CRÓNICAS DEL NO VERANO DESDE PERÚ BELÉN BALADRÓNPsicología del mototaxi

Atascos. Hora punta en una calle de Arequipa atestada de coches. :: r. c.

'Manejar' en Lima es una gesta épica. Me muevo en taxi. Eso sí, llamas a uno y vienen cuatro. Se ponen en cola para negociar.

Conducir en Perú es una actividad heroica. Asegurar la integridad de lo propio y lo ajeno, en condiciones de caos isótropo, no es para cualquiera. 'Manejar' está a la altura de gestas épicas y odiseas inenarrables. Así que proclamo sin complejos que sí, que hace ya tres años que me muevo en taxi. El caos está lleno de ventajas para los pudientes, y antes de que defina la mirada sobre uno de los autos que se aproximan en marabunta por la Avenida Salaverry, ya cuatro se fijaron en el perezoso aleteo de mi mano (en España se extiende la mano, pero aquí hay que agitarla), y hacen cola frente a mí bloqueando dos de los cuatro carriles del principal eje Norte-Sur de la ciudad.

¿Y por qué hacen cola? Pues para negociarme el precio de la carrera. ¿Y por qué hay cuatro? Porque si no llego a un acuerdo con el primero, pues el segundo lanzará su mejor oferta, y así todos guardan la esperanza de hacer caja; creo que con la chaqueta de vestir que llevo y esta pinta de gringa gigante que Dios me ha dado, debo de parecer la gallina de los huevos de oro.

La selección del taxi no es tampoco un tema baladí. Es recomendable primeramente descartar los taxis con agujeros en la chapa que parecen salidos de desguace. Da una pena infinita dejar al viejito conductor con la mirada prendida en nosotros sin darle bola, pero en la experiencia me reafirmo habiendo sobrevivido a conductores sordos, cuentakilómetros sin aguja o ejes de dirección fallidos... «Señorita, no me diga que quiere girar a la izquierda, que justamente para ese lado no me gira el 'carrito'».

Mi modus operandi consiste en mirar la pinta del conductor y encomendarme al Santísimo

El segundo punto a tener en cuenta, dice la gente, es la licencia. Si el cartel de taxi es una pegatina de quita y pon en el vidrio, o al acercarse el conductor retira del techo del vehículo dicha señal, se recomienda sospechar. Sin embargo, tras cuatro años en estas húmedas latitudes, si restringiera mi movilidad a la legalidad, no habría salido de casa. Mi modus operandi consiste en dar un repaso a la pinta del conductor y encomendándome al santísimo en un acto de fe laica y confianza a la Humanidad, subirme y pa'lante. Estoy muy orgullosa de decir que la gran mayoría de la gente es buena, incluso simpática. Que jamás me han robado, ni asaltado; más al contrario, me han cuidado y ayudado. No he vivido ni uno solo de los sustos y miedos con los que me amenazan mis amigos limeños rememorando los terribles años del terrorismo. (Toquemos madera)

Y una vez seleccionado el taxi, ahí ya toca negociar.

- Señor, voy a Barranco

- Ah, no. Ahí no voy.

¡Tras todo este esfuerzo, ni me lleva ni me da explicaciones y encima arranca y casi me arranca un pie! Pues sí, así es. Y no sirve lamentarse. De haber sido peruano, Erich Fromm habría escrito 'El ejercicio de la libertad'.

Segundo taxi

Con intención y de carrerilla:

- Señor, voy a Barranco, a la Avenida Almirante Grau, a la altura de los Bomberos, como que llegas al óvalo Balta y ahí tomas la auxiliar y tres cuadras no más. Por la Costa Verde llegamos al toque! Mire Usted el Waze, sólo 15minutos.

- Mmmmm... 15 soles

- ¡Pero cómo 15! A sol por minuto no me pagan ni a mí. 10 le doy.

- Pero señorita, es lejos y el tráfico...

- 13

- 12

- 12.5

El resto de los diez mil vehículos atorados detrás de mis cuatro taxis empiezan a pitar desesperados...

- Ok! !Ya!

Mi madre dice que regatear dos soles es ruin, pero la carrera en verdad valía 8. ¡Cuidado con cómo se van de rápido los solecitos! El hábito de tomar taxis ha despertado en mí un aburguesamiento insospechado, que me impide caminar y valerme por mí misma con la soltura de antaño, arrastrada por la tentación de pensar en euros (1 sol = 0,35 euros), pero también se han convertido en un contacto cotidiano con un mundo más grande que el mío, más crudo, más real de lo que imaginé, y alegre e hilarante también.

Hoy me ha traído a casa Edmun Quispe en un 'Nissan Versa' con televisión y todo (usé Uber, pero eso no os lo cuento que es igual de eficaz y aburrido en todas partes). Muy simpático Edmun, ha aguantado mis diatribas y maldiciones al tráfico cuando una camioneta casi nos aplasta al cambiarse de carril tras anunciarlo escasamente segundo y medio antes. El hábil taxista ha sorteado las tres toneladas de amenazante todoterreno con una maña que jamás tendré y una sonrisa impertérrita que amerita su salario.

Edmun me ha contado que él es taxista profesional. Que una vez estuvo en una empresa transportista donde le obligaron a tomar capacitaciones en conducción defensiva y psicología de mototaxis... (Mototaxi: Dícese del vehículo de tres ruedas con aspecto de huevo techado con lona, decorado con luces de neón y motivos de Batman, Spiderman o Jesucristo). ¿Psicología del mototaxi? ¿Pero eso qué es?

- Sí, señorita, pues es cuando le enseñan a uno a interpretar los gestos de las motos y mototaxis, porque sabe usted que esos hacen lo que les viene en gana y se meten ahí no más. Cuatro domingos enteros que duró el curso.

- ¿Un mes?

- Sí, señorita, pero ahora yo sí sé ya bien si van a girar, así no pongan la luz, sólo con verles el gesto de la cabeza o el brazo. Hasta ahorita, en años ningún choque, mire usted, ni con carro ni con moto.

- Es usted mi héroe Edmun. Muchísimas gracias.

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