La Rioja
Unamuno,  Nochevieja del 36

Unamuno, Nochevieja del 36

  • «En las últimas semanas de su vida, Unamuno apenas salió de su casa de la calle Bordadores, siempre vigilado, despreciado por todos, encerrado en sí mismo, indefenso, enfermo y cansado. Murió el día de San Silvestre de una congestión cerebral. Ortega y Gasset decía que había muerto del ''mal de España''».

Vendrá de noche cuando todo duerma/ vendrá de noche cuando el alma enferma/ se emboce en vida/ vendrá de noche y posará su dedo/ sobre la herida». Eso escribía Miguel de Unamuno en los años de su destierro, cuando era todavía un intelectual activo y crítico, un símbolo de rebeldía contra la dictadura de Primo de Rivera. Al final, la muerte le llegó una tarde, la del último día de 1936, una Nochevieja como hoy, hace ochenta años. En los meses previos su figura había servido para justificar y reforzar otro golpe de estado, el que encabezaba el general Franco desde el Palacio Episcopal de Salamanca.

En el Palacio de Anaya, donde Unamuno daba sus clases de griego, se habían instalado los servicios de propaganda. Por los soportales de la Plaza Mayor desfilaban las camisas azules y los correajes de los falangistas. Había marroquíes con turbantes y chilabas, soldados vestidos de cuero y uniformes de todos los colores. Los nazis enviados por Hitler ocupaban el Hotel Pasaje y los fascistas italianos el Hotel Las Torres. La ciudad se había convertido en el cuartel general de los sublevados. Nada que ver con la dorada Salamanca del viejo profesor, con los versos que cantaban el alto soto de torres, el bosque de piedras seculares, el remanso de quietud, la remembranza de las glorias del ayer, el vocerío estudiantil. Todo se lo había llevado el viento enrojecido y mortífero de la guerra.

Unamuno, desencantado de la República, había apoyado el movimiento militar desde sus inicios. Creía que los golpistas se sublevaban en el nombre de la cultura cristiana occidental, del liberalismo tradicional, de la civilización amenazada por la anarquía y la revolución marxista. Así lo defendía sentado en los veladores del Café Novelty o en su tertulia del Casino de la calle de Zamora. No era solo un apoyo pasivo. Aceptó el cargo de concejal en el ayuntamiento impuesto por los militares, participó en las suscripciones patrióticas y, como rector, presidió la Comisión Depuradora de responsabilidades políticas del distrito universitario. Qué lejos del Unamuno que tantas veces había denunciado el militarismo, del que insistía en que el término civilizado venía de civil, del que sostenía que también daban su vida por la patria los que la consumían día a día en servicio de su cultura y su prosperidad.

Por la vista del viejo profesor pasaron informes desfavorables y certificados de culpabilidad pero también, cada vez más, peticiones de clemencia y de intercesión. Y a sus oídos llegaron, poco a poco, noticias de los amigos y discípulos detenidos y asesinados, de cadáveres abandonados en las cunetas, del horror que dejaban a su paso, de pueblo en pueblo, las cuadrillas volantes de falangistas. Al terminar el verano era imposible negar el régimen de terror impuesto en la retaguardia. En sus notas privadas y en la correspondencia particular el rector comenzó a calificar la guerra como un suicidio colectivo, a confesar el asco que le producía ser hombre. Y también a mostrar su arrepentimiento, sus remordimientos: «Yo también soy responsable de esa catástrofe (.) me he equivocado. Lo que lamento es haber engañado a otros muchos». Faltaba el reconocimiento público.

La ocasión llegó el 12 de octubre, en el célebre acto académico que conmemoraba en la Universidad el Día de la Raza, delante de las autoridades civiles, eclesiásticas y militares que abarrotaban el paraninfo. Unamuno, que presidía la ceremonia en representación de Franco, indignado por los discursos que había escuchado, se levantó irritado para decir, con su imagen de profeta bíblico, con la resolución de su orgullo herido, lo que nadie esperaba oír. Dijo que la guerra era una guerra incivil, que vencer no era convencer, y que no podía convencer el odio que no dejaba lugar para la compasión. Le interrumpió el general Millán Astray gritando: «¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!». Y en medio de un gran escándalo, con insultos, abucheos y gritos con el brazo en alto, todavía se oyó la voz aguda y airada de Unamuno: «Os falta razón y derecho en la lucha. Es inútil pediros que penséis en España».

En las últimas semanas de su vida, Unamuno apenas salió de su casa de la calle Bordadores, siempre vigilado, despreciado por todos, encerrado en sí mismo, indefenso, enfermo y cansado. Murió el día de San Silvestre, de una congestión cerebral, según el parte médico. Ortega y Gasset decía que había muerto del «mal de España». En realidad, falleció intoxicado por el brasero de la mesa camilla. Aquel día había nevado en Salamanca. Hacía un frío helador en las calles de la ciudad, a oscuras, al anochecer, por temor a los ataques de los aviones. Era un muerto más de la Nochevieja, uno más de los miles de muertos que se lloraban en muchos hogares, entre el silencio y el miedo, al terminar el año 1936.

No había nada que celebrar aquella noche. La guerra seguía, encarnizada, sin tregua. Los mensajes de año nuevo pregonaban el ardor guerrero. Ninguno que rescatar ahora, ochenta años después. Tal vez las tres palabras que pronunció durante el conflicto otro intelectual, el presidente de la República. Un intelectual horrorizado por la matanza civil que, como Unamuno, confiaba en el valor de las palabras, que reclamaba compasión, el instinto más noble de la condición humana: paz, piedad y perdón.

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