Convivir con el oso

Más de dos meses han tardado en capturar al osezno herido. El miércoles, para alegría de los vecinos, se consiguió. :: a. a/
Más de dos meses han tardado en capturar al osezno herido. El miércoles, para alegría de los vecinos, se consiguió. :: a. a

Capturan a un osezno que llevaba dos meses merodeando por un pueblo de Cantabria. Como él, cada vez más bajan del monte buscando comida

IRMA CUESTA

Aquella noche, sobre las dos y media de la madrugada, a José María le despertaron los perros. Aunque se parapetó bajo las mantas esperando a que se callaran, daban tanta lata que terminó levantándose a investigar qué diantres pasaba y poner un poco de orden. Pero quién se iba a imaginar que al abrir la puerta de casa se iba a topar con aquello. A José María, el oso que llevaba semanas merodeando por su pueblo, le pilló en calzoncillos.

La realidad es que en Cambarco, una aldea de Cabezón de Liébana (Cantabria), es complicado encontrar a algún vecino que no se haya cruzado en algún momento de estos últimos meses con el confiado osezno que ha vagado por la zona con una pata herida y ha traído de cabeza a los responsables de la Consejería de Medio Rural del Gobierno cántabro, hasta su captura el pasado miércoles.

Y eso que cualquiera de los paisanos podría haber cogido al hambriento animalito durante uno de sus paseos por el pueblo en busca de cerezas y manzanas. También desde la Fundación Oso Pardo se han quedado afónicos reclamando una actuación que salvara al osezno antes de que sea imposible devolverlo a su medio natural. El caso es que no es el único de su especie que de un tiempo a esta parte ha tomado gusto a la civilización.

Juan María Briz se ha cruzado con la cría y con otro oso mucho más grande (de unos tres años y cerca de cien kilos) cinco veces desde junio. El primer encuentro tuvo lugar un día, poco después del amanecer, y ambos se dieron un buen susto. «Nos quedamos uno frente al otro y no sé quién de los dos estaba más impresionado. Yo mucho, desde luego. Ese grande no ha vuelto desde Nochevieja. Dicen que los petardos que se tiraron esa noche han debido de asustarlo... y puede ser. Hasta entonces, por aquí andaba entrando en las huertas por las noches para darse un banquete con las manzanas caídas y fastidiar las ramas de los árboles que aún quedan. Ese sí que impone. Otra vez me lo encontré cuando aún no había luz, a la salida de una curva junto a la iglesia. Estaba allí parado mirándome», cuenta Juan María, reconociendo que entre los mayores del pueblo los hay que no están demasiado contentos con los nuevos vecinos de cuatro patas. Y eso que entre los abuelos de allí siempre hay alguno que atesora una historia familiar de cuando se toparon con un oso.

La prueba es que a Paquito, su madre, de 93 años, le repite a cada rato que si su padre estuviera vivo hace tiempo que el problema se habría acabado. Es complicado explicarle a la señora que ahora es imposible matarlos si uno no quiere meterse en un buen jaleo, y que ha costado mucho que el oso pardo, declarado hace tres décadas en peligro de extinción, vuelva a pasearse por los montes de la cordillera cantábrica hasta conseguir que, según los últimos estudios, haya no menos de 40 osas repoblando la zona. Eso, y que el reto ahora es lograr el complicado equilibrio entre preservar la especie y que la gente viva tranquila.

Cuando solo son peluches

Seguir el rastro de los osos de Cambarco de la mano de Guillermo Palomero, presidente de la Fundación Oso Pardo (FOP), le hace soñar a cualquiera con convertirse en el nuevo Félix Rodríguez de la Fuente. Mientras busca sus huellas más recientes, Palomero cuenta que nacen en enero con cerca de 400 gramos de peso y que en abril salen de las oseras con cuatro kilos convertidos en auténticos peluches. Según esos cálculos, el nuevo vecino de Cambarco acaba de celebrar su primer cumpleaños. Lo extraño, apunta el experto, es que haya andado tanto tiempo solo y herido, y no se haya encontrado ningún rastro de la madre.

La falta de comida en el monte ha empujado a los plantígrados a bajar a los pueblos. Hace solo unos días un tercer oso se acercó a Garabandal, otro núcleo de Cantabria, a darse un festín con un par de colmenas. «Era uno grande, fuerte y gordo de comer tantas castañas», explica gráficamente el alcalde.

La sequía de los últimos meses ha complicado las cosas. Ya en verano se acercaban a las fincas a atiborrarse de cerezas y más tarde, de arándanos, moras y manzanas. Cuando ya hemos aprendido que, además de la miel, a los osos les pierde la fruta, el presidente de la FOP explica por qué era tan importante darse prisa en capturar al osito herido. «El gran problema está en el tiempo que ha pasado visitando el pueblo y en que podría haberse habituado a estar y moverse entre humanos. Eso complicará mucho las cosas si en el futuro el animal se cura, como así parece, y debe ser devuelto a su medio natural». Él se ha cansado de advertir que, por muy gracioso que resulte ahora, el mamífero crecerá y a la vuelta de unos meses habrá perdido toda esa gracia de los peluches. «Eso puede generar todo tipo de conflictos: provocar accidentes, morder a un niño... cualquier cosa».

Extraños vecinos

De momento, basta una charla con Domingo, otro vecino de Cambarco, para saber que tener osos tan cerca de casa, además de exponerte a un susto de muerte si una noche te cruzas con uno de ellos, trae otros problemas. Él se dirige a un terreno de su propiedad, en el extremo del pueblo, que los jabalíes han puesto patas arriba. Cuenta que la maquinaria desplegada nada más conocerse que el osito andaba suelto y herido por la zona, obligó a suspender las cacerías que iban a celebrarse en esos bosques. Eso, asegura, ha atraído a todos los jabalíes del entorno al único lugar en donde pueden sentirse a salvo. ¿Las consecuencias? Más de una finca destrozada.

El osito ya está a buen recaudo. Está siendo tratado por los especialistas del Centro de Recuperación de la Fauna Silvestre de Villaescusa (Cantabria), donde ha pasado las dos primera noches tras su captura. «Se encuentra estable y en un buen estado general de salud pese a tener una herida en la pata». En Cambarco confían ahora en que tarden en recibir nuevas visitas de este tipo. A quien aún no se le ha quitado el susto del cuerpo es a Miguel Ángel González, de Garabandal, que teme que el oso goloso que hace nada se zampó dos colmenas, se haya quedado con ganas y regrese cualquier día de estos. «Aunque nos digan que no pasa nada, que no nos preocupemos, creemos que es un peligro y queremos que nos quiten ese bicho de ahí». Y es que a González le preocupa que, además de acabar con las reservas de miel de buena parte de los vecinos, se acerque demasiado a la famosa explanada de las apariciones marianas de Garabandal y ataque a algún turista. «Aquí la gente visita la campa hasta de noche, y muchos no quieren subir por el miedo».

La realidad es que los expertos reconocen que los conflictos entre humanos y osos son muy diversos y han sucedido en todas las poblaciones a lo largo de la historia, aunque la mayor parte tienen relación con la necesidad del animal de buscar comida. Colectivos como la Fundación Oso Pardo claman por una adecuada gestión del asunto; es la única manera -aseguran- de garantizar la conservación de casi todas las poblaciones de osos, conseguir su coexistencia con las actividades humanas y evitar conflictos. Hablan de ello sin esconder que están preocupados porque creen que el osito de Cambarco, al que se ha bautizado con el nombre de Beato (por el beato de Liébana, nombre de la comarca), quizá no sea capaz ya de vivir lejos de nosotros. Beato no solo tendrá que curarse, también decidir qué hace a partir de ahora con su vida.

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