Niños de otra clase

Paloma Martínez, presidenta de la Confederación Asperger España, y su hijo Alberto, que padece el síndrome, ayer en Madrid. :: óscar chamorro

El modo en que madres argentinas festejaron la expulsión de la escuela de un alumno con Asperger ha escandalizado al mundo, pero los familiares de los afectados dicen que también en España se han dado casos parecidos

ANTONIO PANIAGUA

Han crecido con la cruz de ser los raros del colegio, los solitarios de la clase, lo que tienen dificultades en el trato social. Muchas veces son incapaces de captar un chiste. Estos son algunos de los rasgos que sufren las personas con síndrome de Asperger. Ahora se habla mucho de ellos porque unas madres argentinas celebraron con grandes alharacas en un chat de WhatsApp la expulsión de la escuela de un niño con este trastorno. «Al fin una buenísima noticia. ¡Era hora de que se hagan valer los derechos del niño para 35 y no para uno solo!», decía una de las interlocutoras. La noticia ha causado escándalo, especialmente entre los familiares de los afectados. El caso acontecido en el colegio San Antonio de Padua, de Buenos Aires, produce asco, pero no es privativo de Argentina. «En España ya se han dado casos similares en Málaga y Pontevedra, donde unos padres hicieron huelga para que unos niños con autismo no fueran a clases con sus hijos», asegura Paloma Martínez, presidenta de la Confederación Asperger España. El suceso pone de manifiesto que escolarizar a chicos con problemas intelectuales es una tarea que choca con prejuicios difíciles de extirpar. «Lo ocurrido no me sorprende en absoluto. Es una muestra de que muchos padres luchan por los derechos de la mayoría, pero no del diferente», sentencia.

Se ignoran las causas

Paloma Martínez es la madre de un chaval con Asperger, una discapacidad que se cataloga como un Trastorno del Espectro Autista (TEA). Alberto, de 18 años, es muy inteligente y posee una extraña destreza en el manejo de ordenadores y aparatos electrónicos. Pese a esta habilidad que revela unas dotes intelectuales por encima de la media, a Alberto le desborda la hiperactividad. No es raro que un paciente de Asperger descuelle por una mente brillante y, sin embargo, tropiece con problemas académicos debido a una, a veces, insalvable rigidez en el comportamiento y la interacción social. En el peor de los casos son las víctimas propiciatorias del acoso escolar por su extraña conducta. «Son personas que no comprenden las sutilezas del lenguaje, lo cual no significa que padezcan un retraso cognitivo. No hay certezas sobre su causa; se están haciendo muchas investigaciones genéticas y neurológicas, pero ninguna de ellas es definitiva», argumenta Mariana Perretti, psicóloga y directora técnica de la Asociación Asperger Madrid.

El trastorno ahora es bastante conocido gracias al personaje de Sheldon Cooper, de la serie televisiva 'Big Bang Theory'. Como Sheldon, los pacientes de Asperger están constreñidos por estrictas rutinas y arrastran una acusada indiferencia emocional, lo que les inclina a ser blanco de chanzas. Su interpretación literal de las cosas les plantea obstáculos para entender los sarcasmos y los dobles sentidos. Por eso les cuesta mantener el ritmo de la conversación, lo que a su vez se traduce en problemas para cultivar amistades.

Cuando algo les interesa, los afectados por el Síndrome de Asperger se vuelcan de forma obsesiva con su afición. Una niña con este trastorno que adoraba las muñecas Barbie se afanó por coleccionar todos y cada uno de sus trajes. En el caso de que logren la inserción en el mercado laboral, los compañeros de trabajo del afectado le tendrán que sacar a tomar un café y darle un respiro. Porque cuando quienes sufren la discapacidad se sumergen en una tarea, lo hacen a conciencia.

Difícil integración

Cristina respiró aliviada cuando le diagnosticaron el síndrome. Por fin sabía el nombre que explicaba su anómalo comportamiento. «Me cuesta mucho mantener la mirada y mirar a los ojos a otra persona. Entre primero y tercero de la ESO sufrí acoso escolar. Me dejaban sola y se metían mucho con mi vocabulario», dice. Ahora tiene 19 años y estudia en la universidad. Es una suerte para ella, pues sólo un 10% de los que padecen el trastorno logran tener trabajo, pareja y estudios. Como otros muchos, el saberse diferente le hizo arrastrar depresiones y crisis de ansiedad, patologías que concurren muchas veces en los sujetos con la dolencia.

Al tener un cociente intelectual igual o superior a la media, los tocados por el síndrome soportan una discapacidad invisible. «Si no hay tal discapacidad intelectual, la escolarización debe hacerse por la vía ordinaria. Los que van a centros de educación especial es porque han sido expulsados o marginados del centro», alega Martínez. En este sentido, el sistema educativo adolece de la falta de expertos y recursos para abordar el problema.

No siempre es así. A la presidenta de la confederación de enfermos no se le olvidará nunca la ovación que recibió su hijo cuando se graduó y los compañeros le homenajearon como merecía. «El sistema educativo ha de ser un reflejo de la sociedad y aceptar al diferente. Cuando estos niños sean mayores tendrán que relacionarse con personas de todo tipo, no solamente con las consideradas normales», apunta Martínez.

Dado que es una patología nueva, cuyo estudio en serio comenzó hará unos cuarenta años, hay bastantes adultos sin diagnosticar. No se sabe con certeza cuál es la prevalencia del Asperger. Algunas investigaciones hablan de entre 1 y 5 afectados por cada mil nacidos vivos, una cifra que hay que tomar con cautela.

En ocasiones, los damnificados por el síndrome están dotados de capacidades impresionantes que lindan con la genialidad. El matemático Daniel Tammet es un afectado por el trastorno, lo que no le impide tener una competencia sobrehumana para el cálculo. Una vez se pasó cinco horas recitando una detrás de otra 22.514 cifras del número pi.

Los padres de Nicolás estaban orgullosos de su hijo. Era tranquilo y casi había aprendido a leer por sí solo. Pero con el tiempo se dieron cuenta de que quizá era demasiado apacible. En las fiestas de cumpleaños de sus compañeros salía despavorido y se tapaba los oídos ante la actuación de los payasos. No soportaba sus ruidos estridentes. «Le iba bien en el colegio, pero en el recreo paseaba solo. Cuando una psicóloga nos dijo que era autista, fue un mazazo», cuenta su madre.

Son incapaces de entender que una mentira nos libra de problemas muy enojosos. Un enfermo de Asperger no tendrá reparos en responder a una persona que le molesta su compañía. «Cada caso es distinto. Hay chicos que no paran de hablar de una manera invasiva, apabullando al interlocutor con información copiosa de dinosaurios, por ejemplo, y otros en cambio prácticamente no abren la boca», aduce Paloma Martínez. Cuando llegan a la adolescencia y se percatan de que carecen de amigos empiezan a sufrir depresiones. La Confederación Asperger España procura terapia para que los niños aprendan habilidades sociales. «Les ayudamos a resolver tareas ejecutivas, a captar las ironías, lo que a veces es agotador», subraya.

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