La costa que devoró a la Armada

::/ REPORTAJE FOTOGRÁFICO:  SERGIO GARCÍA
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Las huellas del mayor desastre naval de España perduran al oeste de Irlanda, donde las tormentas modelan afilados bajíos y acantilados inexpugnables

SERGIO GARCÍA

Son las diez de la noche y el mar azota con saña la costa de Irlanda del Norte. La espuma de las olas se acantona en pequeñas balsas, mientras el temporal descarga toda su furia sobre la Calzada de los Gigantes, un paisaje que parece sacado de la imaginación febril de un dibujante de cómics: 40.000 columnas de basalto, todas hexagonales, más negras conforme uno se acerca a las rompientes. La huella de una erupción volcánica sin precedentes y un paisaje de pesadilla. Al menos eso les debió de parecer al medio millar de soldados y marineros del 'San Marcos', el galeón que en 1588 trataba de regresar al abrigo del Golfo de Vizcaya después de la espantada que protagonizó la Armada Invencible en aguas del Canal de la Mancha, el mayor desastre naval de aquella España donde no se ponía el sol.

El 'San Marcos' llegaba tocado, y como él muchos otros barcos de aquella escuadra formada por 130 naves y 29.000 hombres entre infantes, marineros, caballeros de fortuna y, cómo no, clérigos. Los combates, escasos, y el acoso inmisericorde de los temporales habían dejado su huella en el casco después de que los brulotes -barcos cargados de explosivos y material inflamable- que lanzaron los ingleses sembraran el desconcierto en una flota que debía embarcar a 27.000 soldados a las órdenes del duque de Parma en Dunkerque para marchar desde allí al asalto de Londres y castigar así los ataques de Francis Drake al comercio con América, el apoyo británico a las revueltas en Flandes y la amenaza al catolicismo que representaba el cisma anglicano.

El calvario no tardó en revelarse en toda su crudeza. Aquella gloriosa misión se convirtió por azares del destino en una desbandada general al no contar con vientos a favor y tener que rodear primero Escocia y luego Irlanda para emprender el camino de vuelta. Las tormentas no daban tregua a la escuadra, que cada vez que tocaba tierra era fustigada por la población local. El 'Gerona' se hundió después de haber sido reparado, sobrecargado con 1.300 personas a bordo, en Lacada Point, cerca del castillo de Dunluce y la Calzada de los Gigantes. Fue la última de una larga lista de bajas, lo más granado de la Armada. 'La Trinidad Valencera', el 'Gran Grin', 'La Juliana', el 'Falcón Blanco Mediano'... Así hasta 24, todos a pique; nombres empapados de salitre y épica, cuyos restos siembran la costa de Irlanda, desde el condado de Antrim hasta los acantilados de Moher y los bajíos de Kerry. Eso los que no han acabado en museos como el Nacional de Dublín o el del Ulster, en Belfast, que exponen con orgullo falconetes y espingardas.

A bordo de 'La Rata Encoronada' viajaba Alonso Martínez de Leyva, quien perdió la vida tras prender fuego a su barco en Fahy Strand y resistir tierra adentro hasta el último de sus 600 hombres. No corrió mejor suerte el 'Concepción del Cano', atraído a la costa con hogueras que los nativos encendieron simulando faros y que sólo perseguían el engaño y la posterior rapiña. O los más de 300 soldados y nobles que fueron hechos prisioneros en Galway y mandados ejecutar por el virrey inglés de Irlanda, William Fitz William, el 9 de octubre de 1588. Todos ellos enterrados en una fosa común señalada hoy con una placa conmemorativa. Un capítulo negro en el que se incluye también a las tropas embarcadas en el 'San Esteban' y en el ya mencionado 'San Marcos', ahorcados en Killilagh, a la vista de las descarnadas islas de Arán. Su paso por estas tierras alimentó el mito de los 'black Irish', los supuestos descendientes singularmente morenos en una geografía donden priman rubios y pelirrojos.

Hubo quien sobrevivió, aunque sólo fuera para dar testimonio del infierno que se desató en tierra. Francisco de Cuéllar viajaba en 'La Lavia', que junto al 'Santa María de Visión' y el 'San Pedro' zozobraron en la playa de Streedagh, en el condado de Sligo, que siglos más tarde vería crecer al poeta Yeats a la sombra del monte Benbulben, entre prados salpicados de rebaños de ovejas. Su relato, el del capitán segoviano, escrito en Flandes un año más tarde cuando ya estaba a salvo, sería devorado después en la Corte. Una epopeya con la que enjuagar el sabor de la derrota, donde se hablaba incluso de alianzas con clanes como el de los O'Rourke y matrimonios de conveniencia rotos con la misma velocidad con que se concertaron. Ese espíritu parece haber sobrevivido en un pub del Bogside de Derry, donde un cartel pintado sobre la barra informa a todo aquel que entra buscando una pinta de Guinness : 'Aquí no hay extraños, sólo amigos a los que aún no hemos tenido el gusto de conocer'. Afortunadamente, algunas cosas sí han cambiado.

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