«No he escogido ni lugar ni servicio, pero me siento bien»

Honorio es el único fraile en el convento de Borgo Maggiore. :: h. m.
Honorio es el único fraile en el convento de Borgo Maggiore. :: h. m.

A fray Honorio Martín Sánchez le mueve la fe. Al igual que a Judit Puig, no le ha lanzado al mundo la crisis. Tampoco la aventura, al menos en el sentido laico en que la interpretamos, sino el servicio religioso entendido como misión allá donde su orden, los Siervos de María, lo considere necesario. Por solitario que resulte. «Me encuentro en la pequeña República de San Marino desde julio de 2015 -explica-. Me preguntaron si podría venir a acompañar al único fraile que quedaba en nuestro viejo convento de Borgo Maggiore, en Valdragone, un fraile de 86 años, enfermo, débil, desanimado. Unas dos semanas, me dijo el prior... Dije que sí». A los diez días de su llegada, hubo que hospitalizar al hermano al que fue a cuidar. «Padecía un tumor y falleció. Me preguntaron si estaba dispuesto a quedarme para no tener que cerrar la iglesia y el convento. También dije que sí».

La circunstancia de fray Honorio es común entre los religiosos de órdenes con misiones repartidas por el globo. Lo marca el voto de obediencia. «Sé que no he escogido yo ni el lugar ni el tipo de servicio. Ni vivir solo. Pero esto es una excepción que impone la vida. No me lamento; es más, me siento bien. No tengo tiempo para deprimirme. Hago mi trabajo y aquí estoy hasta otro cambio de obediencia», asume a sus 65 años. Los Siervos de María se encuentran establecidos en 25 países. Son poco más de 800 frailes; en España, una docena. Y en el convento de Borgo Maggiore, uno. En su aislamiento, Honorio se ocupa de las celebraciones religiosas -«ante un pequeño grupo de personas»-, la limpieza, la compra, las facturas, la cocina, la plancha...

Natural de El Cerro (Salamanca), el hermano pasó doce años en Roma y, antes, otros cinco en Mozambique, «en los ochenta, en medio de una guerra fratricida, con un país destruido, asolado en la miseria más increíble». Allí ocurrió lo inesperado: «Quería aportar y fui yo quien recibió de la gente sencilla y de su fe. Fui yo quien resultó evangelizado». Por eso, «si puedo, regreso a Mozambique cada verano». Lo hizo hace unas semanas para confirmar con dolor «la situación trágica de la población». También ha visitado El Cerro, «mis raíces, mi gente, mi casa, los recuerdos...» ¿Y un retorno definitivo? «No depende sólo de mí; también de mis responsables. No tengo mayores ambiciones». La obediencia.

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