EL PEOR FINAL Tres meses sin noticias

Saturnino Garzas es un ejemplo claro de drama evitable. Aquejado de párkinson y alzhéimer, a los 67 años ingresó en una residencia en Torrelodones y una semana después desapareció sin dejar rastro. La dirección del centro aseguró que había saltado una valla de dos metros, una versión de la que duda la familia, ya que el hombre tenía poca movilidad y estaba recién operado de una hernia. La búsqueda por la sierra madrileña resultó infructuosa hasta que una vecina halló el cadáver tres meses después, el 6 de marzo de 2017, a 2 kilómetros del geriátrico. Su hijo Iván cree que se cayó y murió de frío. «Vestía una sudadera. No creo que pasara de la medianoche», se consuela. Lo trágico es que Saturnino usaba desde hacía años un cinturón con geolocalizador. «Se lo ofrecimos a la residencia y nos dijeron que no hacía falta, que de allí no se podía salir», lamenta el joven. La Comunidad de Madrid sancionó al asilo por desproteger a los usuarios. La familia lo ha denunciado ante la Justicia.

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