MANGAR

ARANTZA FURUNDARENA

En mis tiempos de universitaria mangar algún libro en una librería o unos grandes almacenes era parte de la movida de los ochenta. Casi un rito iniciático. No éramos precisamente unos expertos. Y la mayor parte de las veces nos rajábamos. Pero ya solo el intento merecía la pena. Era tan excitante y peligroso como ir de safari al Ngoro Ngoro... Recuerdo la célebre frase (luego convertida en chascarrillo) de un compañero de clase que, tras meterse en el macuto una novela de Hermann Hesse, salió de la librería tan sumamente azorado que solo acertó a decir: «Me tiemblan las tiemblas». A esa misma librería acudíamos al día siguiente o al otro a escuchar alguna sesuda disertación a cargo de escritores como Savater o Félix de Azúa. Nos sentábamos entre el público con cara de no haber roto un plato. Entre otras cosas, porque por cada libro que mangábamos (si es que llegábamos a consumar el delito) nos llevábamos otros siete u ocho pagados de nuestro bolsillo.

Mangar libros no solo estaba bien visto entonces en mi círculo de amigos. Era incluso de progres. Un deporte de riesgo solo apto para intelectuales. El robo entendido como una de las bellas artes... Hasta otorgaba cierto pedigrí. Pero era un sarampión que se extinguía por completo una vez terminada la carrera y del que no se volvía a hablar. Si la costumbre persistía, entonces se convertía en vicio, en patología. Y ya no era tan divertido ni estaba tan bien visto.

Mangar cremas (y encima cremas antiedad) denota una cleptomanía senil, anacrónica. Tan poco universitaria como ese máster apócrifo con el que comenzó la estrepitosa caída de Cristina Cifuentes. Está muy lejos del 'arte povera' que representaba aquel hurto juvenil propio de estudiantes sin recursos. Más aún si tenemos en cuenta que en el momento del robo la presunta ladrona ostentaba un cargo público de relevancia: vicepresidenta de la Asamblea de Madrid, nada menos... También Winona Ryder era millonaria cuando le pillaron mangando vestidos. Entonces se habló de su necesidad de vivir emociones fuertes y de la irresistible pulsión de quebrantar la ley. Pero para eso Cristina Cifuentes no necesitaba afanar unas cremas. Con dedicarse a la política, en un partido como el PP, le basta.

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