La Rioja

Cambio de divisa

Los billetes de 100 dólares de plástico de Canadá sumergidos en zumo, en refrescos de cola y en agua. A diferencia de los tradicionales, de papel, lo resisten casi todo. El país norteamericano los introdujo en 2011.
Los billetes de 100 dólares de plástico de Canadá sumergidos en zumo, en refrescos de cola y en agua. A diferencia de los tradicionales, de papel, lo resisten casi todo. El país norteamericano los introdujo en 2011. / MARK BLINCH/REUTERS
  • Duran el doble que los tradicionales y suponen una complicación para los falsificadores. Aun así, la zona euro no se plantea sustituirlos. Así se fabrica el dinero en España

Cuando en Europa andábamos aún mordiendo las monedas en las tabernas para cerciorarnos de que no nos daban gato por liebre, en China ya usaban billetes. Los pusieron en circulación en el siglo VI y los hicieron oficiales en el IX. Quedaban 1.200 años para que se les diera curso legal en España. Tuvimos que esperar, en concreto, hasta 1783, año en que se emitieron los primeros ejemplares de dinero en papel, y ya entonces se miraban con recelo. En el resto de Europa fueron los suecos, siempre tan avanzados, los primeros en sacar la billetera. Sucedió en 1660. Ese asunto de creer que un trozo de papel valía igual que el oro parecía de ciencia ficción y cuando Marco Polo volvió de Oriente contándolo, nadie le creyó. Pensaron que se lo estaba inventando. Hoy los billetes son parte de nuestra vida, aunque de la de unos más que de la de otros, pero aún se puede dar una vuelta al tema. En Gran Bretaña han decidido despedirse poco a poco de ellos, tal y como los conocemos ahora, para reemplazarlos por sus famosos 'fivers' de cinco libras, hechos ahora en plástico.

Ocurrirá mañana, 13 de septiembre. El Banco de Inglaterra se ha rendido a la evidencia y ha apostado por propagar el 'cash' en ese novedoso material. El billete está compuesto de un polímero flexible y limpio con el aspecto de pasta. Aquí no hay perifollos transparentes y todo se hará a la inglesa. De un lado, el rostro de la reina Isabel II y, del otro, el de Winston Churchill. Curiosamente, la imagen del Big Ben marcará las tres en punto de la tarde, la hora exacta en la que el carismático líder británico pronunció aquella frase de «solo puedo ofreceros sangre, sudor y lágrimas».

El cambio tiene algunas razones de peso, aunque el plástico sea más ligero que el papel. Por una parte, su longevidad. Se calcula que uno tradicional tiene una vida útil de dos años y medio, mientras que los nuevos duran el doble: cinco. Además, son menos dañinos para el medio ambiente, al menos en el proceso de fabricación, ya que no necesitan de la tala de árboles, aunque no son biodegradables y no se desintegran solos en la naturaleza. Bien pensado, ¿quién se va a dejar un 'fiver' en el campo? Los billetes desaparecen, es verdad, pero directamente del bolsillo. Además de que tienen una vida laboral más larga, los ingleses quieren que sean más fuertes y seguros, pues resultan más difíciles de falsificar, con lo que los estafadores tendrán que cambiar el paso.

También resultan más limpios, dado que en su transitar de mano en mano arrastran una menor cantidad de bacterias. Y es que, pese a que nos gustan tanto, los de siempre son una cochinada. Los estudios microbiológicos han determinado que están contaminados por unas 26.000 bacterias. Muchas fecales con restos de heces, orina y drogas. Vamos, las mismas que se encontrarían en un aseo. La sangre, el sudor y las lágrimas de las que hablaba Churchill, y más sustancias. La mitad de los que se manosean en Francia poseen restos de cocaína y se sospecha que, en España, ese porcentaje es aún mayor. En definitiva, que el de plástico acoge menos gérmenes y, además, se puede lavar.

El Banco de Inglaterra asegura que los ha cocinado, asado, metido en el microondas y lavado a noventa grados en lavadoras con piedras, granos de café, y otros elementos abrasivos, y garantizan que salen indemnes.

En Australia, en cambio, donde se implantó hace años el dinero de polímero, aparecen de cuando en cuando historias en las que algún ciudadano asegura que se ha fundido la pasta. Literalmente.

Lo mismo sucede en Canadá, donde comenzaron a circular en 2011. Uno de los casos que ha dado más vueltas por la prensa austral es el de una mujer que dejó los ahorros de su hijo en una lata, y la lata sobre una estufa, y que cuando la abrió no había más que un amasijo. Como es lógico, el asunto trajo cola y los medios de comunicación se calentaron tanto con el asunto que el Banco de Canadá tuvo que salir al paso de este y otros casos, y prometer que no existía una sola prueba de un billete fundido. Asegura que aguantan al menos hasta los 140 grados. Resulta tranquilizador saber que podían haberse usado incluso en Écija la semana pasada.

Otra corriente de opinión sospecha de todos los derretidores de dinero y admite que es posible que se lo gastaran y le echaran la culpa al plástico, como cuando el perro se ha comido los deberes. Esa es, obviamente, la tesis de las entidades crediticias. Los expertos advierten que si admiten un caso, el ingenio ciudadano abriría una montaña de reclamaciones.

El Banco de Canadá asegura que son prácticamente indestructibles. El mayor desafío del plástico, además de la costumbre y del tacto, es para las máquinas que trabajan con billetes. Los nuevos modelos son un 15% más pequeños que sus antecesores de papel y, en Inglaterra, para recalibrar máquinas expendedoras, de pago y cajeros, gastarán 236 millones de libras.

No más 'binladen'

De momento, en este país no hay visos de que se vaya a sustituir el papel por polímeros. En el Banco de España se encogen de hombros, pues todo lo relativo a la emisión de billetes depende del Banco Central Europeo, que hasta ahora no ha dado señales de querer implantar euros plastificados.

En todo el Viejo Continente hay 83.423 millones de euros en circulación. Casi 80.000 son en papel. El resto, en monedas. Al final de 2015 circulaban 18.900 millones de billetes, con un mayor número de los de 50 euros. Los expertos creen que se debe a que los turistas se llevaron efectivo extra cuando viajaron a Grecia. Se renovaron 6.000 millones. Un tercio. El Banco Central Europeo (BCE) controla este asunto, como tantos otros, pero la política de la moneda física depende de cada país. El resto es menester del señor Mario Draghi. Del territorio comunitario, España y Austria son los países que más utilizan el efectivo. Al primero le corresponde la tarea de fabricar el 11,8% de todos los billetes que se usan en Europa.

Hasta ahora, esta tarea ha correspondido a la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre, un organismo que reside en un edificio misterioso y blindado de la calle Jorge Juan, en las postrimerías del barrio de Salamanca de Madrid, el vecindario de los billetes hasta para esto. Pero el proceso está cambiando. En noviembre, el Gobierno dio luz verde a la empresa Imbisa -una sociedad anónima participada en un 80% por el Banco de España y en un 20% por la factoría nacional de hacer dinero- para que se encargara de imprimir el dinero en papel. Sin embargo, el Banco de España no deja claro si ya ha comenzado o no. Se trata de una de las quince imprentas oficiales que hay en Europa. Uno de los primeros encargos es fabricar 711 millones de billetes de 50 euros y otra buena parte de los 1.000 millones de billetes de 10 euros que llegarán a los bolsillos de los europeos.

La cosa debe estar 'cortita', pues este año no se producirán ejemplares de 100, 200 y 500. Se sabía que estos últimos -los conocidos antaño como 'binladen'- estaban, pero nadie conocía dónde. Ahora dejarán de hacerse de forma definitiva. Según el BCE, podían amparar actividades ilícitas, dinero negro, evasión fiscal y todo junto. En 2007, en pleno estallido de la burbuja, estimó que uno de cada cuatro 'morados' estaba en España y, usted, que se los está imaginando debajo de un colchón, acierta: cuando fue detenido el empresario chino Gao Ping, guardaba en su lujoso chalé de Madrid seis millones en billetes de 500. Alegría.

En esta nebulosa del ciclo del dinero de la que ningún gobierno proporciona información fácilmente, hay una gran desconocida: la Fábrica de Papel Moneda de Burgos, una de las nueve autorizadas para producir papel de euro. En plena ampliación, fabrican e imprimen en Madrid para España, Bélgica o Portugal. De momento, no hay noticias del plástico.