BOMBA

ARANTZA FURUNDARENA

El sonado desencuentro entre la reina Letizia y su suegra me pilló de vacaciones en Mérida, Yucatán. Pero hasta allí llegaron los ecos... La culpa de que hoy no se pueda desenchufar de verdad la tiene la conexión inalámbrica. Cree una haber llegado a un lugar remoto donde nadie le va a hablar de Puigdemont y resulta que hasta en las ruinas mayas más intrincadas hay wifi. Como que en un relieve me pareció ver a dos gemelos junto a una inscripción que decía: «Los inefables mellizos Iglesias Montero»... Sería el calor, pero así no hay quien desconecte. Una mañana me quedé observando a una humilde india sentada en un banco de la catedral de Mérida. Llevaba un rebozo atado a la espalda y dentro, un niño dormido. Se la veía tan encorvada, recogida y concentrada en su oración... Pobrecita, pensé, parece desesperada. Hasta que me acerqué un poco más y descubrí que lo que hacía era consultar divertida su móvil. Lo mismo estaba cotilleando el vídeo viral de los famosos quince segundos...

La cosa es que poco después la madre con niño a la espalda se levantó y empezó a sacarle fotos a una imagen de la Virgen. Por el pasillo avanzaba atribulado otro penitente de rodillas. Abandoné la catedral antes de que el buen hombre lograra llegar al altar. Pero no me habría extrañado nada que una vez conseguida su hazaña se hubiera hecho un selfi con San Ildefonso. En la calle, grupos de diminutas indias de Chiapas, cargadas con bultos más grandes que ellas, vendían blusones y bolsos bordados con vistosos estampados. Desprendían ese aroma inocente y rural del que acaba de salir de un poblado hecho de barro y palapa. Sin embargo, fui testigo de cómo una cortó en seco el regateo con una turista gringa porque en ese momento le entró una llamada al móvil. Lo mismo le estaban dando la noticia de la excarcelación de Puigdemont... Los yucatecos, risueños por naturaleza, tienen un tipo de chascarrillo al que denominan bomba. Esas bombas son como chistes en verso cargados de retranca. El jueves por la noche acudí a la tradicional serenata del parque de Santa Lucía. Entre actuación y actuación, las floridas bailarinas consultaban sin parar su móvil, mientras un veterano presentador lanzaba sarcásticas bombas... ¡De suegras!

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