Miércoles de pasión

Campamento de refugiados en el pórtico de la Iglesia de los 12 Apóstoles. ::  P. ontoso/ FOTOS:
Campamento de refugiados en el pórtico de la Iglesia de los 12 Apóstoles. :: P. ontoso / FOTOS:

La audiencia general del Papa se convierte a mitad de cada semana en una explosión de fe a cielo abiertoy en día de mercado para las tiendas religiosas en un escenario blindado

PEDRO ONTOSO

Alas siete y media de la mañana, el sol otoñal romano se asoma ya con descaro y se posa en las altas copas de los pinos que escoltan la Vía Gregorio VII, que desciende desde el parque de Villa Carpegna hasta la Ciudad del Vaticano. Varios autobuses de los carabinieri se abren paso a golpe de sirena en medio de un tráfico caótico ante la alarma de turistas y peregrinos. «No pasa nada. Hoy es miércoles, van a la plaza de San Pedro para reforzar las medidas de seguridad», tranquiliza un joven seminarista en una parada atestada de gente. En efecto, es día de audiencia general y el corazón del Vaticano late a un ritmo endiablado. No estamos en Semana Santa, pero va a ser un miércoles de pasión.

La Plaza de San Pedro está blindada. Es un fortín. El perímetro exterior está cerrado con bloques de hormigón y varias patrullas del Ejército con vehículos de combate. Las calles que confluyen en la avenida della Conciliazione y la gran arteria que desemboca en la basílica está tomada por los carabinieri y la Policía de Roma. Hay numerosos agentes de paisano que piden la documentación a sospechosos a los que les obligan a vaciar sus mochilas. El Vaticano es objetivo del terrorismo yihadista y todas las precauciones son pocas. Luego hay que pasar por los detectores instalados entre las columnas del recinto, donde confiscan cualquier objeto punzante. Una vez en el interior, es la gendarmería vaticana y la Guardia Suiza quienes se encarga de la seguridad.

Hay sillas para todos, pero la gente corre para coger sitio como si fueran las rebajas. Todo el mundo quiere estar cerca del Papa, tocarle, una misión imposible salvo que Francisco decida pararse, siempre ante enfermos, niños o ancianos. La plaza se ha convertido en un abigarrado mapamundi. Hay grupos de Filipinas, Indonesia, Australia, Brasil, Ecuador, México, Argentina -muy numerosos, por la procedencia del Pontífice-, Estados Unidos, India, Polonia, Alemania, Italia, España, Uganda... Hay atletas de Kenia que viajan con escolta por la situación de su país, llegados para disputar la Carrera por la Paz, bandas militares con uniformes tiroleses, cuadrillas de Siena con el palio... Se les identifica porque agitan sus banderas y exhiben pancartas de sus respectivos países. Una fiesta de color.

La mayoría de las tiendas de recuerdos en el entorno del Vaticano están en manos de chinos

De repente, un ensordecedor grito de júbilo de cerca de 20.000 gargantas hace temblar las columnatas de Bernini. «Es es Papa, ya ha salido». En efecto, la figura recia de Francisco sobresale entre las cabezas mientras avanza subido en el 'papamóvil', que recorre las calles laterales de la plaza. Reparte sonrisas y bendiciones entre una nube de escoltas. Es un momento crítico, de tensión, sobre todo cuando ordena que se pare el vehículo porque ha visto a un grupo de enfermos entre el público. Los guardaespaldas agudizan la mirada y escrutan a la muchedumbre que jalea a Francisco. Pero lo único que desenfundan son sus teléfonos y sus tablets para inmortalizar ese momento mágico. Hay que aprovechar ahora, porque al Papa no le gusta que la gente juegue con el móvil durante la ceremonia religiosa.

En realidad, se trata de una catequesis, esta vez dedicada a la esperanza. «No te rindas a la noche. No concedas espacio a los pensamientos amargos, oscuros. La fe y la esperanza avanzan juntos», predica Francisco en italiano y en castellano, mientras su imagen se refleja en las pantallas instaladas a ambos lados de San Pedro. Luego se repetirá en otros idiomas. Sus ayudantes en la ceremonia lo harán en francés, en portugués, en alemán, en polaco, en inglés y en árabe. El Papa introduce la reflexión saludando a los peregrinos de distintos países, nombrando incluso a determinados colectivos y parroquias, cuyos representantes agitan banderas y estandartes con gran júbilo y alborozo. Las televisiones lo graban todo, incluso desde las azoteas de los edificios, donde asoma alguna cámara antigua del Vaticano parecida a las que se han visto en los cónclaves.

Francisco continúa con su catequesis recordando que hay que respetar el planeta, la casa común. La Santa Sede se ha aplicado el cuento y ha comenzado a restaurar alguno de sus edificios con pintura mezclada con leche. La caseína, una proteína que procede de las vacas que se cuidan en la granja de Castel Gandolfo, ayuda a conservar más tiempo las paredes. La ecología es un mensaje casi fijo en las homilías del Pontífice. Lo mismo que los pobres y desheredados de la Tierra. «Piensa que toda injusticia contra un pobre es una herida abierta y disminuye tu propia dignidad», proclama Francisco. A su izquierda, en un sitio de honor, un nutrido grupo de obispos, cardenales y diplomáticos siguen su predicación. Luego habrá un besamanos.

Campamento de humildad

A los pobres el Papa los puede ver desde la ventana a la que se asoma para la oración del Angelus. Los turistas los sortean bajo las columnas de Bernini, donde muchos se cobijan y aprovechan para asearse en alguna fuente cercana. Por la noche extienden sus colchones y mantas en los pórticos de la Piazza Pío XII y levantan su campamento al amanecer, antes de que los servicios de limpieza irrumpan para adecentar el escenario por donde pasarán miles de turistas y peregrinos. El único campamento que permanece estable es el que se ha montado en el claustro de la Iglesia de los 12 Apóstoles, cerca de Piazza Venezia. La Policía no los puede desalojar porque el templo goza de estatus extraterritorial y es suelo vaticano.

La audiencia general termina con la bendición pública de Francisco. Muchos han llevado los objetos que han comprado o han traído de su casa para que sean bendecidos 'in situ'. Cuando acaba la ceremonia, una marea humana inunda las calles del Borgo, un gran zoco de tiendas de artículos religiosos. Los peregrinos llenan sus cestas como si fuera un supermercado: rosarios, estampas, calendarios, abanicos... La efigie de Francisco compite con la de Juan Pablo II, que no ha perdido cartel en los escaparates. La diplomacia de la Santa Sede trabaja con fuerza para acercarse a China, pero son los chinos quienes se han acercado al Vaticano. Las tiendas están en manos de comerciantes del gran dragón, que se están haciendo con los negocios italianos que habían pasado de padres a hijos. Mientras los hosteleros extienden sus manteles y los carteristas toman posición, los peregrinos se convierten en turistas con un contraste de mensajes en sus camisetas. 'Dios es tu amigo', dicen algunas. 'Follow your karma', se lee en otras.

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