La forja de una rebelde

La forja de una rebelde

La sufragista Millicent Fawcett consiguió el voto para las mujeres. Su estatua se yergue desde ayer ante el Parlamento británico junto a las de 11 hombres que, como ella, hicieron historia

ÍÑIGO GURRUCHAGA

Detras de mí está la estatua del Gran Emancipador (Oliver Cromwell). A mi derecha vemos al hombre que más hizo para lograr la independencia de India (Mahatma Gandhi). Frente al Parlamento, el hombre que salvó a Europa de las garras del fascismo (Winston Churchill). Son todos grandes hombres que merecen su lugar en la historia y en esta plaza. Pero yo no estaría aquí hoy como primera ministra... Ninguna diputada ocuparía su escaño en el Parlamento... Ninguna de nosotras tendría los derechos que hoy disfrutamos, si no fuese por una mujer verdaderamente formidable, Millicent Garrett Fawcett». Las palabras de Theresa May, segunda mujer jefa de Gobierno en la historia de Reino Unido, resonaron ayer en el centro político del país. Las pronunció en el descubrimiento de la primera estatua erigida a una mujer en Parliament Square, la plaza ajardinada encajada entre el palacio de Westminster, edificio del Parlamento, la abadía de Westminster, iglesia de la soberana, el Tribunal Supremo y la sede del Ministerio del Tesoro. Las otras once son de exprimeros ministros y de cuatro líderes extranjeros: Ghandi, Abraham Lincoln, Jan Smuts y Nelson Mandela.

El nombre de la mujer conmemorada tal como lo enunció May es una anomalía. En el matrimonio tradicional, que Millicent Garrett contrajo a los 20 años con el diputado liberal y profesor de Economía Política en la Universidad de Cambridge Henry Fawcett, once años mayor que ella y ciego, la esposa transfería sus posesiones al marido y adoptaba su apellido, siendo esta una costumbre que perdura.

Nombrar los dos apellidos de la pionera del sufragismo británico está justificado por la influencia de los padres. La madre, Louisa, fue una ferviente devota del evangelismo. Tuvo once hijos, uno de ellos fallecido muy pronto. El padre tenía un negocio de malteado en Suffolk, en el este de Inglaterra. Fue políticamente conservador hasta que descubrió que era en realidad liberal.

«El valor llama al valor»

En sus memorias, 'What I remember', Millicent recuerda una reunión de granjeros liberales en la casa de sus padres. Inició, aún adolescente, una recaudación de fondos para la campaña por el sufragio de las mujeres. Un granjero le preguntó si, como consecuencia de la futura ley, tendría él que pedir dinero a su mujer si esta lo heredaba. Tras la respuesta afirmativa, no recaudó nada.

Su matrimonio con el diputado y profesor Fawcett fue para Millicent una educación. Su hermana, Elizabeth, a quien su marido habría pedido antes la mano, fue la primera mujer que accedió a los estudios de medicina, con gran apoyo del padre, pero Millicent adquirió el entendimiento de la política asistiendo a los debates del Parlamento o participando en las tertulias de Cambridge.

Tenía que leer libros a su marido o resumirle informes. Su conocimiento del Parlamento y de la vía constitucional la llevó por el camino del sufragismo, en contraposición con las 'sufragettes', de las que las tres Pankhurst, madre e hijas, son las más recordadas. Fawcett no participó en las roturas de cristales o protestas ilegales de las 'sufragettes'.

En la estatua desvelada ayer, Fawcett sostiene un cartel en el que se lee: «El valor llama al valor en todos los lugares». Es una frase que escribió tras conocer la muerte de Emily Davidson, arrollada por 'Anmer', yegua del rey, en el Derby de Epsom de 1913 cuando intentaba colgarle en el cuello una cinta sufragista; cinco años antes de aprobarse la ley que dio el voto a mujeres.

Esta escultura de Gillian Wearing se debe al empeño de la periodista Caroline Criado Pérez, que promovió la campaña tras descubrir que, de las 925 estatuas censadas en Reino Unido, solo 158 son de mujeres, en su mayoría alegóricas (como la de la Justicia). De las 71 mujeres históricas, 46 son reinas o princesas.

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