No soy feliz, doctor

Hilario Blasco-Fontecilla, psiquiatra del Hospital Puerta de Hierro y autor del libro 'Hacia un mundo feliz'. :: óscar chamorro/
Hilario Blasco-Fontecilla, psiquiatra del Hospital Puerta de Hierro y autor del libro 'Hacia un mundo feliz'. :: óscar chamorro

Las visitas al psiquiatra por problemas cotidianos se han disparado. Los españoles piden ayuda farmacológica para afrontar divorcios, muertes familiares y malestar laboral. «La vida sin dolor ni enfermedad es imposible», advierten los especialistas

ANTONIO PANIAGUA

Si no es lo mismo estar triste que deprimido, ¿por qué el abatimiento se combate con la administración de antidepresivos? Si uno está de duelo por la muerte de un ser querido, ¿es lo mejor tomarse un ansiolítico? Está claro que a los españoles ya no les intimida ir a la consulta del psiquiatra. Antes era un estigma acudir a un especialista de salud mental; ahora, en cambio, es lo más normal del mundo. Lo malo es que esas visitas están desvirtuando el trabajo de los psiquiatras, que han dado la voz de alarma. Cada vez más tienen que afrontar trastornos adaptativos, problemas de la vida cotidiana que generan sufrimiento, como divorcios, disputas conyugales o conflictos laborales, en detrimento de pacientes con esquizofrenia y otras enfermedades graves.

La medicalización de la conducta no conlleva consecuencias inocuas. El consumo de ansiolíticos en España se ha disparado, hasta el punto de que más de un 11% de la población los toma. Por añadidura, un 7,5% de los ciudadanos consume una dosis diaria de medicamentos específicos para atajar la depresión. Es algo preocupante, pues el uso de benzodiacepinas durante sólo dos semanas ya provoca dependencia. Los españoles toleran mal la frustración y recurren sin pensarlo demasiado a la ayuda de los psicofármacos como si fueran píldoras de la felicidad. «Los pacientes deben aceptar que la infelicidad y el sufrimiento forman parte de la vida», asegura Hilario Blasco-Fontecilla, psiquiatra del Hospital Puerta de Hierro de Madrid y autor del libro 'Hacia un mundo feliz', en que analiza esta y otras cuestiones.

Para el experto, desde que la OMS definió en 1946 la salud como el «estado de completo bienestar físico, mental, y social» se ha producido un terrible malentendido. Así, cada vez es más fácil confundir salud con felicidad. No en balde uno de los antidepresivos más celebres, el Prozac, se vendió como la 'pastilla de la felicidad'.

SALUD MENTAL La rabieta infantil ahora se trata como «desregulación disruptiva del estado de ánimo» «Vienen buscando la felicidad, que es un propósito de vida, no un motivo de consulta psiquiátrica» De 106 trastornos descritos en 1952 se ha pasado a 357

De pecados a trastornos

En una sociedad donde la psiquiatría cobra tanta influencia, todo malestar psíquico, desde el estrés a la nostalgia, es susceptible de engrosar la lista de enfermedades mentales. Se llega a un punto en que es difícil distinguir lo sano de lo patológico. «Los vicios y pecados capitales que habían conformado la visión del ser humano están siendo sustituidos por trastornos mentales. Así, el orgulloso pasa a sufrir una personalidad narcisista, quien es sociable y comunicativo se convierte en alguien con un trastorno de la personalidad desinhibida; el jugador es un ludópata y el tímido un ser con fobia social. La gula es hoy el trastorno por hiperfagia; y la bulimia, el trastorno de atracones», alega Joseba Achotegui, psiquiatra y profesor de las universidades de Barcelona y Berkeley (California).

Para Achotegui, parte de la culpa por este fenómeno lo tiene un modelo social hedonista y de consumo. «La gente cree que cada problema debe tener una solución inmediata. Cualquier emoción negativa se puede arreglar con un producto. Se debe abrir un debate, pues en psiquiatría no disponemos de una escala que deslinde qué es trastorno y qué enfermedad mental».

Es una paradoja, pero según aumenta la supervivencia humana y los avances tecnológicos, disminuye la fortaleza de la persona y lo que los psiquiatras llaman resiliencia, la capacidad para adaptarse a un entorno adverso. La sociedad moderna odia algo inherente a la naturaleza humana como es la incertidumbre, de modo que el malestar y la insatisfacción se psiquiatrizan. Lo comprueba a diario Beatriz Rodríguez Vega, jefa de Psiquiatría de Hospital La Paz. «La medicina genética y otros avances terapéuticos anuncian un mundo sin dolor ni enfermedad, lo cual es imposible. En el servicio de Urgencias nos encontramos con intentos de suicidio por pequeñas decepciones sentimentales o complicaciones en el trabajo. Vienen buscando la felicidad, que es un propósito en la vida, no un motivo de consulta psiquiátrica».

La industria farmacéutica, los medios de comunicación y una sociedad que gusta de los remedios fáciles conspiran para que acudamos a la consulta del psiquiatra. Prueba de ello es que las dolencias de la psique se multiplican. En 1952, el Manual Estadístico de Enfermedades Mentales de Estados Unidos, conocido como DSM, contenía 106 manifestaciones patológicas. En la quinta versión (DSM-5), recientemente publicada, ya se citan 357 trastornos de la misma índole. Este libro, que también se usa en España, tipificaba la rabieta como un trastorno mental más, según Blasco-Fontecilla. En concreto, el simple berrinche aparece catalogado como «desregulación disruptiva del estado de ánimo».

Con estas premisas no es extraño que todo se trate como enfermedad mental, desde la rebeldía de los adolescentes al regreso al trabajo tras unas prolongadas vacaciones. No es casualidad que en 2013 el primer motivo de consulta en los centros de salud mental de Madrid fueran los trastornos adaptativos.

Con todo, al paciente infeliz no se le echa con cajas destempladas de la consulta. «Si se aprecia un caso que no merece tratarse en el circuito público de salud, se intenta reconducir al paciente para que visite centros cívicos y desarrolle actividades comunitarias. Por lo demás, no soy partidaria de que las patologías graves las trate el psiquiatra y las leves el psicólogo», argumenta Rodríguez.

La tendencia a medicalizar todo conduce a enfoques erróneos. Fenómenos como el acoso escolar, el 'mobbing' o persecución laboral y el 'burn-out' o desgaste profesional son ejemplos de cómo ciertos fenómenos sociales son tratados por facultativos. En sí no es malo que el psiquiatra aborde las secuelas psíquicas de un problema, pero las soluciones a los conflictos sociales no se hallan en una píldora.

Diagnósticos sesgados

En su afán por incrementar las ventas, las compañías farmacéuticas presionan para que el viento les sople de cara. El psicoanalista británico Darian Leader es autor de un polémico ensayo en el que denuncia el crecimiento espectacular del trastorno bipolar por razones espurias. En su libro 'Estrictamente bipolar' explica las razones por las que esta enfermedad se ha convertido en la dolencia psiquiátrica de moda. Como las patentes de muchos medicamentos contra la depresión caducaban, las compañías del sector buscaron nuevos nichos de mercado. ¿Qué hacer? Alentaron investigaciones en las que se proponían modalidades leves de trastorno bipolar, con lo que la frecuencia de su diagnóstico aumentó un 2.000%. Por añadidura, ahora no está mal visto ser un 'poco bipolar', que confiere un estatus de persona creativa y apasionada, como en su día estar algo 'depre' era de buen tono.

Es llamativo. Al mismo tiempo que crece la demanda de atención psiquiátrica por motivos un tanto banales, se produce el hecho contrario: hay enfermedades mentales graves que no se tratan. «La mitad de los pacientes con depresión endógena no reciben atención farmacológica. Lo mismo sucede con pacientes no diagnosticados de trastorno bipolar, psicosis y otras patologías graves», lamenta el jefe de Psiquiatría del Hospital Ramón y Cajal de Madrid, Jerónimo Sáiz.

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