UN BOSQUE DEVALUADO

Los rayos de luz tamizados por copas y troncos son  una de las señas de  identidad del otoño. /  R. C.
Los rayos de luz tamizados por copas y troncos son una de las señas de identidad del otoño. / R. C.

El otoño invita a reencontrarse con el monte. Y a revisar unas políticas ambientales fallidas. «O gestionamos el paisaje, o lo hará el fuego», avisan los forestalesEl fuego no es el único enemigo del monte. El abandono y la falta de planes amenazan la mayor diversidad de Europa

ANTONIO CORBILLÓN

La llegada del otoño invita a disfrutar de la magia de la luz natural tamizada por las masas boscosas españolas, el país con la mayor biodiversidad de Europa. Tras este eterno 'veroño' parece llegado el momento de recuperar la sensación de que el tiempo se detiene bajo las copas de los hayedos de las faldas del monte Gorbea en Otzarreta (Orozko, Bizkaia). De entender que los castaños no son patrimonio del noroeste y se puede perder uno en los del Alto Genal (Ronda, Málaga), uno de los más grandes del sur de Europa. Evadirse en la inmensidad de los pinares de Valsaín (Soria). O en la dehesa de bosques mediterráneos de El Saler (Valencia)...

Tiempo de intentar dejar atrás la imagen de madera calcinada, esas 100.000 hectáreas (la mitad de toda la provincia de Gipuzkoa) que se han perdido en lo que va de año. De las 35.000 hectáreas, además de cuatro vidas y docenas de casas, perdidas en Galicia el pasado fin de semana. Llega la estación para soñar con -y en- los bosques, pero sin olvidar que «o gestionamos nosotros el paisaje o lo hará el fuego», como advierte desde la Campaña de Bosques de Greenpeace Miguel Ángel Soto.

Harán falta todavía muchas rachas nefastas para acabar con los más de 27,5 millones de hectáreas de zonas verdes (18,4 de ellas arboladas) que tenemos en España. Eso es un poco más de la mitad del territorio nacional. El doble que Francia, el triple que Alemania. Sólo Suecia se equipara a España en zonas forestales.

Raúl de la Calle Ingeniero forestal «La gestión forestal es una riqueza que no se aprovecha» Miguel Ángel Soto Experto en bosques de Greenpeace «Medio siglo de abandono no se revierte en un verano, ni en varios»

Nos hemos acostumbrado al ritual desolador de las llamas. Es otro peaje por mirar todo lo que no es urbano de soslayo. «La sociedad percibe el bosque como una postal bonita, pero estática. Pero el bosque es un conjunto vivo que nace, crece, se reproduce y muere», resume Ignacio Macicior, vicepresidente de la Asociación Nacional de Empresas Forestales.

A cada ciudadano habría que hacerle esta pregunta: ¿Qué piensa hacer con sus 150 árboles? Por que esa es la cifra que nos tocaría a todos y cada uno si repartiéramos a escote los 7.000 millones que tenemos en la Península, según el Inventario Forestal Nacional. Es cierto que el 70% están en manos privadas. Pero esa cantidad, y por tanto la responsabilidad de cuidarla, no deja de crecer ya que las repoblaciones superan de largo a lo que se calcina. «Es verdad que cada vez tenemos más masa forestal, pero también cada vez está más abandonada por la crisis del mundo rural», lamenta Raúl de la Calle, secretario del Colegio de Ingenieros Técnicos Forestales. En su mente, el recuerdo de su familia, profesionales resineros en las Tierras de Pinares segovianas.

La unanimidad de los expertos es total. La plaga incendiaria no es más que otra venganza de la España vacía. La Laponia interior. «Donde están los bosques no están los humanos. Los técnicos forestales sólo estamos apagando la luz antes de abandonarlo todo. El resto lo completan las llamas», advierte de forma gráfica Alfonso Fernández-Manso, ingeniero de montes y catedrático que trabaja con universidades de todo el mundo para alimentar de ideas el Laboratorio de Innovación Territorial de la Universidad de León.

En materia forestal lo tenemos todo. Lo mejor y lo peor. «Pero corremos el riesgo de morir de éxito -diagnostica el jefe de Área de Inventario y Estadísticas Forestales del Ministerio de Medio Ambiente, Roberto Vallejo-. El abandono del campo ha multiplicado las masas forestales, que han crecido en 1,3 millones de hectáreas. El gran debate es cómo gestionar ese patrimonio».

¿Un futuro Sahara?

Este analista, acostumbrado a salir a los campos a medir y contar, introduce en el complejo debate un argumento que implicaría a todos. «La sociedad tendría que pagar por tener todos esos montes, de cuyos beneficios nos aprovechamos todos». Es una forma de responder a otra de las muchas preguntas que nos lanzan los bosques desde su quietud. ¿En cuánto valoramos la diversidad paisajística? ¿Cuánto cuesta mantener sumideros naturales para depurar el carbono?

Así hemos llegado a tener el país más rico en diversidad ambiental y el más vulnerable al cambio climático. Porque la tercera parte de esa riqueza (nueve millones de hectáreas) está en riego de desertificación, según advertirá el informe 'La situación de los bosques y el sector forestal en España 2017' que presentará en breve la Sociedad Española de Ciencias Forestales. Su presidente, Felipe Bravo, avisa de que «España está en un cruce de caminos y con especies del centro de Europa y otras de la frontera sur. Pero los cambios globales van a convertir a los bosques en la frontera del desierto».

España no solo es una potencia ambiental. También lo es en investigación forestal, con equipos de trabajo que son referencia internacional. Y que no dejan de preguntarse para qué sirven tantos planes y estudios. «Incluso en los pocos bosques con planes de ordenación, éstos no se aplican. Hay mucho papel escrito pero no se ejecuta», denuncia Fernández-Manso. En resumen, que podremos llegar a ser la puerta europea del Sahara... si todos estos expertos siguen predicando en el desierto.

Los árboles no votan y los cada vez menos españoles que viven cerca son más viejos, están más solos y tienen un peso irrelevante en la riqueza nacional. Porque esa mitad no asfaltada del país apenas genera el 0,5% de la riqueza nacional. «Se hace cada vez menos agricultura y ganadería. Ese abandono es un problema de Estado», insiste Nicolás López, responsable de Especies de la Sociedad Española de Ornitología (SEO).

Esta semana, y no muy lejos de las llamas en Asturias, 16 organizaciones como la suya se reunían en el Foro de Acción Rural para debatir sobre la despoblación y reclamar un Plan de Acción Forestal que plantee un uso más sostenible de las masas boscosas. Y, entre tanta desazón y frentes abiertos, aportan ejemplos para la esperanza. Uno de los modelos para ese futuro está en Extremadura. Las estadísticas oficiales aseguran que Cáceres y Badajoz son las provincias con mayor extensión verde del país. «Y allí casi no hay fuegos -explica Nicolás López- porque aplican una gestión de mosaico y discontinuidad, con un reparto mixto de agricultura, ganadería y pastoreo que abre el bosque y minimiza los fuegos».

«Eso es así porque nadie deja que se queme la tierra en la que desarrolla su actividad. No hay nada más flamígero que un trigal castellano en julio y, sin embargo, ¿cuándo se ha visto un incendio en ellos? Nunca», completa el experto ministerial Roberto Vallejo.

Todos estos analistas y amantes de nuestros bosques también coinciden en apartar tópicos que simplifican el problema de la gestión. Uno de ellos es la criminalización de los pinos y los eucaliptos, las dos especies que más repoblan nuestros campos.

Nunca pensó el benedictino gallego fray Rosendo Salvado en los efectos de traer una planta de eucalipto desde Australia hace siglo y medio. Hoy ocupa más de 400.000 hectáreas por el noroeste peninsular y tiene fama de arder fácilmente y 'canibalizar' al resto de especies. Con las siete variedades de pino más habituales sucede lo mismo. Se impone la replantación de crecimiento rápido y usos comerciales. Pero ningún bosque se quema «si alguien no lo prende. Los fuegos no los provocan las especies», argumentan al alimón Raúl de la Calle (Colegio de Ingenieros) y Nicolás López (SEO).

España ha duplicado en los últimos 30 años el volumen de biomasa aprovechable de sus bosques. Un sector que debería ayudar a generar riqueza y fijar población rural. Las cortas de árboles alcanzarán en breve los mil millones de euros de valor anual.

De ahí que los expertos hayan perdido el miedo al tabú de meter más motosierra entre los troncos. «Necesitamos bosques más abiertos, con menos densidad pero más diversidad, para reducir la competencia entre los árboles. Ya hay demasiado estrés hídrico entre ellos», lamenta el portavoz de Greenpeace, Miguel Ángel Soto. Es otra de las muchas coincidencias globales entre ingenieros, Administración y ecologistas; entender que «las masas verdes no tienen que ser jardines», pero sí necesitan planes de trabajo. «Ahí está la 'ventana' de oportunidades que debemos aprovechar, y no esperar a catástrofes como las de Portugal o California», propone el catedrático Fernández-Manso.

Mientras los expertos debaten, es tiempo de abandonarse a la llamada del otoño, al cobijo de esa naturaleza a su vez abandonada.

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