De Oxford a Mánchester

Viajé en tren a esta vieja capital industrial. «No vayas, no merece la pena», me dijeron mis amigos. He vuelto encantada

Vivo en Oxford, a donde vine hace dos años para trabajar en un posdoctorado de investigación. Hace tiempo que tenía ganas de conocer Mánchester, que está al norte, a unos 250 kilómetros. Así que con la buena excusa de ir a ver a mi amiga Marta, que está haciendo otra estancia de investigación -ella en la Universidad de Mánchester-, compré por poco más de 70 libras (unos 80 euros) un billete de tren de ida y vuelta, y allí me planté un par de horas y media después. Es curioso. Cuando la gente piensa en los típicos circuitos turísticos del Reino Unido, Mánchester no suele salir en las quinielas. Aparecen Londres, por su puesto, Oxford y Cambridge, Stratford-upon-Avon, donde nació y murió William Shakespeare, Edimburgo... pero sólo los amantes del fútbol suelen darse un salto a la cuna de los 'diablos rojos' del United y del City, de Guardiola. Como ni sigo, ni me interesa demasiado el balompié, esta ciudad no se había cruzado en mi camino. A mis colegas, tanto a los ingleses como a los españoles que aquí vivimos, les extrañó mi viaje. Todos coincidían en que no merecía la pena la visita. Pero, como digo, aunque solo fuera por ver a mi amiga Marta, me dí un salto y he de decir que no puedo estar más en desacuerdo con ellos. Es cierto que Mánchester no es monumental, que carece de las grandes construcciones rodeadas de turistas de las que alardean otras ciudades del país. Aún así, se le puede sacar provecho.

Lo primero que me llamó la atención, antes incluso de bajar del tren, fue el ladrillo rojo, que parece que lo impregna todo. Casi todos los edificios que se cruzaban con mi vista daban la sensación de ser fábricas, algunas abandonadas y otras en buen estado, pero sin que saliera ya humo de sus chimeneas. No tardé en enterarme de la razón: la modernidad había puesto fin a su intensa actividad fabril. Restauradas las fachadas de estas moles coloradas, ahora acogen apartamentos en su interior. Mi amiga Marta vive en uno de ellos. Pequeño, céntrico y coqueto, y con parte de la chimenea de la vieja fábrica atravesando la cocina.

El ladrillo rojo impregna toda la ciudad, es la cara de su pasado industrial

Me encanta la idea de reutilizar los edificios de manera que, sin alterar el aspecto y la personalidad que se han ido forjando con el tiempo, se les otorgue una nueva vida. Así es más sencillo convivir con el pasado y no olvidar su historia, que, en el caso de Mánchester, lideró la revolución industrial europea del sector textil. No todas las antiguas fábricas han tenido la misma suerte. Algunas están derrumbándose, sin encontrar quién las compre y las reacondicione.

Otra ventaja de no ser una urbe monumental es que el turismo se hace muchísimo más relajado, nada que ver con las hordas de japoneses y europeos armados con sus móviles, que estos días no paran de hacerse 'selfies' en los históricos colleges de Oxford. Casi se convierte en un discurrir tranquilo por sus calles, de tal forma que la esencia de Mánchester penetra en el visitante, enamorándolo. A mí me ocurrió. En cada rincón veía un pequeño tesoro, como los grafitis que adornan algunos bloques. Y, claro está, los canales.

Barcazas-vivienda

En Inglaterra se han utilizado mucho los canales navegables para transportar mercancías, y los márgenes de esas venas de agua que atraviesan Mánchester están hoy habilitados como zonas de paseo. Caminar por sus orillas brinda un apacible mirador para observar y comparar las embarcaciones típicas, los 'narrow boats' (barcazas estrechas). Las hay que sirven como residencia a los habitantes más bohemios. Otras se ofrecen como alojamientos vacacionales. Para una estancia corta me parece una opción original, pero yo no creo que fuera capaz de vivir en una de ellas. ¡Son demasiado estrechas!

Disfruté de Mánchester, sí. Además no llovió. Y si algo me supo a gloria fue la pinta que me tomé el sábado con Marta en la placita del Ayuntamiento, un edificio de estilo gótico de la época victoriana, donde en verano se celebra un festival de música con artistas locales. Una rapera estuvo fantástica. Regresé a casa el domingo por la noche, enamorada de una ciudad de personalidad robusta, como alguno de esos rojos ladrillos.

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