La Rioja

Jugar a matar con Stalin

Figurantes recrean el asalto de un edificio por tanques enemigos en el complejo histórico-cultural de la Línea de Stalin, a veinte kilómetros de Minsk, la capital bielorrusa. ::
Figurantes recrean el asalto de un edificio por tanques enemigos en el complejo histórico-cultural de la Línea de Stalin, a veinte kilómetros de Minsk, la capital bielorrusa. :: / REUTERS
  • Bielorrusia monta su Eurodisney de las bombas sobre la vieja línea defensiva de la URSS, treinta kilómetros a cielo abierto donde se recrea la guerra en nombre del feroz dictador soviético

Si tiene unos días libres, está ávido de temperaturas invernales y le estimulan las ametralladoras, los Panzer y la fragancia agria y picante de la pólvora, Minsk es su destino. La capital bielorrusa lleva ya semanas en leotardos y además de iglesias doradas, como la de Todos los Santos, abundantes ejemplos de arquitectura estalinista y una profusa oferta teatral y operística, la desconocida megalópolis que el III Reich redujo a una montaña de escombros despacha también entradas para la primera línea del frente soviético durante la aniquilación masiva de personas y urbes que supuso la secuela, entre 1939 y 1945, de la Gran Guerra. A unos veinte kilómetros del centro en dirección a Molodechno se despliega el Eurodisney de los tiros y las bombas, una especie de parque temático artillero en el que se recrean con esmerado realismo cruentas batallas a imagen y semejanza de las que zurzaron la segunda contienda mundial. Allí lo han bautizado como el Complejo histórico-cultural de la Línea de Stalin. El «museo» -también lo llaman así- se extiende durante nada menos que treinta kilómetros cuadrados al aire libre en los que los visitantes pueden presenciar letales combates cuerpo a cuerpo, disparar armas de la era soviética o almorzar la comida con la que se malnutrían los soldados del Ejército Rojo.

El proyecto, alumbrado hace apenas un año con motivo del sesenta aniversario del final de la última gran guerra, en la que murieron veinte millones de combatientes y ciudadanos soviéticos, está dedicada a las víctimas de la frontera occidental de la antigua URSS. Conocida como la Línea Stalin, consiste en una red de búnkers de hormigón y puestos de armas que se construyó entre 1920 y 1938 con el propósito de proteger a la Unión Soviética de los enemigos del Oeste. Para ser más precisos, a canalizar a los posibles invasores a través de unos corredores con vocación de ratoneras mortales.

El purgador silenciado

«Vengo con frecuencia y siempre lo hago con mis hijos», cuenta Vera, una mujer bielorrusa madre de dos críos. «Les gusta ver las batallas, subirse a lo alto de los carros de combate y coger las armas con sus manos. Es la mejor manera de recordar la historia de nuestro país», asegura con candidez y convencimiento. Otros visitantes no ocultan su desazón cuando constatan que el complejo honra la figura de Stalin por derrotar a la Alemania de Hitler obviando su feroz e implacable política represiva, que condujo a la muerte a millones de personas durante sus sangrientas purgas y la colectivización de las granjas. «Aquí únicamente está representada una parte de él. No hay una sola palabra o alusión a las represiones masivas que perpetró a finales de los años treinta», denuncia un programador de ordenadores que rehúsa dar pista alguna sobre su identidad.

El dictador georgiano, cuyo busto dentro del complejo-museo siempre luce adornado por flores frescas, lideró con mano de acero la Unión Soviética desde 1924 hasta su muerte, en 1953. Se desconoce el número exacto de personas que perdieron la vida bajo su yugo, pero se estima que, por lo menos, rondaron los diez millones.

Bielorrusia, un hermética cápsula del tiempo con fachadas del siglo XXI donde Lenin todavía se mantiene en pie en numerosas estatuas callejeras, la KGB todavía escucha las llamadas telefónicas y la gente comenta sus opiniones políticas en susurros, es el país aliado más fiel a Rusia. El presidente Alexander Lukashenko y su cerrado bigote se encargan de gestionarlo de forma ininterrumpida desde 1994 con un claro regusto soviético. «Es la última dictadura de Europa», como fue tildada por Estados Unidos.