«Mis cicatrices son líneas poderosas»

Candice tenía 30 años cuando le diagnosticaron la enfermedad. Nueve años antes, acudió por primera vez a los médicos. «Mi mama goteó secreción, pero el doctor dijo que era imposible que tuviera cáncer de mama siendo tan joven», lamenta Candice, con una vida plagada de dificultades. «Tenía un año cuando mis padres se dieron cuenta de que era sorda y 15 cuando supe lo que significaba ser gay. Yo no quería ser lesbiana. Ya era una 'friki' sorda sin amigos al no poder comunicarme. ¿Ahora Dios quería que fuera gay? Él pedía demasiado», confiesa esta madre soltera de dos pequeños. El mundo se le vino abajo cuando descubrió un bulto en el pecho. Tenía 29 años y acababa de adoptar a una niña india. «Rogué durante dos meses por una biopsia. Tenía un seguro de salud, pero me la hicieron tiempo después», denuncia. Ya era tarde.

Los resultados confirmaron los peores presagios. Candice tiene ahora 32 años y es feliz: «Mis cicatrices son solo líneas poderosas que apuntan a la esperanza, la fe y el amor. Me muestran que soy más bonita de lo que era antes y que no soy un bicho raro. Reflejan que el cáncer no triunfa y que la vida es mucho más profunda que un coche nuevo. Cualquiera que se atreva a amar mis orejas rotas y mis cincuenta y tantos centímetros de cicatrices me demuestra que la vida merece ser vivida», afirma emocionada.

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