Heroína y pionera

Supersónica. Arriba, Tammie Jo Shults ante un caza en 1992. Abajo a la derecha, un primer plano reciente de la piloto. A la izquierda, estado en que quedó el motor izquierdo del avión el martes. /  REUTERS
Supersónica. Arriba, Tammie Jo Shults ante un caza en 1992. Abajo a la derecha, un primer plano reciente de la piloto. A la izquierda, estado en que quedó el motor izquierdo del avión el martes. / REUTERS

Tammie Jo Shults, que el martes aterrizó un Boeing 737 tras estallar uno de sus motores, se propuso ser una de las primeras mujeres en pilotar un caza. Lo logró y llegó a teniente coronel

J. VÁZQUEZ

Gracias,... gracias, muchachos, por la ayuda». Fueron las últimas palabras que dirigió por radio la piloto Tammie Jo Shults a los controladores del aeropuerto de Filadelfia en el que el martes se vio obligada a realizar un aterrizaje de emergencia. Acababa de concluir la pesadilla iniciada unos minutos antes, cuando el motor izquierdo del Boeing 737 que dirigía estalló en pleno vuelo, a 9.800 metros de altura. La prueba de riesgo por la que nadie quiere pasar.

El incidente provocó la muerte de una mujer, Jennifer Riordan, de 43 años, y heridas leves a otras siete personas, pero todos los testimonios coinciden en que las consecuencias hubieran sido mucho más graves si Tammie no hubiera actuado con el temple y la pericia con que lo hizo. «Estamos con un solo motor y hemos perdido parte del avión, por lo que tendremos que reducir un poco la velocidad. ¿Pueden enviarnos atención médica a la pista?» Su voz sonó en todo momento calmada y firme en sus comunicaciones con la torre de control. La exitosa maniobra de aterrizaje evitó males mayores a los otros 148 ocupantes de la aeronave, por lo que recuperó multiplicadas sus palabras de agradecimiento a los controladores. «La piloto fue increíble», escribió una pasajera en Instagram. «Es una heroína -confirmó otra en Facebook-. Después de aterrizar vino a hablar con cada uno de nosotros». Elogios mezclados con un sentimiento de liberación tras la angustiosa experiencia de caer vertiginosamente con las mascarillas de oxígeno en la boca y de verse cara a cara con la muerte.

Una niña entre aviones

En un país que, de tanto en tanto, parece necesitar engrosar su glosario de héroes, numerosos usuarios de las redes sociales han comparado a Shults con Chesley 'Sully' Sullenberger, el comandante que en enero de 2009 logró amerizar un Airbus 320 en el río Hudson de Nueva York sin que se produjesen daños personales. Pero, tal vez, ella se encuentre un escalón por encima. Y quizás su reciente hazaña no sea tan meritoria si se tiene en cuenta que se convirtió, en los años ochenta, en una de las primeras mujeres en manejar el caza F-18 Hornet y que era capaz de depositar ese rayo con alas en la breve pista de un portaaviones a 240 kilómetros hora. El F-18 alcanza velocidades próximas a los 2.000 kilómetros hora, más del doble que un avión comercial, y altitudes de algo más de doce kilómetros.

Según ella misma ha contado en alguna ocasión, no le resultó especialmente sencillo llegar hasta ahí, una de sus metas desde que tuvo uso de razón. Tammie Jo Bonnell -este era su apellido de soltera- nació en Texas hace 56 años y se crió en un rancho de Nuevo México, cerca de la Base de la Fuerza Aérea Holloman. «Crecí rodeada de aviones, viendo su espectáculo todos los días, y siempre supe que yo tenía que volar», escribió hace unos años. En su último curso de Secundaria, en 1979, asistió a una conferencia de un coronel de aviación retirado que le dijo, sin delicadezas, que si aspiraba a convertirse en piloto perdía el tiempo. «No hay mujeres profesionales en esto», le espetó. No fue la única voz que trató de convencerla de que su sexo era un obstáculo infranqueable para su objetivo. Pincharon en hueso.

La resuelta joven, una devota cristiana, fue dando los pasos necesarios para ser admitida en las academias aéreas, proceso en el que conoció a un compañero de estudios, Dean Shults, con el que más tarde se casaría. Ambos trabajan para la misma compañía, la Southwest Airlines. Tammie sirvió en la Armada durante diez años y alcanzó el rango de teniente coronel. Dejó el ejército en 1993, el mismo año en que el Pentágono decidió permitir a las mujeres volar en misiones de combate, algo que Tammie no pudo hacer.

Según la prensa americana, el matrimonio Shults vive ahora en San Antonio (Texas) y tiene dos hijos, una chica de 20 años y un muchacho de 15.

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