«Quería coger el coche y huir de mi vida sin mirar atrás»

I. GALLASTEGUI

Hace año y medio, Ana se derrumbó. No había una causa aparente para su cansancio, su apatía, sus llantos por las esquinas. Ni siquiera se percató de lo que le pasaba. Fue su familia -su padre y una hermana son médicos- la que se dio cuenta. «Es un cúmulo de cosas», explica. A sus 40 años, esta granadina se encontraba con un trabajo inseguro, estresante y peor pagado que antes, sin tiempo propio y con dos hijas cuyo cuidado depende de ella, porque su marido trabaja cada día hasta las nueve de la noche. No quería estar sola. Quería estar sola. «Por un lado fantaseaba con coger el coche y huir de mi vida sin mirar atrás. Por otro quería que mi marido estuviera en casa con nosotras».

Le diagnosticaron un trastorno ansioso-depresivo y estuvo de baja cinco meses. Lleva más de un año en tratamiento: un antidepresivo (regulador de la serotonina) por la mañana y un ansiolítico para dormir. También ha consultado a dos psicólogas. La primera quería organizar su agenda en busca de tiempo propio, pero sin ir al origen del problema. La segunda le fue mejor, pero después de unas cuantas sesiones solo le recomendaba libros para leer. «Estaba pagando una pasta a cambio de bibliografía -ironiza-. Me encanta leer, pero con la medicación no podía concentrarme». El psiquiatra de la Seguridad Social apenas le dedicaba 5 minutos en cada consulta.

Ahora se encuentra mejor. «Nada ha cambiado. Mis problemas siguen siendo los mismos, pero he aprendido a mirarlos de otra manera», admite. Se ha quitado algunas cargas de encima: antes se obsesionaba con que la cena, el único momento del día en el que los cuatro coincidían en casa, fuese nutricional y gastronómicamente perfecta. «Se acabó el solomillo relleno. Ya no me complico la vida». También dejó su empresa de gestión cultural por internet, un proyecto que le hacía mucha ilusión pero que se había convertido en un agobio. Ha encontrado algo de tiempo para ella. «Al principio no te apetece ni salir de casa, pero te fuerzas a hacer pequeñas cosas, ir al gimnasio...».

Hace dos meses, el psiquiatra le dijo que debía ir dejando la medicación gradualmente. Lo intentó con el ansiolítico y volvieron las noches de insomnio. Imposible. Con la reducción de la dosis del antidepresivo a la mitad le han vuelto las crisis de llanto, resultado del síndrome de abstinencia.

«Poco a poco me tengo que ir quitando. Quiero tener la mente más clara. Me noto más lenta para hablar, para escribir, para trabajar; estoy como embotada. Pero me da pánico dejarlo y volver al principio -reconoce-. Es curioso, porque yo he sido siempre antipastillas; tenía que estar reventada de dolor para tomarme algo. No me gusta depender de la medicación con 40 años, porque no controlas tu mente. Bueno, en realidad, nunca lo haces. Esto va a su bola».

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