Nicaragua en erupción

Comenzó como una protesta de un grupo no muy numeroso de estudiantes y ha acabado siendo una marea que amenaza con engullir al todopoderoso presidente de Nicaragua. Las calles de la capital, Managua, arden estos días como lo hicieron en julio de 1979, cuando los miembros del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) obligaron a huir al dictador Anastasio Somoza. Uno de aquellos guerrilleros, Daniel Ortega, preside ahora el país centroamericano y, como Somoza hace 39 años, se aferra al poder a base de zarpazos. Quizá sean los últimos.

El vaso se desbordó el 18 de abril. Ese día la concentración de un centenar de universitarios que protestaban contra la reforma de la Seguridad Social aprobada por el Gobierno fue atacada por un grupo de desconocidos. «Llegaron en camionetas unos jóvenes con camisetas de la juventud sandinista, que actúan como grupos parapoliciales de choque, y comenzaron a pegar a los chavales ante la Policía, que no hacía nada para impedirlo», recuerda Leonor Álvarez, periodista del diario opositor 'La Prensa', que esa jornada salvó a una joven de ser violada por los asaltantes.

Las aguas no volvieron a su cauce como tantas otras veces. En lugar de retirarse a curar sus heridas, los estudiantes se rebelaron y se atrincheraron en los campos universitarios de la capital. Nadie se lo esperaba, ni siquiera los propios jóvenes, integrantes de una generación que, como dice Leonor Álvarez «había crecido sin querer verse contaminada por la política». «Lo que nos sorprendió -explica la periodista- es que el gremio estudiantil se levantara y comenzara a tomar las universidades».

El Gobierno utilizó la violencia para tratar de sofocar las protestas. Desde el 18 de abril ya han muerto 92 jóvenes, hay varios desaparecidos y centenares han resultado heridos en los enfrentamientos que se han producido por las principales ciudades de Nicaragua. Casi todos eran estudiantes. «Tenían los impactos de bala en la cabeza, frente, cuello y pecho, ninguno resultó herido en las piernas o los brazos, les han disparado a matar», afirma Leonor Álvarez, que hasta hace poco no sabía nada de armas. «He aprendido en pocos días escribiendo sobre lo que está pasando», dice.

Los muertos, muchos de ellos por disparos de francotiradores, volvieron a caminar ayer, día de la madre en el país, por las calles de Managua. Una marcha, convocada por el Movimiento Madres de Abril, recordó a los hijos de estas mujeres y exigió al gobierno de Daniel Ortega que haga justicia y que termine la represión. En respuesta a esta convocatoria, el FSLN organizó una contramarcha con el lema 'Oración y cantata a la madre nicaragüense'.

Solo esta frase ya da idea de la realidad en la que vive el antiguo guerrillero, que gobierna en Nicaragua desde hace once años con la ayuda inestimable de su mujer, la vicepresidenta Rosario Murillo, y sus siete hijos, quienes se reparten el poder económico y los principales medios de comunicación del país, que ofrecen a través de eslóganes como 'vivir bonito, vivir feliz', una imagen idílica de una nación 'única, bonita y original'. A través de ellos, la esposa de Ortega ha llegado a llamar a su marido «Daniel de América».

«Ellos vendían que eran los seres más queridos en el mundo, estaban endiosados pero a la vez que se creían dioses iban ampliando el perímetro de seguridad del palacio presidencial y la cantidad de escoltas», dice Gonzalo Carrión, miembro del Centro Nicaragüense de los Derechos Humanos, cuyos integrantes sufren desde hace años constantes amenazas de muerte. Quizá porque ya está habituado a «sobrevivir cada día», no se muerde la lengua a la hora de hablar de los habitantes del palacio. «Son una ofensa para la humanidad, además de criminales».

Los árboles de la vida

Los símbolos han empezado a desmoronarse. Rosario Murillo, conocida popularmente como la 'Chayo', ordenó instalar en 2013 en Managua 140 árboles de metal fucsia, amarillo y celeste, los colores que suele elegir para vestirse. Oficialmente se denominan los 'árboles de la vida' y sirven para dar buena energía, pero los llaman 'chayolatas'. «Son los símbolos de una dictadura familiar que ha impuesto a la sociedad sus antojos», afirma Gonzalo Carrión.

De momento ya han caído treinta de esas moles metálicas de entre 15 y 20 metros de altura. Han sido derribadas por los manifestantes que acosan a Daniel Ortega. El presidente está rodeado y cada vez más falto de apoyos. Tras las protestas del 18 de abril, retiró su reforma del sistema social, pero los estudiantes ya no se conforman con eso. Lo que quieren es que se vaya del poder.

«Cuando gente partidaria del Gobierno empezó a atacar a los universitarios el problema se convirtió en un asunto político», señala Elizabeth Noguera, redactora de 'El Nuevo Diario', un periódico que tradicionalmente ha defendido al Gobierno sandinista pero que ahora le ha dado la espalda por motivos que explica la periodista. «La sociedad civil se está defendiendo con piedras mientras que la Policía tira a dos o tres metros y lo hace a matar».

Ya no son solo estudiantes. Los universitarios se han integrado en la Alianza Cívica por la Justicia y la Democracia, de la que también forman parte representantes de la sociedad civil, empresarios y campesinos. Sus portavoces acudieron el pasado día 17 a la primera reunión de la mesa del diálogo constituida para tratar de encauzar la situación. El encuentro estuvo presidido por Daniel Ortega, quien tuvo que escuchar un duro alegato de Lesther Alemán, un líder estudiantil que tomó la palabra y le dijo al presidente: «Esta no es una mesa de diálogo, es una mesa para negociar su salida porque es lo que le ha solicitado el pueblo».

El encuentro, auspiciado por la Conferencia Episcopal de Nicaragua, fracasó, pero no cerró la puerta al diálogo. El Gobierno ha aceptado hablar sobre democratización en los debates a cambio de que se levanten los tranques, las barricadas que cortan las principales vías de comunicación del país. Pero ya pocos creen en la palabra de Daniel Ortega.

«Es una manera de ganar tiempo para que se canse el movimiento de protesta», asegura el sociólogo, analista político Óscar René Vargas, cofundador del FSLN y viejo compañero de Daniel Ortega, a quien salvó la vida en 1967. «Yo ingresé ese año en el frente sandinista. Por entonces éramos unos treinta y de ellos ya han muerto al menos la mitad. Teníamos unos ideales, que eran instaurar la democracia y luchar contra la corrupción», recuerda Vargas.

Él sigue considerándose sandinista. Aquellos ideales se mantienen aunque hayan sido subvertidos por su antiguo amigo, «un ejemplo de lo que llega a corromper el poder». «Se ha convertido en algo parecido a Somoza, que hacía una política liberal aliado con el gran capital y se aseguraba de que no hubiera huelgas. Daniel Ortega ha hecho lo mismo aunque ahora los empresarios se han dado cuenta de que ya no controla la calle y están oscilando entre el apoyo y la condena».

Hasta el 18 de abril el Gobierno llevaba la batuta de las movilizaciones sociales pero todo ha cambiado. «Ortega ha perdido la calle, los barrios y el pueblo. Está aislado y su único recurso es la represión».

Vargas confiesa que le ha sorprendido la manera en la que se ha desatado una «insurrección pacífica contra el autoritarismo y la dictadura». Lo que no le ha cogido de sorpresa es que se haya producido en un país con una orografía que define las características de una población acostumbrada a aguantar hasta «que se abre la caja de Pandora». «Aquí hay lagos que no hacen grandes olas pero también volcanes y hace dos años entraron cinco en erupción a la vez. Lo mismo pasa con el pueblo, que soporta pequeñas molestias pero de repente explota al mismo tiempo. Eso es lo que ha ocurrido, han saltado los rencores».

Amnistía Internacional presentó el martes en Managua un demoledor informe en el que acusa al estado nicaragüense de ejecuciones extrajudiciales «con conocimiento» de Daniel Ortega. La organización también criticó el discurso oficial de negación de los hechos, el uso de grupos parapoliciales por parte del Gobierno, la denegación de atención médica para los heridos durante las protestas y los esfuerzos gubernamentales por controlar la prensa.

Sin ideología

Oficialmente, los opositores están pagados por Estados Unidos, son infiltrados de la CIA, delincuentes o todo a la vez. Es el argumentario clásico. Desde las barricadas, Evert Javier, que ha participado «en primera línea de fuego» en las protestas en la Universidad Nacional de Ingeniería, sostiene que en Managua «ser estudiante y caminar con una mochila es delito». La suya es la lucha de David contra Goliat. «Ellos tienen muchos recursos y nosotros hondas, piedras y morteros, pero Goliat está solo y el pueblo ha despertado».

Evert tiene 23 años y habla con un tono que recuerda a las proclamas de los movimientos revolucionarios que tantas veces han tomado el poder en tantos países. Es el lenguaje de las rebeliones, que no admite pasos atrás para mantener la fe en la victoria. «Nosotros no luchamos por un partido político, tenemos principios y conciencia social, es una insurrección cívica sin ideología que no va a parar hasta que Daniel Ortega deje el poder», insiste.

Óscar René Vargas quiere que llegue ese momento pero tiene sus dudas. «No creo que tenga los días contados, los dictadores dan zarpazos cuando se sienten heridos y todo es posible», advierte. Gonzalo Carrión no opina lo mismo. A su juicio, «Nicaragua dejó de ser la misma el 18 de abril y ha despertado para siempre, la idea es que no vamos a tener otra dictadura». «La suerte de Ortega -añade- está echada, su ruina ha comenzado».

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