'Colas de caballo' petrificadas

'Colas de caballo' petrificadas

En el valle noruego de Rjukan su mayor atractivo es también su peor característica. La orientación de su cadena de montañas aísla la zona de tal forma que se pasan seis meses al año sin recibir ni una gota de luz solar. Una ceguera natural que no se acabó hasta 2013, cuando el artista y habitante del valle Martin Ardensen instaló espejos que reflejan los rayos desde el otro lado del valle. Hasta entonces, el blanco nuclear de la epidermis de sus poco más de 3.000 habitantes sólo tenía una opción para darse un baño de sol: subirse al Krossobanen, el teleférico que les lleva a lo alto de la montaña que cierra el valle.

Pero esa nevera permanente también les permite albergar la mayor concentración de cascadas de hielo de toda Europa. Hay más de 250 catalogadas en poco más de 30 kilómetros. Un paraíso para los amantes de las cordadas, el piolet y los crampones sobre un manto blanco. Espectaculares 'colas de caballo' cristalinas como el Ozzimosis, el Mael o Lower George que atraen cada año, entre septiembre y marzo, a miles de europeos. Además de desafiar al hielo, la pequeña villa de la región de Telemark está orgullosa de haber sido capaz de parar a los nazis en la II Guerra Mundial. Se explica con esta orografía.

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