Desde aquí se ve el fin del mundo

Un joven en parapente sobrevuela Ciudad del Cabo, una de las bahías más bellas del mundo. La Montaña Mesa envuelve un asentamiento que se remonta al siglo XVII.  ::
Un joven en parapente sobrevuela Ciudad del Cabo, una de las bahías más bellas del mundo. La Montaña Mesa envuelve un asentamiento que se remonta al siglo XVII. :: / REPORTAJE FOTOGRÁFICO: SERGIO GARCÍA

Sangre portuguesa, holandesa y británica corre por las venas de Ciudad del Cabo. La metrópoli más austral de África, bendecida por una naturaleza exuberante, es un símbolo de las libertades civiles

SERGIO GARCÍA

Lo llaman el Dedo de Dios y lo cierto es que allí es difícil no sentirse en la gloria. Una península en forma de garra que se adentra 60 kilómetros mar adentro, envuelta en leyendas y relatos de marinos que arriesgaron la vida por doblar el Cabo de Buena Esperanza o de las Tormentas, como se refirió a él Bartolomé Díaz antes de que el rey de Portugal decidiese que no era buena idea promocionar una ruta a las Indias con una tarjeta de presentación tan funesta. Borrascas aparte, la región del Cabo ha sido bendecida por la naturaleza: un clima similar al mediterráneo, una vegetación exuberante y una fauna capaz de cautivar al zoólogo más exigente. La ciudad que toma su nombre de este accidente geográfico ha pasado por manos de portugueses, holandeses y británicos, y goza de un emplazamiento excepcional: abierta a una bahía de ensueño y rodeada por un circo de piedra en el que cobra especial protagonismo Table Mountain, una pared de arenisca y granito con forma de yunque que la abraza por detrás y a la que un teleférico ha convertido en la mayor atracción del lugar.

Es Ciudad del Cabo un lugar con sabor colonial, que comparte capitalidad con Pretoria, edificado en torno a un puerto estratégico que deja pingües beneficios y donde buena parte del Downtown se levanta sobre terrenos ganados al mar. La ciudadela y los Jardines de la Compañía, antiguo huerto donde se abastecían de verduras frescas las tripulaciones que eran presa fácil del escorbuto, se asomaban hace un par de siglos a la línea de costa. Ahora forman parte de una tupida malla de calles salpicadas de mercados de flores y artesanías, bares y librerías. Como Darling, donde se levanta el Ayuntamiento en el que Mandela -o Madiba, como era conocido por la población negra- dio su primer discurso después de 27 años de reclusión, la mayor parte en Robben Island, la penitenciaría que se divisa desde tierra firme como un Alcatraz chato y erizado de alambradas. O Long Street, donde se arraciman restaurantes y night-clubes como el famoso Mama Africa, envuelto siempre en música de percusión. O el Barrio Malayo, con sus casas y mezquitas pintadas de vivos colores, no demasiado lejos de las residencias de los 'blankes', cuyos muros rematan concertinas electrificadas y carteles de 'Cuidado con el perro' conforme la ciudad gana altura.

Sería injusto, sin embargo, no apreciar el cambio sociológico que ha vivido Cape Town hasta convertirse en símbolo de las libertades civiles en el país del Apartheid. La mezcla de razas es un hecho en lugares como la exclusiva Camps Bay, una playa vedada hace 30 años a los negros, que se enfrentaban a tres meses de cárcel sólo por pisarla; o el Waterfront, la zona de esparcimiento por excelencia en el puerto, repleta de centros comerciales, escenarios, terrazas, restaurantes para quien pueda pagarlos... Su noria blanca es como un faro, a tiro de piedra del Green Point, el estadio donde España se impuso a Portugal en octavos del Mundial de Sudáfrica por 1-0.

Entre viñedos y pingüinos

Pero la región trasciende con mucho los límites de la ciudad, como no tardan en demostrar los embriagadores viñedos y bodegas de Stellenbosch o Franschhoek, reducto este último de los hugonotes que huyeron de la persecución en Francia para fundar aquí un santuario del buen vivir en torno a la uva Pinotage, fragante y sabrosa. La carretera del Cabo de Buena Esperanza zigzaguea por una franja de tierra con aires de reserva, que discurre por precipicios asomados a rompientes cubiertas de bruma desde donde se adivina el fin del mundo. También salen al encuentro pueblos pesqueros como Hout Bay, cita obligada para los aficionados a los avistamientos de ballenas, leones marinos y hasta tiburones blancos, con los que los viajeros más animosos pueden sumergirse protegidos por una jaula.

El Dedo de Dios también atesora la principal colonia de pingüinos africanos. La especie, endémica del país y en peligro de extinción, tiene su principal caladero en Simon's Town, que une a su condición de refugio ornitológico la de templo del marisco. A partir de allí, la carretera se angosta y la vegetación se aprieta contra la tierra, temerosa de que el vendaval se la lleve puesta. La península se estira hasta parecer un cuchillo que se abre paso en el mar batiente y la roca desnuda se descuelga hasta el agua, entre calas que duran lo que dura la marea. El faro de Cape Point alumbra la silueta de Buena Esperanza, el cabo aupado al trono de las travesías legendarias aunque no sea el punto más al sur -lo es el Cabo Agujas, llamado así por los escollos afilados que han hecho zozobrar a decenas de barcos por los siglos de los siglos-. Cuatro mil kilómetros lo separan de la Antártida, de la nada más absoluta.

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