Adiós a la condesa 007

La condesa de Romanones, aquí en una fotografía del año pasado, siempre hizo gala de su vitalidad y cercanía. :: ángel de antonio  El presidente de EE UU Gerald Ford conversa con Griffith. :: efe/
La condesa de Romanones, aquí en una fotografía del año pasado, siempre hizo gala de su vitalidad y cercanía. :: ángel de antonio El presidente de EE UU Gerald Ford conversa con Griffith. :: efe

Aline Griffith, esposa del difunto conde de Romanones, fallece a los 94 años en Madrid tras una fascinante vida como aristócrata y espía

SUSANA ZAMORA

Cuando la casa de subastas Sotheby's calificó hace unos años la vida de Aline Griffith (Nueva York, 1923) de «fascinante» no le faltaban argumentos. En la biografía de la condesa viuda de Romanones hay de todo. Periodista por vocación y espía por decisión propia. Modelo, escritora y empresaria. Su condición de aristócrata la adquirió cuando se casó en 1947 con Luis Figueroa y Pérez de Guzmán, III conde de Romanones y Grande de España, con el que tuvo tres hijos: Álvaro, Luis y Miguel. Fue una mujer inquieta, cercana y vitalista que, sin embargo, no pudo superar el enfisema pulmonar que arrastraba desde hacía años. «Moriré con mis secretos», anunció en más de una ocasión y así lo hizo en Madrid el pasado lunes, a los 94 años. Pero no todos se los llevó a la tumba con ella. Es cierto que nunca autorizó unas memorias oficiales, pero muchos sabían que siempre llevaba un revólver en su bolso, que disparó a un agente enemigo cuando intentó asesinarla y que frenó un supuesto complot orquestado por los alemanes para matar a Franco en los toros.

Ella misma contó y noveló gran parte de sus aventuras como agente secreto en libros, como 'El fin de una era', donde detalla sus idas y venidas con los nombres más importantes y poderosos de los años 60 y 70. Entre ellos no faltan Franco, Nixon, Ford, Reagan o el rey Hassan. O sus íntimos amigos los duques de Windsor. Por no hablar de toda la 'beautiful people' del momento, como Ava Gardner, Audrey Hepburn, Grace Kelly, Imelda Marcos o la duquesa de Alba. Una época en la que, según ella misma reveló, mantuvo encuentros dignos de película con miembros de la KGB cuando se la conocía como 'Butch' ('Marimacho'), su nombre en clave, posteriormente rebautizada como 'Tigre'. Hollywood se rindió a sus historias y compró los derechos de sus cinco libros, algunos de ellos auténticos 'best sellers' desde que en 'La espía vestida de rojo' revelase su doble vida como condesa y como exagente de la CIA durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, su saber estar y estilo impecable frustró finalmente el proyecto de verse en la gran pantalla: «Querían escenas subidas de tono y a mí esa imagen no me interesa», sentenció.

Una modelo vivaracha

La apasionante vida de 'Tigre' arrancó en Pearl River, un pueblo del estado de Nueva York, fundado por su abuelo, un empresario de éxito que se enriqueció fabricando máquinas plegadoras de periódicos. Allí nació Aline, en el seno de una familia numerosa y católica, quien con el tiempo se convertiría en una muchacha hermosa y vivaracha. A los 20 años, después de licenciarse en Periodismo y Literatura y de iniciar una prometedora carrera como modelo, fue reclutada por los servicios secretos norteamericanos (Office of Strategic Services, OSS), germen de la actual CIA. «Me pagaban tres veces más que como periodista», declaró en una entrevista a este periódico durante uno de sus veranos en Marbella, adonde se escapaba para dar unos golpes en el Río Real Golf Hotel. Precisamente, de los despachos de la OSS partió la orden de dirigirse hacia España en 1944, una misión que le cambiaría la vida. Tenía que descubrir a Heinrich Himmler, el que fuera jefe de la Gestapo y uno de los principales genocidas nazis. En aquel escenario de posguerra, manejándose tanto entre agentes nazis y comunistas subversivos como entre la flor y nata de la sociedad madrileña, conoció a quien se convertiría en su marido, Luis Figueroa y Pérez de Guzmán, heredero del título de conde de Romanones y por aquel entonces conde de Quintanilla. Pero lejos de acomodarse en el título, siguió su propio camino y nunca fue una aristócrata al uso. Sin abandonar todavía sus misiones como espía (lo dejó definitivamente en 1986), Aline revelaría en 1964 su faceta de escritora. Se estrenó con el libro 'Historias de Pascualete', nombre de la finca extremeña propiedad de la familia de su marido desde 1232 y por la que Griffith sentía especial predilección. Allí, empezó a mantener rebaños de ovejas y a darle vueltas a un proyecto que en 2010 vería la luz. De la mano de su nieto Juan de Figueroa, creó su propia empresa de quesos, bajo la marca Finca de Pascualete. Su admiración por las joyas nunca fue un secreto y casi le cuesta un disgusto cuando entraron a robarle en su exclusiva residencia de El Viso, en Madrid. Pero allí no había ninguna. Algunas habían sido subastadas para financiar la fábrica de quesos. El resto son ahora parte de una herencia, que el tiempo dirá si acaba como una película de espías.

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