CRÓNICAS DEL NO VERANO DESDE DINAMARCA PABLO BARBADOHasta dónde llega el civismo

Nyhavn. Es el distrito favorito para vivir, con sus canales y sus casas de colores. :: afp
Nyhavn. Es el distrito favorito para vivir, con sus canales y sus casas de colores. :: afp

Jovial y cosmopolita, todos quieren vivir en Copenhague, pero encontrar piso, aunque sea una habitación, es una odisea

Con impertérrita mirada ante la pantalla del ordenador, observo cómo los comentarios a pie de foto van inundando las redes sociales. Alguien más parece estar interesado en encontrar una habitación para vivir en Copenhague. Después de varias semanas intentando sin éxito contactar con diferentes propietarios, uno empieza a acostumbrarse a que su bandeja de salida esté plagada de mensajes perdidos en el olvido. Recuerdo con absoluta claridad aquella vez que estuve al otro lado; en apenas veinticuatro horas, fueron más de sesenta los comentarios de jóvenes interesados en alquilar la que había sido mi habitación durante casi dos años.

Dinamarca es envidiable en muchos sentidos. Con tasas de desempleo habitualmente inferiores al 5% y uno de los índices de desarrollo humano más altos del mundo, el país cuenta con merecido reconocimiento internacional por sus buenos quehaceres políticos. Además, y para sorpresa de los amantes de la caña y tapa a un euro, ha encabezado durante varios años consecutivos el informe mundial de felicidad elaborado por la ONU, relegada a segunda posición este año por la aún más nórdica Noruega. Todo esto, junto con la facilidad de expedición de visados que ofrece a trabajadores extracomunitarios y la gratuidad de la enseñanza a todos los niveles, convierten al país en la encarnación de la 'Utopía' descrita por Tomás Moro.

«Pero no es oro todo lo que reluce», dice el refranero español. Y es que, a pesar de su reducido número de habitantes -apenas seis millones en todo el territorio-, casi un tercio se concentra en el área metropolitana de Copenhague, creando una considerable desproporción geográfica de la población. Dado su carácter joven y cosmopolita, tanto extranjeros como nativos quieren vivir en la gran capital. Por desgracia, el Ayuntamiento no ha sabido responder a tiempo a la masiva llegada de personas y el avance de la nueva construcción ha sido demasiado lento. Y, ya se sabe, un exceso de demanda en proporción a la oferta produce inflación de los precios. Copenhague no ha conseguido escapar así del mal que ya azota a otras urbes europeas como París, Londres o Múnich, donde buscar piso se convierte en una odisea en la que uno navega entre rentas absolutamente desorbitadas.

La gente hace cola en la calle para ver un dormitorio de 10 metros cuadrados

Como cada agosto, el nuevo curso universitario comienza y con él, hordas de estudiantes de todo el mundo se mudan a Copenhague para cursar sus estudios. En Dinamarca es legal el subalquiler de habitaciones, por lo que la opción más factible es que encuentres un cuarto en una casa compartida con más gente. Al principio eres optimista y tu cabeza reproduce un espacio con muebles diseñados por Arne Jacobsen y vistas al Parlamento. Defines un presupuesto idealizado, generalmente a la baja, y una vez has descubierto que todos los portales de búsqueda son de pago, te apuntas a las páginas de Facebook en las que se ofertan viviendas. A la caza de precios que se ajusten a tu primera estimación, automáticamente tu mente empieza a salir de su zona de confort. «¡Bueno, seguramente no esté tan mal vivir en el extrarradio, el centro está sobrevalorado!», «¿Ah, realmente para qué necesito un salón?», «¡Seis metros cuadrados de habitación no es tan pequeño, al menos cabe la cama!»... El primer paso es aceptarlo.

Ante la falta de respuestas en tu bandeja de entrada, empiezas a mandar mensajes indiscriminados a cualquier oferta que aparezca en tus notificaciones. Ya te ves dispuesto a apoquinar lo que sea necesario, pero el problema no radica en lo que estés dispuesto a pagar; simplemente, en que no hay sitio para todos. Este pequeño detalle acabará a la larga por socavar tu integridad mental. El piso se lo llevará el más rápido, el más creativo, el que mejor caiga. A partir de ahora, todo vale para hacerse con el preciado tesoro.

Acceder a la visita de una habitación no es mucho más alentador. El propietario suele abrir con la típica frase: «Voy a ser honesto, hay unas cuantas personas más interesadas». A veces debes escribir tu nombre y número de teléfono en una lista que ya suma otros treinta o cuarenta participantes. Se habla de visitas abiertas a pisos en las que la fila de gente da la vuelta a la manzana. Uno pasea por la calle creyendo ver la cola para la compra del nuevo modelo de iPhone, pero realmente solo es una habitación amueblada de 10 metros cuadrados en Nørrebrogade por 4.000 coronas (unos 540 euros). En paralelo al mercado privado de alquileres, Copenhague cuenta con una extensa red de viviendas propiedad de cooperativas, 'andelsbolig', en las que los precios están regulados. Ellas son las encargadas de gestionar y promover estos alojamientos temporales de carácter social. El problema sigue siendo que, debido a la voraz demanda, se necesitan años de espera en sus interminables listas para hacerte con unas llaves. La dimensión del problema es de tal magnitud, que hasta se han barajado proyectos para alojar a los estudiantes en containers reconvertidos en casas compartidas.

La ciudad se enfrenta a un tema crucial en los años venideros para intentar minimizar el incremento de los precios. En este periplo que encaramos cada cierto tiempo los habitantes de Copenhague, se demuestra que hasta las sociedades más cívicas tienen límites. Mientras se encuentra la solución, seguiremos haciendo acopio de paciencia y desbloqueando continuamente el móvil por si ha llegado un nuevo mensaje esperanzador. Hoy, no ha habido suerte.

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