies destrozados, pero no me importaría regresar a España cojeando con tal de volver a ver esas majestuosidades.

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